sábado, 29 de agosto de 2009

La verdadera cuna de la civilización, por monseñor Jaime Roitman

En épocas remotas, una étnia singular habitó lo que hoy se conoce como barrio de Mataderos, en la ciudad de Buenos Aires. Se trata de los Wichingos (nótese la similitud del sonido del nombre de ésta estirpe con lo que fue, posiblemente, su deformación ¨vikingos¨) o Wichingas que al separarse en dos tribus, se presume, fueron antecesores de los Wichis y de los Incas.
Los Wichingas llamaban a su territorio ¨Matt ad Eros¨ que significaba en su lengua ¨Tierra de la belleza¨, por el encanto de su gente, aunque otras corrientes traducen el nombre como Tierra del Erotismo, pues todas las comunidades vecinas sentían fuerte atracción sexual por los hermosos aborígenes..
Los Wichingas conformaban una cultura de avanzada. Sus rasgos físicos eran característicos: elevada estatura (1,75 mts. los hombres y 1,65 mts. las mujeres, muy altos para la época), en su mayoría rubios o pelirrojos, cuerpos bien torneados, piel blanca bronceada por el sol, ojos claros, eran realmente bellos.
Poseían una inteligencia superior que les permitió conocer los secretos de la agricultura y la ganadería, pues es una falacia la creencia de que el ganado vacuno proviene de Europa, estos animales son tan indiscutiblemente americanos como el mate y la paella. El proverbial ingenio de los wichingos los convirtió en pioneros de la tecnología. Fueron los inventores, según consta en pinturas rupestres halladas en la placita Justo Suárez, de artefactos tan avanzados como el horno a microondas, el lavarropas automático, el televisor y el tomógrafo. Estos elementos, de haberse conocido en esa época la corriente eléctrica, podrían haber cambiado el curso de la historia.
Eran también poseedores de un espíritu de trascendencia que los impulsó a realizar expediciones que los llevaron al otro lado de los Andes y hasta las costas del río Colorado, dejando a su paso enseñanzas que mejoraron las condiciones de vida de los habitantes de esas regiones. También dejaron descendencia, pues como se dijo anteriormente, eran sexualmente irresistibles.
Una vez conquistados los pueblos que los circundaban, decidieron lanzarse al mar para ver que había más allá. Fue así que después de meses de navegación desembarcan en las costas escandinavas y recorren la región, montando bravíos toros que llevaron desde Matt ad Eros. Sin tener conciencia de lo que acababa de acontecer, nuestros ancestros habían descubierto un nuevo continente, tierra bárbara en la que habitaban los antiguos hombres de Cro-magnon, que se extinguieron ante la presencia de los wichingos. También se extinguieron los últimos resabios de dinosaurios que todavía ocupaban el lugar, pues nuestros ancestros debieron matarlos para fabricar petróleo.
Los griegos, a quienes se quiere hacer pasar como cuna de la civilización, tienen una leyenda que explica que una doncella llamada Europa enamoró a Zeus (máximo dios griego) y que éste se transformó en toro y, haciendo que la joven lo montase, se la llevó a Creta y que luego, por extensión, el continente enteró llevó el nombre de la agraciada dama. Los psicólogos podrían explicar porqué, en estos inventos mentirosos, se filtra siempre algo de verdad, en este caso el toro.
La real historia nos indica que los nativos mataderenses descubrieron el nuevo continente y no sabiendo cómo llamarlo, acordaron bautizarlo igual que el color del primer toro que vieran pasar ante ellos y que resultó ser gris. Obviamente, gris en wichingo se dice ¨europa¨
La Asociación Reivindicadora de Wichingos (ARWI), agrupación encargada de demostrar la innegable existencia de ésta extraordinaria cultura, se debate contra la historia oficial que, dando vuelta las cosas, pretende convencernos de que los europeos descubrieron América Esta loca teoría contó con el apoyo de viejas potencias económicas, bélicas y religiosas que verían amenazada su situación de dominio, en el caso de que el resto del mundo comprendiera que la verdadera conquista no se consiguió por la fuerza y la opresión sino por la inteligencia y el amor.
La ARWI tiene elementos que avalan su postura:
-El nombre mismo del actual barrio (Mataderos), es una construcción traída de los pelos para suplantar el histórico ¨Matt ad Eros¨. Se supone que se lo llama Mataderos porque en ese lugar se realizaba la matanza de ganado vacuno que se concentra y remata en el mismo solar, llamado Mercado de hacienda de Liniers. Surge entonces la lógica pregunta ¿Por qué no se llama Mataderos el barrio de Liniers?.No hay respuesta.
-El Dios principal de la mitología vikinga es Odín. En Mataderos existe la calle Oliden.
En los registros de la Arwi consta que el nombre original era ¨Odin len¨ que en wichingo significa ¨el lugar de Odín¨, sin embargo, desde el municipio, la explicación oficial dice que el nombre remite a Manuel de Oliden, que fuera gobernador de Buenos Aires.
-Los primeros monjes cristianos asocian a los vikingos con el nieto de Noé e hijo mayor de Jafet llamado Gomer. En Mataderos, una calle se llama Cañada de Gomez (¿Y quién es Gómez, no será en realidad Cañada de Gomer?). Es evidente que si.
-Suele representarse a los vikingos con un casquete con cuernos de toro ¿de dónde sacarían los dinamarqueses, suecos y noruegos, cuernos de toros sino de sus descubridores, los wichingos?
-Uno de los hijos de Odín, Thor, es el dios del trueno de los vikingos. Se conoce al Club Atlético Nueva Chicago con el infantil mote de los toritos de Mataderos. Los historiadores consiguieron reconstruir una antigua plegaria dedicada al dios del trueno, que los campesinos wichingos utilizaban para agradecer las bondades climáticas que les permitían obtener buenas cosechas. La evocación religiosa se llama ¨Thor, hito de Matt ad Eros”. ¿ Es un hecho azaroso esta nueva coincidencia?
-Los intendentes de Buenos Aires, seguramente corrompidos por el poder económico europeo, entubaron el arroyo Cildañez que era la natural salida al mar del poderoso pueblo de Matt ad Eros, impidiendo de éste modo, nuevas incursiones de ultramar de los wichingos.
-Los navegantes que descubrieron Europa, dejaron por aquellos lares descendientes que siempre quisieron retornar a la tierra madre y que, al no poder hacerlo, generaron un sentimiento de odio y envidia que luego dio origen a los invasores europeos (Colón, Vespucio, Magallanes, Don Perignon, Dolce y Gabbana, etc.), que introdujeron morochos en nuestro territorio para eliminar cualquier resabio que certificara la existencia de los wichingos. Trajeron también el alcohol, las drogas, el juego, Los Parchís y muchas otras cosas que debilitaron la salud y la moral de nuestros pueblos. Asesinaron a los líderes wichingos y redujeron a sus comunidades mediante la fuerza del fusil.
En fin, un sinnúmero de pruebas avalan los axiomas de la ARWI. Nadie puede dudar, obrando de buena fe, de la veracidad de sus postulados.
La vieja historia, ante la avalancha de pruebas, no puede seguir sosteniendo la extravagante idea del descubrimiento español e introduce la posibilidad de que los vikingos hayan llegado a nuestras playas con anterioridad. La ARWI les responde:
- Señores ¡es al revés!¡Los vikingos (Wichingos) zarparon desde estas playas!
Alguna vez el mundo conocerá la verdad y quizás entonces tengamos una sociedad más justa. El hombre dejará de ser el lobo del hombre y todos podremos disfrutar de una vida pacífica, solidaria, basada en el amor y la amistad entre los pueblos, como pregonaban nuestros ancestros autóctonos.. Hasta existe la posibilidad de que Víctor Heredia componga el himno universal. Mientras tanto, deberemos seguir luchando contra la propaganda oficial hasta conseguir que la verdad se imponga.

sábado, 22 de agosto de 2009

La Novela de Ángel Monteverde, por Robert de Bruce

Vaya uno a saber porqué, Ángel Monteverde estaba convencido de ser poseedor de un talento superior para la literatura, especialmente para la novela policial.
Recordaba con singular cariño la composición que realizara en cuarto grado con el título de ¨¿Quien le afanó el yogur al gordo Maranzano?”, que lo hizo acreedor a una felicitación de la señorita Graciela y a una paliza del negro Saravia, que había sido deschavado como el autor del robo.
Leyendo la sección literaria del diario del domingo, encontró una nota referida a un concurso mundial de novelas policiales organizado por una institución británica, que premiaría al vencedor con un importante cheque en libras y la publicación del libro.
Entusiasmado con la posibilidad de ver editado su trabajo, más interesado en el reconocimiento de su intelecto que en el dinero, decidió participar.
Ávido por demostrar su valía, intentó buscar una trama que mantuviera atrapado al lector pero que, a la vez, lo elevara culturalmente.
Después de varias semanas de pensar en un argumento sin dar con el tema adecuado, la inspiración se hizo presente. Así fue como nació ¨ El Toulouse-Lautrec paraguayo ¨,
narración del género negro, que a continuación se resume:
¨ Nace en Asunción el primer y único hijo de Don Hermógenes Gamarra, distinguido y muy adinerado abogado integrante de la corte suprema, y de Doña Ofelia Arce Arroyo, una de las mas bellas jóvenes de la alta sociedad paraguaya. La gran diferencia de edad entre sus padres (Hermógenes tenía 74 y Ofelia 19) fue la culpable, según las comadronas chismosas, de la enfermedad congénita de Saturnino. El niño padecía enanismo.
Saturnino fue creciendo (aunque no mucho) entre el amor de su madre y la indiferencia de un padre que nunca manifestó afecto por el niño.
El pequeño (perdón) demostró desde muy chico (perdón de nuevo) una gran habilidad para el dibujo, aptitud que Ofelia se encargó de pulir haciéndolo estudiar con los mayores exponentes de la pintura sudamericana de la época.
Así transcurrió el tiempo y a la muerte de Hermógenes, Ofelia se casa con un comerciante holandés y se radica en Eindhoven.
Saturnino, de 24 años, queda a cargo del manejo de la fortuna familiar y lejos del control materno, se dedica a una vida licenciosa.¨
A partir de éste punto, el autor traza un paralelismo entre las vidas de Saturnino Gamarra y de Henri de Toulouse-Lautrec, el afamado pintor que, víctima de una enfermedad ósea congénita debida a la consanguinidad de sus padres (eran primos hermanos), apenas superaba el metro cincuenta..
Al igual que Lautrec, Gamarra no consigue relacionarse con las mujeres a causa de su inseguridad. El artista francés tiene una serie de relaciones amorosas sumamente conflictivas, por lo que decide dedicarse al anonimato de las prostitutas. Saturnino omite la primera parte y se dedica directamente a las putas con inusitado esmero.
El francés era habitué de los cabarets de Montmatre: Moulin de la Galette., Folies Bergére, Le Chat Noir y su favorito Moulin Rouge. Gamarra, por su parte, era asiduo concurrente al Rancho de Segundo, La cueva del Moncho y a su preferido La Perrera, del que se convirtió en su principal cliente.
Pese a haber realizado pinturas exquisitas, Lautrec es universalmente conocido por sus litografías, retratos casi caricaturescos de la fauna nocturna de Montmatre y por sus afiches (hizo el cartel del Moulin Rouge).
Gamarra consigue reconocimiento, no por sus retratos y pinturas testimoniales, sino por sus carteles, como el recordado ¨Alquilo pieza¨ que realizara para Nicómedes Ferreyra, o el no menos famoso ¨Gratificaré devolución de ovejero alemán¨, hecho a pedido de Doña Epifania Tolosa.
Henri de Toulouse-Lautrec enferma de sífilis y, víctima del alcoholismo, muere por un derrame cerebral. Aquí comienzan las diferencias con Saturnino Gamarra y es también el punto de inflexión en la novela de Monteverde, pues su narración toma un carácter decididamente policial cuando comienzan a aparecer cadáveres de prostitutas descuartizadas en las calles de Asunción. Es el momento en que irrumpe en escena el detective privado Onofre Barraza, que para no llamar la atención, toma el nombre de Donovan Bradley.
Bradley consigue descubrir que el autor de los asesinatos es Saturnino Gamarra. La inteligencia del detective logra reunir una serie de indicios que terminan comprometiendo al pintor y que no dejan dudas sobre quien es el responsable de los hechos, a saber:

a) Las prostitutas trabajaban en los cabarets que frecuentaba el enano.
b) Todas fueron asesinadas de pie, con puñaladas que jamás excedían la altura de la cadera.
c) En la planta del pie derecho de cada una de las víctimas, al igual que en las pinturas de Saturnino, podía leerse la firma ¨S. Gamarra¨-

Lamentablemente, Angel Monteverde no consiguió que su novela supere la primera rueda de eliminación del concurso. e inclusive, dos de los jurados le inician una querella por mala praxis literaria. Sin embargo, alguien presenta el trabajo de Monteverde en un concurso organizado por la ¨Marx Brothers Inc.¨ de Hollywood, donde recibe el primer premio como obra humorística, resultando seleccionada como guión para una película cómica que obtuvo el Óscar.
A pesar de haber recibido una considerable suma de dólares y el reconocimiento del público y la crítica especializada, Ángel Monteverde no fue feliz

sábado, 15 de agosto de 2009

LA ÚLTIMA PELEA, por Alfredo ¨Terremoto¨ Benítez


Si el viejo Rosales no se hubiera muerto yo podría haber llegado más lejos. Campeón del mundo no, no se, pero sudamericano capaz que si. No fui campeón argentino porque justo quince días antes de la pelea se murió Rosales.
Lo que pasa es que desde que me vine de Formosa, el viejo siempre estuvo. Me acuerdo como si viera una película cuando me bajé del tren. ¡Que quilombo!. Toda la gente que había visto en mis once años no era ni la mitad de la que había en la estación ese día. Empecé a caminar con mi bolsito colgado, sin saber para donde ir, chocando con todos y llorando. Estaba asustado y sabía que mi vieja y mis hermanos no iban a venir. No alcanzaba la guita para otro pasaje y yo, que era el mayor, vine para ver si podía conseguir algún laburo. La vieja no podía darnos de comer a todos. Mi viejo se había muerto un año antes por el escabio.
Buenos Aires en invierno es jodida para el que no tiene donde vivir. Me senté en la vereda, contra una pared, para dormir un rato. No tenía sueño, pero si me dormía podía ser que se me fuera el hambre.
Al rato apareció el viejo.-¿Qué hacés en la calle, pibe? Te vas a morir de frío.
Don Antonio Rosales me llevó para el club. Le conté mi historia y me puso a trabajar con él entrenando boxeadores. Entrenando y enseñando a boxear él, yo limpiaba un poco y le hacía los mandados. Me gustó el boxeo y empecé a aprender. Rosales se encariñó conmigo y en poco tiempo yo era su favorito.
Cuando me clasifiqué para las olimpiadas el viejo estaba mas contento que yo. Justo dos días antes de viajar me agarra el sarampión. ¡Que mala suerte! ¡Sarampión! ¿La podes creer?
Por esa época conocí a Mariana. Ella trabajaba por horas en la casa de un tipo de una embajada. Nos pusimos de novios y al tiempo nos fuimos a vivir juntos a una casita de Wilde, que me alquiló un amigo de Don Antonio.
A Mariana le daba miedo que boxeara, pero la verdad es que yo le ganaba a todos los que me ponían adelante, hasta que no pudieron rajarme más y me dieron la pelea por el campeonato argentino de los medianos.
Me entrené mejor que nunca, estaba seguro de que al Bocón Lozano le sacaba el título, pero dos semanas antes de la pelea, al viejo le dio un infarto ¡y se murió!
El sábado el club estaba lleno y aunque Lozano era el campeón, yo era el favorito. Perdí por un campo. Cuando empezó la pelea, ya me quería ir. Miraba al rincón y no estaba Rosales. No sabía que hacer. Quería que termine. Cuando dieron el fallo no me importó perder. Me fui al vestuario a llorar, pero no por el resultado. Lo extrañaba al viejo y saber que no lo vería más me provocaba una angustia insoportable.
Seguí boxeando porque no sabía hacer otra cosa y ya habían nacido los mellizos, pero yo no era ni la sombra de lo que fui. Perdía más de las que ganaba.
Mariana no quería que agarrara esta pelea, pero le prometí que era la última. Me ofrecieron buena plata para enfrentar a Marcos Chavares, un invicto bastante bueno. Apenas empezó la pelea me di cuenta de que éste pibe, en otro momento, no me ganaba ni mamado, pero el tiempo pasa y las piñas que antes esquivaba, ahora me llegaban. La derecha que me tiró, la vi venir, pero ya no tengo los reflejos de antes. La vi venir pero me la comí igual Me contaron diez, pero podrían haber llegado a mil. Fui del vestuario a la ambulancia y de la camilla al quirófano.
La operación terminó. Me doy cuenta porque ya no siento ningún dolor y me sacaron ese tubo de la garganta que me molestaba para respirar. Las luces del quirófano deben ser más potentes que las del ring, porque veo que todo brilla aunque tengo los ojos cerrados.
Huy, Rosales! ¿Qué hace acá don Antonio? ¿Cómo lo dejaron entrar? ¡Que alegría verlo, querido! ¡Está igualito!. Si, Don Rosales, voy con usted. Vamos viejo, voy con usted…

viernes, 7 de agosto de 2009

Historia de la amistad entre Paul Hagner y Joan Lluc Riusec, por monseñor Jaime Roitman

Paul Hagner ha quedado en la historia como el más grande escritor analfabeto de todos los tiempos. Nació en Limerick, Irlanda, aunque él se refería a su país como Eire y se jactaba de estar emparentado con Eamon de Valeria, un importante líder de la independencia que fue, además, el autor de la constitución irlandesa.
Paul era hijo de Pádraic Hagner, un minero que llevaba ese nombre en homenaje a San Patricio y de Deirdre O´Connor, una hermosa joven que los abandonó cuando Paul tenía seis meses.
Pádraic, tras la partida de su esposa, se mudó a Middleton y se dedicó al alcohol, pues vendió la mina y compró acciones de Middleton Whiskey, una de las marcas más prestigiosas del mundo. Poco tiempo después reincidió en el matrimonio al casarse con Caitlín Jamesson, heredera de otro famoso clan productor de Irish Whiskey.
La nueva familia, multimillonaria, tuvo tres hijos, dos niñas y un varón, pero Paul nunca fue querido por su madrastra. Como en el cuento de Cenicienta, el pequeño era tratado como un sirviente. Nunca fue a la escuela y trabajaba de sol a sol (aunque algunos dicen que desafinaba y trabajaba de Sol a Re). El padre, para no contrariar a su esposa, nunca demostró afecto por su hijo. Es probable que, inconcientemente, lo culpara por el abandono de Deirdre.
A los trece años Paul se escapó de su casa y consiguió llegar al puerto de Cork, desde donde logró viajar a Londres. Estuvo algunos años en esta ciudad haciendo varios trabajos que le permitieron sobrevivir y se puso en contacto con otros irlandeses entre los que se encontraba Liam Mc Nealy, joven revolucionario que deslumbró a Paul con su discurso y su coraje. Llegaron a tener una gran amistad y los dos perseguían los mismos ideales. Una tarde de agosto, Liam fue asesinado en Belfast, ciudad a la que había viajado encabezando un grupo de activistas.
Paul se quedó solo nuevamente y sumido en la tristeza, consiguió un contrato para trabajar en un buque de pasajeros que partía rumbo a América.
Es durante ese viaje que conoce a quien sería la figura más trascendente e influyente en su vida, casi su padre adoptivo, el pintor catalán Joan Lluc Riusec.
Es Riusec (se pronuncia Riusech y significa río seco) el que inicia a Paul en el mundo de las artes. Primero intenta enseñarle a pintar, pero el joven no poseía el menor talento para esta disciplina. Prueba entonces con la música, pero el muchacho carecía del oído necesario para transitar por los caminos de la melodía. Aunque resulte paradójico, el joven analfabeto se revela como un creador de valía en el campo literario.
Todas las tardes Paul le narraba sus pensamientos a Joan Lluc y éste escribía lo que el muchacho le dictaba. Así se sucedieron situaciones complicadas, como cuando Riusec perdió el cuaderno con las obras que Hagner le había dictado la última semana y trataba de decirlas de memoria, cuando Paul le pedía que se las leyera. El catalán no se caracterizaba por tener una gran retentiva y fue así como la novela ¨Expedición macabra¨ fue mentirosamente releída gran cantidad de veces a pedido de Paul y en cada lectura sufría modificaciones adjudicables a los olvidos de Riusec. Finalmente Hagner resolvió cambiarle el nombre para hacerlo más ajustado al argumento, quedando como título definitivo ¨ Las locas vacaciones del Dr. González ¨.


Historiadores agrupados en el ¨ Círculo de admiradores de Joan Lluc Riusec ¨ sostienen que en realidad, el pintor catalán jamás transcribió los pensamientos de Paul Hagner, sino que mientras el joven le dictaba, él escribía sus propios trabajos literarios. Decían tener pruebas de unas líneas que el iletrado artista había pronunciado así: ¨…el trabajo era difícil y extenuante…¨ y que Riusec dejó escrita de la siguiente forma: ¨ la grácil doncella se ruborizó y pidió disculpas ¨
Por su parte, el fans club de Paul Hagner creía que los pensamientos del ilustre irlandés no fueron llevados al papel con el brillo que merecían, porque el pintor catalán se oponía totalmente a que Hagner aprendiera a escribir para poder sabotear sus obras, pues sostenían que, aunque Riusec le tenía un sincero afecto también lo envidiaba profundamente.
Seguramente ambas posturas estaban equivocadas. Es difícil para la humanidad aceptar el sincero cariño que estos dos hombres se profesaban.
Paul Hagner dio muestras de alteraciones mentales que terminaron por hacer necesaria su internación. Al principio se trataba de alucinaciones, luego descuidó su aseo personal y hablaba sólo, aunque es generalizada la creencia que sus mayores indicios de insanía se expresaban en sus dictados.
El pintor catalán se mantuvo siempre junto a su amigo hasta que finalmente, el irlandés revolucionario falleció.
La calidad pictórica de Joan Lluc Riusec, nunca estuvo en discusión, había coincidencia acerca de su pobreza. Sin embargo, en su última época, el catalán generó un estilo que hizo escuela. Toda su vida había sido un fiel exponente del realismo, con obras de una minuciosidad casi fotográfica. En su etapa final, llevó al extremo esas características que siempre lo distinguieron, pero abordó temas que se volvieron de difícil interpretación para sus seguidores. Así, por ejemplo, llegó a generar una verdadera conmoción religiosa e inclusive científica cuando exhibió su obra ¨ El Alma ¨, que representó fielmente en cada detalle. El mismo efecto causó ¨ El Paraíso y el Infierno ¨ que, según dicen, no dejaba ver diferencias significativas entre ambos paisajes.
La muerte de Riusec se encuentra envuelta en una gran incógnita. El artista viajó a Cataluña para dar una conferencia, invitado por la Universitat de Barcelona.
Sin darse cuenta, dejó su reloj de bolsillo sobre la estufa del cuarto del hotel, y partió a una cena que, en su honor, se realizó en los salones del Ayuntament. Durante el día siguiente, no se vio salir de su cuarto a Riusec y su cuerpo sin vida fue hallado por la noche con dos puñaladas en la espalda. Se encontró un manuscrito que decía: ¨ Vierais que forma tan extraña ha adoptado el reloj que olvidé sobre la estufa. No encuentro manera de explicárosla, mejor os hago un boceto para que podáis observarlo ¨El joven que encontró el cadáver, un tal Salvador Dalí, dijo no saber nada del dibujo al que Riusec hacía referencia.
Emblema de Buenos Aires, por Gerardo Prospitti

Son varios los símbolos que distinguen a la ciudad de Buenos Aires en el mundo: el obelisco, el tango, el clásico Boca-River. No obstante ello, hay algo que le falta para codearse de igual a igual con las grandes ciudades del orbe. Carece de un plato típico que la represente.
Hay una clara identificación entre platos y lugares, de tal forma las tapas nos remiten a Madrid, la fondue a Paris, los fideos a Roma y las salchichas a Viena. ¿Y Buenos Aires, que? ¿no tiene nada?
Lamentablemente debemos decir que, por algún desconocido motivo, no se utilizó hasta el momento, al más tradicional y popular de nuestros alimentos como un estandarte rioplatense del lado de acá.
Diferentes regiones de nuestro país tienen sus comidas típicas. El norte es el reino de la empanada, el locro y la humita. La llanura pampeana se pavonea con el famoso asado criollo. El sur hace alarde de sus truchas y sus corderos.
La Reina del Plata pudo equiparar e incluso superar a esos manjares, gracias al esfuerzo y la inventiva de sus habitantes que no cuentan en sus departamentos con la posibilidad de instalar parrillas u hornos de barro, que no se vieron bendecidos con cardúmenes de truchas poblando el riachuelo ni consiguen que los corderos pasten en la 9 de julio.
Señoras y señores, propongo desde este humilde lugar que se declare a la milanesa con papas fritas plato oficial de la ciudad de Buenos Aires.
Seguramente se alzarán voces opositoras que argumentarán que este menú fue parido en otras latitudes. ¿Y que hay con eso? Por designio divino, los alimentos transitan diferentes caminos hasta tomar como propio el lugar en el que se sienten más a gusto. Nuestra idiosincrasia canchera y melancólica atrajo a estos nobles elementos y los convirtió en porteños. ¿Acaso alguien piensa en los chinos cuando se habla de pastas o en Hamburgo al pedir hamburguesas?
Con una notable adaptación a la vida citadina, la milanga con fritas se yergue como una muralla ante el embate de chefs apátridas que pretenden despojarnos de nuestro acervo cultural gastronómico. Es así que el ¨cocinerismo¨ cipayo intenta destruir las raíces tradicionales de nuestro alimento, contaminándolo con ideas foráneas. Con singular ahínco quisieron hurtar nuestro símbolo ciudadano para convertirlo en milanesa a la napolitana, a la suiza o a la fugazeta. Ante el estrepitoso fracaso de sus malévolas invenciones y lejos de darse por vencidos, tuvieron el tupé de procurar resquebrajar la unidad monolítica de esta pareja, introduciendo como tercera en discordia a la insulsa ensalada o al anodino puré, horrible pastiche que pareciera presentarse semi-digerido.
Obviamente, todas esas grotescas iniciativas no lograron torcer el rumbo de la historia y nuestras milanesas con papas fritas no claudicaron siquiera ante los risibles devaneos de la mayonesa, el ketchup o la mostaza, dejándose tentar a lo sumo, por algunas gotas de limón.
En tiempos en que hasta el nacionalísimo choripan de la cancha se ve obligado a compartir la parrilla con la hamburguesa imperialista y el pancho globalizado amenaza con adueñarse de las preferencias de las nuevas generaciones, como un soldado de Güemes defendiendo nuestra frontera, la milanesa con papas fritas enarbola, gallarda y victoriosa, nuestra identidad culinaria.
Promuevo, entonces, que sea éste el plato oficial de Buenos Aires. Que el escudo de la Ciudad Autónoma se modifique para que el águila negra y la cruz de Calatrava descansen sobre una fuente con milanesas y una montaña de papas fritas. Que se impriman estampillas y hasta papel moneda con dicha imagen.
Estoy decidido a entregar el hígado por ésta causa, si fuera necesario.
Buenas tardes.

domingo, 2 de agosto de 2009

La poco conocida tribu Yomonami , por Ornella Di Cesaris

El investigador francés Jacques Beaumont, al frente de un equipo de científicos enviados por su país, recorría la selva amazónica en busca de ciertas hierbas medicinales que la tribu Yomonami había utilizado desde épocas remotas y que podrían ser de gran utilidad para tratar diversos tipos de tumores malignos. Los estudios médicos realizados sobre el grupo étnico mencionado, dieron como resultado que estos aborígenes pocas veces padecían de cáncer y se cree que lograban derrotar a la enfermedad bebiendo cotidianamente una infusión de ¨aeta fibragenies¨, la planta que los expedicionarios franceses trataban de encontrar.
Separado por unos pocos metros del resto del grupo, Beaumont halló una vieja pero bien conservada lámpara metálica que le hizo recordar a las que, en los cuentos infantiles, albergaban genios. Llevado por un gesto intuitivo, la frotó y ante sus ojos incrédulos se corporizó una figura gigantesca que le ofreció cumplir un deseo.
-Pídelo y se cumplirá, dijo el aparecido.
Beaumont lo pensó unos segundos y gritó:
-¡Hazme rico, quiero que me hagas riquísimo!
-Concedido, dijo el genio.
Y seguramente, el genio cumplió, porque los yomonamis, que además de beber infusiones eran antropófagos, recuerdan a Jacques Beaumont como al más exquisito hombre blanco que hayan probado.
El tormento del recuerdo, por Brandon Lima

Franco Dimarco tenía 9 años cuando comenzó todo. Esa mañana de sábado hacía calor, el pibe andaba en bici por la placita de Olivera justo enfrente de la pizzería. Quiso doblar, patinó en las piedritas chiquitas rojas que no se como se llaman y se cayó. Pegó con la cabeza en la parte de abajo del tronco de una palmera. De inmediato notó que se le había hinchado, pero se la bancó como un duque. Agarró la bici, le acomodó el manubrio que se había torcido y siguió andando. Esa misma noche, sin ningún esfuerzo, casi sin pensar, resolvió todas las ecuaciones que estaba haciendo su hermana que ya terminaba el secundario.
La familia se quedó sorprendida y no se explicaba como Franco, que era un alumno bastante malo, pudo completar esos ejercicios.
Al otro día, durante el desayuno, hubo otro hecho incomprensible. El chico le preguntó a la madre qué había sido de la vida de doña Emilia, una vecina que se mudo cuando él tenía apenas meses y que nunca volvió a ser nombrada en la familia.
Cada vez con mayor frecuencia, el pibe hacía mención de cosas que no había vivido pero que sin dudas, de alguna manera, conocía.
Varios médicos lo revisaron y nada. Derivaciones al neurólogo, al psiquiatra, estudios, tomografías. Ningún resultado.
Unas semanas después, Franco habló con el padre:
-Pá, me acuerdo de todo. En mi vida anterior yo era Andrés del Vitto, el profe de matemáticas que vivía a la vuelta. No puedo explicarte como, pero me acuerdo de todo.
Sabés que hoy, cuando volvía del cole, pasé como siempre por la que era mi casa y la vi a Vale, mi mujer. Pobre Vale, el día que me morí ella no sabía que hacer, estaba desesperada. Me acerqué y le dije que la quería y que todavía seguía estando buena. Me pegó una patada en el culo antes de que pudiera explicarle nada, pero ahora tengo flor de quilombo. Yo entiendo lo que pasa, soy Franco, tengo nueve años, pero también soy Andrés, recuerdo mi vida anterior hasta en los menores detalles y tengo la experiencia y los sentimientos de un tipo de cuarenta y tres, aunque también sigo siendo un pibe. Quiero ir y decirle a Vale que me gustaría volver a vivir con ella, y con mi mamá, claro.
Me gustan Los Gardelitos y Serú Girán; Araceli González y Brenda Asnicar, aunque es un poquito grande para mí. Miro los programas de Lanata y Dragon Ball Z, quiero andar en bici y jugar al póker, tomar Cíndor y Barón B, hacer globos con mi chicle y fumar Parissien. ¿Qué hago Pá?
- No se que decirte Franquito, no sé como puedo ayudarte, pero si te sirve de consuelo, te voy a contar un secreto: en mi vida anterior yo fui tu tía Eugenia.