Dieter Berger, el tanguero alemán, por monseñor Jaime Roitman
Resulta sumamente interesante conocer los motivos que hicieron que un joven germano nacido en la ciudad de Alterkinchen, deviniera en autor de tangos. Si bien no fue beneficiado con las mieles del éxito, debe admitirse que pocos pudieron encumbrarse tan alto hasta alcanzar la cima de la mediocridad.
Dieter, un chico delgado, rubio, de ojos azules, mejillas rosadas y cejas casi blancas, era un ser oscuro. Se lo adivinaba triste y solitario.
Tuvo una infancia terrible. A los cinco años perdió a su padre. Fue durante la guerra, jugando a la escondida. Su madre nunca lo perdonó y lo abandonó en la calle.
Dieter sobrevivió como pudo, pasando hambre y frío. Dormía en los trenes y en los bancos de las plazas.
Una tarde de invierno, un cura argentino lo encontró tiritando y lo llevó al convento. Fue el protegido del sacerdote, con él aprendió las primeras letras llegando hasta la ¨ f ¨.
Encontró abrigo y comida y conoció el tango, la música que el clérigo ponía en la vieja vitrola, cuando añoraba a su querida Buenos Aires.
Esa música profunda y nostálgica lo conmovía. Dieter escuchaba extasiado a Gardel y a Pugliese, se maravillaba con las melodías de Troilo y el virtuosismo de Maderna, sentía como propios los compases de D´arienzo y la cadencia bravía de Arolas, lloraba como loco cuando sonaban los discos de Leo Dan, pero al cura le gustaban.
Así pasaron los mejores años de su vida, hasta que su amigo, el Padre Tomás, falleció.
Dieter, espiritualmente destrozado, dejó el convento y comenzó a trabajar en una imprenta.
El patrón, Horst Müller, era un buen tipo. Dejaba que el muchacho viviera en un pequeño cuarto del fondo del taller y lo trataba con afecto.
El joven dependiente hablaba poco pero cumplía eficazmente con su tarea.
Müller se encariñó con aquel jovencito que se esforzaba en el trabajo. Conmovido por la soledad del adolescente decidió invitarlo a su casa, para festejar el cumpleaños de su hija, Gerda.
El tímido Dieter aceptó el convite por obligación, sin saber que el evento marcaría su destino para siempre.
Gerda era una rubia hermosísima, de larga cabellera y facciones delicadas. Además, portaba un físico tremendo. Pero contrastando con la calidez de su padre, ella era fría. Fría y calculadora (tenía la habilidad de resolver complicadas ecuaciones en cuestión de segundos).
Dieter quedó embelesado ante tan impactante figura. Su corazón latía incontrolable. Sin hacer caso de su timidez, encaró a Gerda y le declaró su amor.
La rubia estalló en una carcajada, -Imbécil, son cientos los que me pretenden, cientos de seres míseros y sombríos como tú. Mira, aquí llega mi prometido, Udo Holssinger, presidente del directorio y principal accionista de ¨ Die Deutsche Geschäftsbank ¨¨. Nos casaremos en mayo, después de festejar sus bodas de oro con la institución.El viejo Holssinger era desagradable a la vista: bajo, gordo, calvo, colorado, gotas de sudor brotaban constantemente de su frente. Nada tenía que ver su imagen con la angelical apariencia de Gerda. En cambio, su falta de escrúpulos lo convertía en alma gemela de su futura esposa.
Todos en el pueblo coincidían en que el poderoso banquero era un ser abyecto y despiadado. Se decía que su despacho estaba alfombrado con la piel de sus antiguos empleados. Seguramente Gerda Müller no veía en el a un galán ni a un hidalgo caballero sino al poseedor de una de las mayores fortunas de Europa.
Con el corazón hecho añicos, Dieter se marchó. Resentido por la respuesta y el maltrato de Gerda, dejó el trabajo y viajó a la ciudad de Potsdam, capital de Brandeburgo, buscando poner distancia y olvidar a la causante de su dolor.
Sin trabajo, sin familia, sin amor. ¡Cuanto falta le hacía el padre Tomás! , nunca lo había extrañado tanto. Sin un lugar donde vivir, pasaba las mañanas buscando algún conchabo que le permitiera ganar los marcos necesarios para emborracharse por la noche pensando en ella. Las calles de Potsdam eran testigos de su paso vacilante por el alcohol.
De tanto acudir a los bares, recibió de parte de Otto Metzinger, dueño de uno de los bodegones más inmundos de la ciudad, una propuesta de trabajo que aceptó. Se encargaría de la limpieza del lugar y de la atención de los parroquianos. A cambio Otto le ofrecía un mísero salario, pero le aseguraba comida y un lugar donde vivir, si se arreglaba con el depósito en el que guardaba la mercadería.
Dieter aceptó. Trabajaba todo el día intentando mantener su cabeza ocupada. Por las noches, cuando el bar se cerraba, se sentaba a la vieja mesa de madera que estaba junto a la ventana y escribía tangos intentando mitigar su pesar.
A continuación, se transcribe el tango ¨ Torrentes de Olvido ¨:
Destrozado de dolor por tu rechazo,
ya no se que es lo que va a pasar conmigo.
Aunque digo que tu amor no me desvela,
todos saben que es mentira. Estoy perdido.
Que se ahogue tu recuerdo tan querido
en torrentes de cerveza, yo he buscado.
Más flotando en la espuma ha conseguido
mantenerse presente, aquí a mi lado.
Gerda, mala mujer, no te mereces
que entre chopps, balones y floreros
malgaste mi salud y mi dinero
y que me orine encima, algunas veces.
Todas las noches, tres o cuatro temas quedaban terminados, hasta que vencido por el sueño, Dieter dejaba de escribir.
Un domingo por la mañana, Otto encontró por casualidad el cuaderno en el que el muchacho anotaba sus versos. Si bien es cierto que no era poseedor de una gran cultura, supuso que los escritos podrían tener algún valor y, con el consentimiento de Dieter, se los hizo llegar a su amigo Franz Gründenhall, un productor discográfico de Baviera.
A Franz lo maravillaron los versos y le pidió al guitarrista uruguayo Ermitaño Gutierrez que los musicalizara. Ermitaño, que era también un más que aceptable cantante, se entusiasmó con la obra de Dieter y le propuso a Gründenhall grabar un disco. Pensaba que podrían conseguir buenas ventas, porque además de la calidad de la obra, lo insólito de que el autor de los tangos fuera un alemán era un buen ¨gancho¨ promocional para abordar los mercados de América del Sur.
El productor estuvo de acuerdo, pero años en el negocio hicieron que comprendiera que era difícil tener éxito en países de habla hispana con un autor de tangos llamado Dieter Berger, por lo que convenció al joven de adoptar el seudónimo de Ritter Burkhard.
Lejos de lo que todos suponían, el disco ¨ Doce tangos para Gerda ¨ se convirtió en poco tiempo en un estrepitoso fracaso, que llevó al desaliento a los artistas y a la quiebra a Franz Gründenhall.
Dieter continuó trabajando en el bar y escribiendo tangos. Ermitaño Gutierrez, que había perdido la estima de Franz, se mudó a la pieza del poeta y le enseñó a tocar la guitarra.
Ermitaño cantaba algunas polkas para los borrachines que se juntaban por las noches, a cambio de algunas monedas. Con ese dinero consiguió volverse al Uruguay.
El joven escritor nunca olvidaría a ese amigo que le enseñó a ponerle música a sus letras y le dedicó el tango intitulado ¨ Cuando un amigo se va ¨, que luego de una demanda por plagio decidió cambiar a ¨ Como te extraño, Ermitaño ¨, aquí van las primeras estrofas:
Cuando prendo la luz de mi cotorro, no encontrarte te juro que me mata
aún no lavé las sábanas que usaste, para poder conservar tu olor a pata.
Alemán y Charrúa, los dos juntos, arquitectos de una amistad sincera
nunca voy a olvidarte, guitarrero, que el reencuentro no sea una quimera.
Te olvidaste la yerba en la cocina y adopté tu costumbre tempranera
aunque desayunar con mates de cerveza, me produce terrible cagadera.
Resulta sumamente interesante conocer los motivos que hicieron que un joven germano nacido en la ciudad de Alterkinchen, deviniera en autor de tangos. Si bien no fue beneficiado con las mieles del éxito, debe admitirse que pocos pudieron encumbrarse tan alto hasta alcanzar la cima de la mediocridad.
Dieter, un chico delgado, rubio, de ojos azules, mejillas rosadas y cejas casi blancas, era un ser oscuro. Se lo adivinaba triste y solitario.
Tuvo una infancia terrible. A los cinco años perdió a su padre. Fue durante la guerra, jugando a la escondida. Su madre nunca lo perdonó y lo abandonó en la calle.
Dieter sobrevivió como pudo, pasando hambre y frío. Dormía en los trenes y en los bancos de las plazas.
Una tarde de invierno, un cura argentino lo encontró tiritando y lo llevó al convento. Fue el protegido del sacerdote, con él aprendió las primeras letras llegando hasta la ¨ f ¨.
Encontró abrigo y comida y conoció el tango, la música que el clérigo ponía en la vieja vitrola, cuando añoraba a su querida Buenos Aires.
Esa música profunda y nostálgica lo conmovía. Dieter escuchaba extasiado a Gardel y a Pugliese, se maravillaba con las melodías de Troilo y el virtuosismo de Maderna, sentía como propios los compases de D´arienzo y la cadencia bravía de Arolas, lloraba como loco cuando sonaban los discos de Leo Dan, pero al cura le gustaban.
Así pasaron los mejores años de su vida, hasta que su amigo, el Padre Tomás, falleció.
Dieter, espiritualmente destrozado, dejó el convento y comenzó a trabajar en una imprenta.
El patrón, Horst Müller, era un buen tipo. Dejaba que el muchacho viviera en un pequeño cuarto del fondo del taller y lo trataba con afecto.
El joven dependiente hablaba poco pero cumplía eficazmente con su tarea.
Müller se encariñó con aquel jovencito que se esforzaba en el trabajo. Conmovido por la soledad del adolescente decidió invitarlo a su casa, para festejar el cumpleaños de su hija, Gerda.
El tímido Dieter aceptó el convite por obligación, sin saber que el evento marcaría su destino para siempre.
Gerda era una rubia hermosísima, de larga cabellera y facciones delicadas. Además, portaba un físico tremendo. Pero contrastando con la calidez de su padre, ella era fría. Fría y calculadora (tenía la habilidad de resolver complicadas ecuaciones en cuestión de segundos).
Dieter quedó embelesado ante tan impactante figura. Su corazón latía incontrolable. Sin hacer caso de su timidez, encaró a Gerda y le declaró su amor.
La rubia estalló en una carcajada, -Imbécil, son cientos los que me pretenden, cientos de seres míseros y sombríos como tú. Mira, aquí llega mi prometido, Udo Holssinger, presidente del directorio y principal accionista de ¨ Die Deutsche Geschäftsbank ¨¨. Nos casaremos en mayo, después de festejar sus bodas de oro con la institución.El viejo Holssinger era desagradable a la vista: bajo, gordo, calvo, colorado, gotas de sudor brotaban constantemente de su frente. Nada tenía que ver su imagen con la angelical apariencia de Gerda. En cambio, su falta de escrúpulos lo convertía en alma gemela de su futura esposa.
Todos en el pueblo coincidían en que el poderoso banquero era un ser abyecto y despiadado. Se decía que su despacho estaba alfombrado con la piel de sus antiguos empleados. Seguramente Gerda Müller no veía en el a un galán ni a un hidalgo caballero sino al poseedor de una de las mayores fortunas de Europa.
Con el corazón hecho añicos, Dieter se marchó. Resentido por la respuesta y el maltrato de Gerda, dejó el trabajo y viajó a la ciudad de Potsdam, capital de Brandeburgo, buscando poner distancia y olvidar a la causante de su dolor.
Sin trabajo, sin familia, sin amor. ¡Cuanto falta le hacía el padre Tomás! , nunca lo había extrañado tanto. Sin un lugar donde vivir, pasaba las mañanas buscando algún conchabo que le permitiera ganar los marcos necesarios para emborracharse por la noche pensando en ella. Las calles de Potsdam eran testigos de su paso vacilante por el alcohol.
De tanto acudir a los bares, recibió de parte de Otto Metzinger, dueño de uno de los bodegones más inmundos de la ciudad, una propuesta de trabajo que aceptó. Se encargaría de la limpieza del lugar y de la atención de los parroquianos. A cambio Otto le ofrecía un mísero salario, pero le aseguraba comida y un lugar donde vivir, si se arreglaba con el depósito en el que guardaba la mercadería.
Dieter aceptó. Trabajaba todo el día intentando mantener su cabeza ocupada. Por las noches, cuando el bar se cerraba, se sentaba a la vieja mesa de madera que estaba junto a la ventana y escribía tangos intentando mitigar su pesar.
A continuación, se transcribe el tango ¨ Torrentes de Olvido ¨:
Destrozado de dolor por tu rechazo,
ya no se que es lo que va a pasar conmigo.
Aunque digo que tu amor no me desvela,
todos saben que es mentira. Estoy perdido.
Que se ahogue tu recuerdo tan querido
en torrentes de cerveza, yo he buscado.
Más flotando en la espuma ha conseguido
mantenerse presente, aquí a mi lado.
Gerda, mala mujer, no te mereces
que entre chopps, balones y floreros
malgaste mi salud y mi dinero
y que me orine encima, algunas veces.
Todas las noches, tres o cuatro temas quedaban terminados, hasta que vencido por el sueño, Dieter dejaba de escribir.
Un domingo por la mañana, Otto encontró por casualidad el cuaderno en el que el muchacho anotaba sus versos. Si bien es cierto que no era poseedor de una gran cultura, supuso que los escritos podrían tener algún valor y, con el consentimiento de Dieter, se los hizo llegar a su amigo Franz Gründenhall, un productor discográfico de Baviera.
A Franz lo maravillaron los versos y le pidió al guitarrista uruguayo Ermitaño Gutierrez que los musicalizara. Ermitaño, que era también un más que aceptable cantante, se entusiasmó con la obra de Dieter y le propuso a Gründenhall grabar un disco. Pensaba que podrían conseguir buenas ventas, porque además de la calidad de la obra, lo insólito de que el autor de los tangos fuera un alemán era un buen ¨gancho¨ promocional para abordar los mercados de América del Sur.
El productor estuvo de acuerdo, pero años en el negocio hicieron que comprendiera que era difícil tener éxito en países de habla hispana con un autor de tangos llamado Dieter Berger, por lo que convenció al joven de adoptar el seudónimo de Ritter Burkhard.
Lejos de lo que todos suponían, el disco ¨ Doce tangos para Gerda ¨ se convirtió en poco tiempo en un estrepitoso fracaso, que llevó al desaliento a los artistas y a la quiebra a Franz Gründenhall.
Dieter continuó trabajando en el bar y escribiendo tangos. Ermitaño Gutierrez, que había perdido la estima de Franz, se mudó a la pieza del poeta y le enseñó a tocar la guitarra.
Ermitaño cantaba algunas polkas para los borrachines que se juntaban por las noches, a cambio de algunas monedas. Con ese dinero consiguió volverse al Uruguay.
El joven escritor nunca olvidaría a ese amigo que le enseñó a ponerle música a sus letras y le dedicó el tango intitulado ¨ Cuando un amigo se va ¨, que luego de una demanda por plagio decidió cambiar a ¨ Como te extraño, Ermitaño ¨, aquí van las primeras estrofas:
Cuando prendo la luz de mi cotorro, no encontrarte te juro que me mata
aún no lavé las sábanas que usaste, para poder conservar tu olor a pata.
Alemán y Charrúa, los dos juntos, arquitectos de una amistad sincera
nunca voy a olvidarte, guitarrero, que el reencuentro no sea una quimera.
Te olvidaste la yerba en la cocina y adopté tu costumbre tempranera
aunque desayunar con mates de cerveza, me produce terrible cagadera.
El destino tiene estos vericuetos, si la perra que amé me hubiera amado,
es seguro, oriental de mis afectos, nuestros caminos no se hubiesen cruzado
Agradezco al señor que en esta ruta amigos como vos haya tenido
y maldigo a esa rubia hija de puta por no poder dejarla en el olvido.
Ahora que toco la guitarra y canto, hago mis tangos y busco un escenario,
que mi vida cobre un nuevo sentido yo te lo debo a vos, viejo Ermitaño.
Si bien la letra es francamente espantosa, la música de este tango llegó de alguna manera a Japón y se convirtió en un suceso extraordinario. Dieter Berger viajó al país del sol naciente, hizo giras por Asia y hasta protagonizó un musical en Brodway. Pronto fue olvidado por el público, pero esto no le importó demasiado, pues era conciente de los límites de su talento. De todas formas, el tiempo en que gozó de la fama le permitió juntar una apreciable cantidad de dólares que supo invertir y que lo convirtieron en un hombre de considerable fortuna.
De regreso a Alemania, recorriendo la plaza central de su Alterkinchen natal, encontró detrás de un enorme árbol a un anciano escondido. ¡Era Fritz Berger, su padre!
Se abrazaron y acariciaron un largo rato y luego partieron tomados del brazo. Una pordiosera rubia les pidió una moneda, Dieter metió su mano en el bolsillo y le dio una limosna. Por un momento creyó que esa cara le resultaba conocida. Pasó su brazo por sobre el hombro de su padre y continuó caminando.
Gerda los vio alejarse y lloró.