El Inventor ignorado, por Ornella Di Cesaris
Poca gente ha sido tan prolífica como Roberto Anconetani.
Don Roberto trabajó toda su vida como sastre, pero su verdadera vocación era la creación de elementos que mejoraran la calidad de vida de las personas. Todo el tiempo estaba imaginando cosas nuevas.
Lamentablemente y por diferentes motivos, sus inventos no alcanzaron a perdurar en el tiempo. No obstante ello, se torna inevitable recordar a este prohombre al que la historia se negó a hacer justicia (aunque muchos intentaron reparar ese error ajusticiándolo). Parece increíble que exista un minúsculo grupo de personas que ignore la obra de Anconetani, ya que la mayoría desconoce directamente su existencia.
El primer registro de un invento perteneciente a nuestro fértil pensador, está ligado a los fósforos ignífugos, que no servían para encender fuego pero, como contrapartida, tenían una duración ilimitada que los volvía prácticamente eternos.
Otro trabajo extraordinario fue la creación de la tinta irreversiblemente invisible: nunca podía leerse lo escrito, pero no manchaba los puños de las camisas. Dejó de producirse por la misma razón que otro de sus notables inventos, el agua deshidratada: algunos inescrupulosos vendían los envases sin ningún contenido.
Lejos de desistir en la búsqueda de novedades, Anconetani patentó los preservativos caninos, que tenían el altruista objetivo de evitar la castración de los perros, práctica inhumana que inexplicablemente se sigue manteniendo. La falta de demanda hizo fracasar el negocio e intentó entonces la variante de hacer profilácticos para caballos, pero resultaban carísimos.
El pan rallado en barra fue una innovación que consistía en una barra hecha de pan rallado compactado, que luego debía ser nuevamente rallado por las amas de casa y que podía ser utilizado en infinidad de preparaciones. Si bien es cierto que comprar directamente pan rallado o rallar el pan viejo resultaba más económico, el almacenaje de las barras era mucho más sencillo.
Roberto Anconetani fue el responsable de uno de los avances científicos más trascendentes de todos los tiempos: la Nadacilina, un medicamento totalmente inocuo, sin ninguna acción terapéutica, que tenía la enorme ventaja de no producir efectos adversos. El atractivo mercado al que apuntaba era el de los pacientes sanos (la mayoría de la población). El producto fue un enorme éxito. Poco tiempo después salieron a la venta Nadacilina forte (con mayor concentración) y Nadacilina pediátrico, con una repercusión similar. No obstante la extraordinaria aceptación del fármaco por la comunidad médica, debió dejar de producirse porque un laboratorio europeo adujo ser propietario de la patente.
Posiblemente uno de los instrumentos mas complejos que concibió la mente humana haya sido la bomba aspiro-impelente inventada por Anconetani, que consistía en un adminículo con la capacidad de aspirar o impeler líquidos o materias blandas, mediante el vacío que crea un émbolo introducido a presión en un tubo.
Seguro esta vez de la utilidad de su invención, el imaginativo creador se dirige raudamente a inscribirlo en el registro nacional de patentes donde descubre, con gran pesar, que alguien había registrado ese aparato bajo el nombre de ¨jeringa¨.
La última de sus invenciones, que no llegó a comercializarse porque lo sorprendió la muerte, se la llevó a la tumba. Se trataba de un ataúd que tenía incorporados un sistema de wi-fi y frigo-bar.
Vaya desde estas páginas nuestro homenaje a este científico injustamente olvidado.
Poca gente ha sido tan prolífica como Roberto Anconetani.
Don Roberto trabajó toda su vida como sastre, pero su verdadera vocación era la creación de elementos que mejoraran la calidad de vida de las personas. Todo el tiempo estaba imaginando cosas nuevas.
Lamentablemente y por diferentes motivos, sus inventos no alcanzaron a perdurar en el tiempo. No obstante ello, se torna inevitable recordar a este prohombre al que la historia se negó a hacer justicia (aunque muchos intentaron reparar ese error ajusticiándolo). Parece increíble que exista un minúsculo grupo de personas que ignore la obra de Anconetani, ya que la mayoría desconoce directamente su existencia.
El primer registro de un invento perteneciente a nuestro fértil pensador, está ligado a los fósforos ignífugos, que no servían para encender fuego pero, como contrapartida, tenían una duración ilimitada que los volvía prácticamente eternos.
Otro trabajo extraordinario fue la creación de la tinta irreversiblemente invisible: nunca podía leerse lo escrito, pero no manchaba los puños de las camisas. Dejó de producirse por la misma razón que otro de sus notables inventos, el agua deshidratada: algunos inescrupulosos vendían los envases sin ningún contenido.
Lejos de desistir en la búsqueda de novedades, Anconetani patentó los preservativos caninos, que tenían el altruista objetivo de evitar la castración de los perros, práctica inhumana que inexplicablemente se sigue manteniendo. La falta de demanda hizo fracasar el negocio e intentó entonces la variante de hacer profilácticos para caballos, pero resultaban carísimos.
El pan rallado en barra fue una innovación que consistía en una barra hecha de pan rallado compactado, que luego debía ser nuevamente rallado por las amas de casa y que podía ser utilizado en infinidad de preparaciones. Si bien es cierto que comprar directamente pan rallado o rallar el pan viejo resultaba más económico, el almacenaje de las barras era mucho más sencillo.
Roberto Anconetani fue el responsable de uno de los avances científicos más trascendentes de todos los tiempos: la Nadacilina, un medicamento totalmente inocuo, sin ninguna acción terapéutica, que tenía la enorme ventaja de no producir efectos adversos. El atractivo mercado al que apuntaba era el de los pacientes sanos (la mayoría de la población). El producto fue un enorme éxito. Poco tiempo después salieron a la venta Nadacilina forte (con mayor concentración) y Nadacilina pediátrico, con una repercusión similar. No obstante la extraordinaria aceptación del fármaco por la comunidad médica, debió dejar de producirse porque un laboratorio europeo adujo ser propietario de la patente.
Posiblemente uno de los instrumentos mas complejos que concibió la mente humana haya sido la bomba aspiro-impelente inventada por Anconetani, que consistía en un adminículo con la capacidad de aspirar o impeler líquidos o materias blandas, mediante el vacío que crea un émbolo introducido a presión en un tubo.
Seguro esta vez de la utilidad de su invención, el imaginativo creador se dirige raudamente a inscribirlo en el registro nacional de patentes donde descubre, con gran pesar, que alguien había registrado ese aparato bajo el nombre de ¨jeringa¨.
La última de sus invenciones, que no llegó a comercializarse porque lo sorprendió la muerte, se la llevó a la tumba. Se trataba de un ataúd que tenía incorporados un sistema de wi-fi y frigo-bar.
Vaya desde estas páginas nuestro homenaje a este científico injustamente olvidado.