El relator de América, por Alfredo ¨Terremoto¨ Benítez
Los que amamos el boxeo escuchábamos las transmisiones de las veladas del Luna Park los sábados por la noche. Recuerdo grandes combates: Ringo Bonavena - Goyo Peralta, Horacio Saldaño - Abel Cachazú, Víctor Galíndez - Avenamar Peralta, Palma - Agüero, Coggi - Hernández, Castellini – Cabral, la magia de Nicolino.
Esas noches nos llegaban mediante la voz de los relatores que hacían que las peleas, aunque fueran malas, nos resultaran atrapantes. Hasta las más aburridas, aquellas en las que no pasaba nada, se veían enriquecidas por el ingenio de estos hombres que nos mantenían pegados a la radio.
Para mi el más grande de todos fue don Osvaldo Caffarelli, con los comentarios de Horacio García Blanco.
Sin embargo, un gigante del relato, un creador descomunal, un pensador portentoso, nunca tuvo reconocimiento popular. Me refiero a Manuel Celestino Cardozo, el jóven relator nacido en América, provincia de Buenos Aires.
Algunos detractores, de los que nadie está exento, dicen que el estilo de Manuel era demasiado barroco para el boxeo. Por suerte, para demostrar lo ridículo de esas afirmaciones, el ñato Toranzo grabó con un viejo Gelosso una de las transmisiones del relator de América y conservó la cinta, de la que se transcriben algunos párrafos:
Los que amamos el boxeo escuchábamos las transmisiones de las veladas del Luna Park los sábados por la noche. Recuerdo grandes combates: Ringo Bonavena - Goyo Peralta, Horacio Saldaño - Abel Cachazú, Víctor Galíndez - Avenamar Peralta, Palma - Agüero, Coggi - Hernández, Castellini – Cabral, la magia de Nicolino.
Esas noches nos llegaban mediante la voz de los relatores que hacían que las peleas, aunque fueran malas, nos resultaran atrapantes. Hasta las más aburridas, aquellas en las que no pasaba nada, se veían enriquecidas por el ingenio de estos hombres que nos mantenían pegados a la radio.
Para mi el más grande de todos fue don Osvaldo Caffarelli, con los comentarios de Horacio García Blanco.
Sin embargo, un gigante del relato, un creador descomunal, un pensador portentoso, nunca tuvo reconocimiento popular. Me refiero a Manuel Celestino Cardozo, el jóven relator nacido en América, provincia de Buenos Aires.
Algunos detractores, de los que nadie está exento, dicen que el estilo de Manuel era demasiado barroco para el boxeo. Por suerte, para demostrar lo ridículo de esas afirmaciones, el ñato Toranzo grabó con un viejo Gelosso una de las transmisiones del relator de América y conservó la cinta, de la que se transcriben algunos párrafos:
¨Amigos, nos preparamos para acercarles las alternativas de este importantísimo y prometedor combate entre el tucumano Aldo ¨dinamita¨ Soriano y Ramón Félix Patané, mendocino, campeón argentino y sudamericano de los medianos. Patané pone en juego sus dos coronas, con la valentía que implica poseer un título y tener el coraje de arriesgarlo….
Comienza el tercer round y el tucumano arroja un gancho izquierdo que no llega a destino y cruza el espacio, cual ave que surca el firmamento en un vuelo sin destino…
El campeón no se anima al cambio de golpes y duda. Duda como Bertrand Russell al interrogarse sobre la existencia de Dios…
Los dos boxeadores en el centro del ring cambian golpe por golpe, emulando a la vieja Ley del Talión, principio jurídico de justicia retributiva en el que la norma imponía un castigo proporcional al del daño recibido…
El retador se encuentra desorientado, como el Minotauro cretense intentando encontrar la salida del laberinto de Dédalo…
El campeón alcanza al tucumano con una derecha en cross y por un momento se vuelve instrumento de la justicia al castigar a ese hombre que, separado de la madre de sus hijos, no pasa la correspondiente cuota alimentaria que le impusiera el juzgado…
Ha llegado el final de esta tremendísima contienda, terminó como todo se termina en la vida. Ambos púgiles saludan al público, en una imagen que recuerda el saludo de los gladiadores romanos a la multitud reunida en el Coliseo….
Los jurados deciden declarar victorioso al campeón, que eleva la mirada como quien agradece al cielo la concesión de un anhelo precioso. Al mismo tiempo, el derrotado, medita cabizbajo sobre los errores cometidos, sabiendo que es ya tarde para intentar repararlos pero ilusionado en tener una nueva oportunidad para redimirse…
Por mi parte me despido, con la esperanza de contar con una nueva posibilidad de reencontrarnos el próximo sábado o cuando el destino lo determine… ¨
Comienza el tercer round y el tucumano arroja un gancho izquierdo que no llega a destino y cruza el espacio, cual ave que surca el firmamento en un vuelo sin destino…
El campeón no se anima al cambio de golpes y duda. Duda como Bertrand Russell al interrogarse sobre la existencia de Dios…
Los dos boxeadores en el centro del ring cambian golpe por golpe, emulando a la vieja Ley del Talión, principio jurídico de justicia retributiva en el que la norma imponía un castigo proporcional al del daño recibido…
El retador se encuentra desorientado, como el Minotauro cretense intentando encontrar la salida del laberinto de Dédalo…
El campeón alcanza al tucumano con una derecha en cross y por un momento se vuelve instrumento de la justicia al castigar a ese hombre que, separado de la madre de sus hijos, no pasa la correspondiente cuota alimentaria que le impusiera el juzgado…
Ha llegado el final de esta tremendísima contienda, terminó como todo se termina en la vida. Ambos púgiles saludan al público, en una imagen que recuerda el saludo de los gladiadores romanos a la multitud reunida en el Coliseo….
Los jurados deciden declarar victorioso al campeón, que eleva la mirada como quien agradece al cielo la concesión de un anhelo precioso. Al mismo tiempo, el derrotado, medita cabizbajo sobre los errores cometidos, sabiendo que es ya tarde para intentar repararlos pero ilusionado en tener una nueva oportunidad para redimirse…
Por mi parte me despido, con la esperanza de contar con una nueva posibilidad de reencontrarnos el próximo sábado o cuando el destino lo determine… ¨
Las transmisiones del relator de América llevaban datos históricos, culturales y hasta podría decirse que poéticos a los oyentes que querían escuchar la pelea. Por lo tanto éstos cambiaban de emisora para poder seguir el desarrollo del combate sin interferencias.