sábado, 31 de octubre de 2009

El relator de América, por Alfredo ¨Terremoto¨ Benítez

Los que amamos el boxeo escuchábamos las transmisiones de las veladas del Luna Park los sábados por la noche. Recuerdo grandes combates: Ringo Bonavena - Goyo Peralta, Horacio Saldaño - Abel Cachazú, Víctor Galíndez - Avenamar Peralta, Palma - Agüero, Coggi - Hernández, Castellini – Cabral, la magia de Nicolino.
Esas noches nos llegaban mediante la voz de los relatores que hacían que las peleas, aunque fueran malas, nos resultaran atrapantes. Hasta las más aburridas, aquellas en las que no pasaba nada, se veían enriquecidas por el ingenio de estos hombres que nos mantenían pegados a la radio.
Para mi el más grande de todos fue don Osvaldo Caffarelli, con los comentarios de Horacio García Blanco.
Sin embargo, un gigante del relato, un creador descomunal, un pensador portentoso, nunca tuvo reconocimiento popular. Me refiero a Manuel Celestino Cardozo, el jóven relator nacido en América, provincia de Buenos Aires.
Algunos detractores, de los que nadie está exento, dicen que el estilo de Manuel era demasiado barroco para el boxeo. Por suerte, para demostrar lo ridículo de esas afirmaciones, el ñato Toranzo grabó con un viejo Gelosso una de las transmisiones del relator de América y conservó la cinta, de la que se transcriben algunos párrafos:
¨Amigos, nos preparamos para acercarles las alternativas de este importantísimo y prometedor combate entre el tucumano Aldo ¨dinamita¨ Soriano y Ramón Félix Patané, mendocino, campeón argentino y sudamericano de los medianos. Patané pone en juego sus dos coronas, con la valentía que implica poseer un título y tener el coraje de arriesgarlo….
Comienza el tercer round y el tucumano arroja un gancho izquierdo que no llega a destino y cruza el espacio, cual ave que surca el firmamento en un vuelo sin destino…
El campeón no se anima al cambio de golpes y duda. Duda como Bertrand Russell al interrogarse sobre la existencia de Dios…
Los dos boxeadores en el centro del ring cambian golpe por golpe, emulando a la vieja Ley del Talión, principio jurídico de justicia retributiva en el que la norma imponía un castigo proporcional al del daño recibido…
El retador se encuentra desorientado, como el Minotauro cretense intentando encontrar la salida del laberinto de Dédalo…
El campeón alcanza al tucumano con una derecha en cross y por un momento se vuelve instrumento de la justicia al castigar a ese hombre que, separado de la madre de sus hijos, no pasa la correspondiente cuota alimentaria que le impusiera el juzgado…
Ha llegado el final de esta tremendísima contienda, terminó como todo se termina en la vida. Ambos púgiles saludan al público, en una imagen que recuerda el saludo de los gladiadores romanos a la multitud reunida en el Coliseo….
Los jurados deciden declarar victorioso al campeón, que eleva la mirada como quien agradece al cielo la concesión de un anhelo precioso. Al mismo tiempo, el derrotado, medita cabizbajo sobre los errores cometidos, sabiendo que es ya tarde para intentar repararlos pero ilusionado en tener una nueva oportunidad para redimirse…
Por mi parte me despido, con la esperanza de contar con una nueva posibilidad de reencontrarnos el próximo sábado o cuando el destino lo determine… ¨
Las transmisiones del relator de América llevaban datos históricos, culturales y hasta podría decirse que poéticos a los oyentes que querían escuchar la pelea. Por lo tanto éstos cambiaban de emisora para poder seguir el desarrollo del combate sin interferencias.

sábado, 24 de octubre de 2009

Cuentos para armar, por Robert de Bruce

El cuentista mataderense Ivo Corradini siempre fue un tipo indeciso. Nunca estaba conforme con sus historias y no podía decidirse por los finales mas adecuados para ellas. Su inseguridad lo llevó a crear un nuevo género literario que podríamos llamar cuentos para armar. El escritor desarrollaba la historia y luego ponía a consideración del lector varios finales para que éste tomara la decisión de seleccionar el que le pareciera más acertado.
A modo de ejemplo se transcribe su obra ¨El amor, el tiempo y la distancia (o viceversa)¨:

Se conocieron en un baile en Pinar de Rocha. Sandra recién estrenaba los 18, Martín esperaba debutar en la primera de Vélez antes de cumplir los 20. Desde ese día se hicieron inseparables.
El tiempo hizo que algunos sueños se cumplieran y que otros quedaran en el camino. Los de ella se hicieron realidad: se recibió de licenciada en administración de empresas y consiguió un buen puesto en una multinacional. Los de él no salieron como esperaba, una molesta lesión lo marginó del fútbol poco después de su debut. Su padre murió y debió hacerse cargo de sus dos hermanas menores, poniéndose al frente del negocio de autopartes que el viejo dejó.
Una noche, mientras comían una pizza en ¨El Cedrón¨, Sandra se lo dijo: ¨Me ofrecieron la gerencia de la sucursal de Madrid. ¿Venís a España conmigo?¨ .
Martín la miró a los ojos y pensó rápidamente ¨ tal vez las chicas y la vieja podrían manejar el negocio, pero ¿qué haría yo en España? ¿trabajar de marido? ¿vivir de Sandra?, entonces contestó: -No Sandra, no puedo dejar a las chicas, además…
-Está bien (interrumpió ella) te entiendo, pero yo decidí aceptar. Me voy Martín…
-Yo siempre voy a estar aquí, esperándote. Chau Sandra.
El tiempo pasó, Sandra tuvo una brillante carrera profesional en España pero nunca volvió a enamorarse y jamás olvidó a Martín. Un día, ya cumplidas sus ambiciones laborales y económicamente hecha, resolvió volver a la Argentina.
A poco de haber regresado al país, decidió ir hasta la esquina de Alberdi y Murguiondo para ver si su antiguo enamorado cumplía con su promesa de esperarla.
Al llegar vio a un hombre que le pareció conocido, parado en la esquina

Final N* 1:
. ¿Me está esperando a mí?
–No señora, estoy esperando el 180 a San Alberto.
Sandra se fue sin poder contener las lágrimas.
Un ciruja que pasaba por la esquina le pidió una moneda al tipo que esperaba el colectivo ¡Andá a laburar atorrante!
–No puedo, estoy esperando a Sandra…

Final N* 2:
¿Sos vos? preguntó ella
-Si, soy yo contestó el
Se fundieron en un beso interminable y sin decir más fueron a un hotel y vivieron una noche de sexo apasionado. Por la mañana Sandra le dijo: Estás cambiado Martín, tuve que preguntarte si eras vos porque a simple vista no te reconocí
-Perdón, aquí hay un error. Me preguntó si era yo y le respondí que si, pero soy yo, Gustavo. Y debo decirle que fue un placer conocerla.

Final N* 3:
¡Volví Martín, soy Sandra!
-¿Que es esto? ¿una joda? Si Sandra era una mina hermosa y vos sos una vieja chota ¿Quién te mandó?¿el tano Pedro te mandó?
-Si, es una joda dijo Sandra y se fue llorando.

Corradini fue un escritor poco exitoso, o para decirlo de otra manera, tuvo un gran éxito si su meta era el fracaso.
Convencido de sus escasas cualidades para la literatura se suicidó, puso un bar o se fue a vivir a Lisboa.

sábado, 17 de octubre de 2009

Terapia, por Brandon Lima

Omar Hakim, tiene cincuenta y dos años, una ex esposa con la que estuvo casado doce, dos hijos adolescentes y una nueva pareja, Romina, a la que le lleva veinte años y con la que convive desde hace dos.
Omar, hijo único, heredó de sus padres sirios un taller textil que se volvió insostenible en la crisis económica del 2001. Ayudado por la suerte consiguió vender la empresa familiar e instaló un restaurante de comidas árabes en la zona de Palermo, que además de resultar económicamente exitoso lo convirtió en un referente gastronómico de Buenos Aires.
Omar diversificó sus inversiones, transformándose en un próspero empresario.
Su relación con Cecilia, su ex esposa, es buena y es un excelente padre para Fátima y Martín.
En Romina encontró una mujer que lo ama y lo comprende.
A pesar de haber superado momentos difíciles y de obtener logros importantes, Omar no es feliz.
Una extraña sensación de vacío y tristeza lo angustia. No entiende el motivo de lo que le sucede. Tiene éxito profesional, estabilidad familiar, buena salud, prosperidad económica, ¿que más podría pedir?. Además se siente culpable por no poder disfrutar de su situación sabiendo que cualquiera de sus amigos, salvo el manco Fornaroli, daría su brazo derecho por estar en su lugar.
En estas circunstancias decide consultar con su amiga Nora, psiquiatra que le prescribe un antidepresivo y que cree necesario derivarlo a un psicólogo.
-¿Para que un psicólogo? Yo no estoy loco, Nora
-Ya lo se Omar, pero creo que la terapia es necesaria para que puedas superar tus problemas. Estoy segura de que es lo mejor para vos y te va a ser de gran ayuda.
-Decime ¿Cómo va a ayudarme un tipo que no me conoce y a quien no conozco, a superar algo que tampoco sé que es?. Sinceramente, no creo que sirva.
-Soy tu amiga y quiero verte bien, pero además, como psiquiatra, tengo la certeza de que junto con el tratamiento médico, es imprescindible que hagas terapia…
-Está bien Nora, respeto tu opinión y voy a hacer lo que me decís, pero te aviso que no creo en los psicólogos, los veo tan chantas como a los videntes y a los curanderos.
-¡No seas bestia, Omar!, la psicología ha dado amplias muestras de su utilidad. Además no es una cuestión de creer, es una ciencia que prepara a los psicólogos para que los pacientes puedan mejorar su calidad de vida. Voy a recomendarte a Sergio Tarnowsky, que es un capo en lo suyo y, además, un amigo personal.
-Buenísimo, psicólogo y judío, justo lo que un hijo de árabes como yo necesita.
-Dale, dejá esos quilombos para medio oriente y pedí un turno con Sergio.

Cuando el licenciado Tarnowsky hizo pasar a Omar al consultorio se encontró con un paciente que traía una alta carga de ansiedad y agresividad y que, tal como le había advertido Nora, no tenía la menor confianza en la terapia.
-Bueno Omar, cuénteme que es lo que le está pasando
-Ah no viejo (casi gritando), empezamos como el culo!, justamente vengo a verlo porque no se que me pasa, eso es lo que Ud. me tiene que decir, si yo supiera que me está pasando no hubiera venido!. Le dije a Nora que esto era al pedo…
- Espere Omar, tranquilícese. Para saber que es lo que lo angustia tanto vamos a tener que trabajar juntos y para eso necesito que me permita conocer que siente interiormente, cuales son los pensamientos perturbadores que lo acometen, la mente construye intrincados laberintos que desvían el foco de nuestra angustia como un mecanismo de defensa que nos evita enfrentar…
-Mire Dr. (interrumpe)..
-Licenciado, pero llámeme Sergio
-Bueno, Sergio. No le entendí un carajo, pero está bien, ya estoy acá, ¿que quiere saber?
-¿Que le parece a Ud. que es importante que yo sepa, Omar?
-No se, a veces siento que mi separación le complicó la vida a los chicos y eso me genera culpa, pero cuando una pareja no funciona ¿existe otra alternativa?
-¿Ud. que cree?
-Que no. Siempre nos quisimos con Cecilia, pero la rutina destruye a las parejas ¿verdad?
-¿Le parece?
-Y, si…, al menos a nosotros nos pasó eso.
-Bueno Omar, dejemos acá y seguimos la semana próxima.

El tiempo transcurrió, hasta que pocos meses después Omar debió volver a la consulta con su psiquiatra.
-¡Y Omar? ¿Cómo estás?
-¡Bárbaro Nora! Tenías razón, Sergio es un capo, que Freud ni Lowenstein, Tarnowsky es lo más.. El tipo tiene respuestas para todo.
-¿Encontraron la causa de tus problemas?
-No, no estamos ni cerca de eso, pero la verdad es que ya no me importa.. Me cambió la vida! Me da un poco de vergüenza contarte esto, pero yo me sentía muy bien hablando con Sergio y él me confesó que tenía una conexión muy especial conmigo. Me derivó a otro psicólogo porque ahora no puede seguir siendo mi terapeuta. Tenemos una relación distinta, más cercana, más familiar. Me propuso que vivamos juntos y estoy pensando en aceptar…

sábado, 10 de octubre de 2009

Relato sobre cantores, por monseñor Jaime Roitman

Paul Hagner, el famoso irlandés revolucionario, dejó para el recuerdo las biografías de dos cantantes que la historia oficial olvidó. Como ocurre siempre con los trabajos del escritor analfabeto, sus seguidores aseguran que la obra era mucho más extensa y que agrupaba a no menos de veinte personalidades descollantes e ignoradas del canto popular, pero que su recopilador oficial, Jean Lluc Riusec, la podó impiadosamente cegado por la envidia.
Por su parte, el club de admiradores del pintor catalán sostiene que Hagner en realidad dictó una escueta y olvidable esquela referida a un vecino que cantaba en el baño y que Riusec la mejoró notablemente, escribiendo la versión que a continuación se relata:
Caruso, Gardel, Sinatra, Marcelo Dupré, son algunas de las voces que lograron trascender al mundo, más allá de su época y su lugar. Como ya sabemos, la historia suele ser injusta con algunas personas. Tal es el caso de José Eleuterio Martínez, el cantor de tangos del barrio Piedrabuena.
Desde su más tierna infancia, Josecito quiso cantar. Mientras los otros pibes jugaban a la pelota en las canchitas de Los Perales soñando poder ser algún día un Julio San Lorenzo o un Pilo Calandria, José agarraba el palo de la escoba a modo de micrófono y cantaba tangos en el patio de la casa de su abuela. Ya de muchacho, participó de un concurso de cantores organizado por radio El Mundo y venció en la final a un flaco que cantó ¨El abrojito¨ y era, sin dudas, el favorito de las mujeres. Se llamaba Alberto Morán.
José Eleuterio Martínez no tenía gancho como nombre de tanguero. En la compañía grabadora propusieron el seudónimo de Pepe Martínez, pero finalmente decidieron llamarlo Héctor de la Serna. Con su nuevo nombre artístico, Héctor estuvo a punto de grabar junto a la orquesta de Aníbal Troilo, pero la fatalidad se hizo presente: víctima de un virus desconocido perdió la voz para siempre.
Las situaciones límite ponen a prueba a las personas. Algunos se someten a las inclemencias del destino y se deprimen, se hacen alcohólicos, se suicidan o se resignan a esperar la muerte. Otros luchan y buscan revertir los males que los aquejan..
Héctor de la Serna pertenecía a éste grupo. Lejos de dejar el canto, buscó un nuevo estilo que le permitiera continuar en el ejercicio de su vocación. Fue así que, sin posibilidad de emitir sonido, centralizó sus interpretaciones en lo gestual, poniéndole el cuerpo a las letras de tango. Renunció a la tarea fácil, excluyendo de su repertorio los tangos ¨Silencio¨ y ¨Sin palabras¨.
Todos los concurrentes a la presentación que el cantor realizó en el Social Rivadavia recuerdan extasiados la interpretación de ¨Mensaje¨ de Discépolo, especialmente lo dramático que resultaba ver al cantor mudo expresando todo su dolor y sintiéndose particularmente identificado con las últimas líneas del primer párrafo que dicen ¨Yo, que no tengo tu voz…Yo, que no puedo ya hablar….
Es muy recordada, también, su versión de La toalla mojada, en la que su histrionismo hacía querible y simpático al macho Aldo Saravia.
Nadie como Héctor de la Serna tuvo la capacidad de transmitir tanto sentimiento desde el escenario, tal vez quien más cerca estuvo fue un muchacho rubio que estudió con ¨ël mudo¨ de la Serna y lo reemplazó en la orquesta de Pichuco . Se que había manejado un colectivo pero no recuerdo el nombre.
En un extraño reportaje radial en el que de la Serna respondía las preguntas que se le efectuaban utilizando una máquina de escribir, el cantor declaró que ¨Tanguera¨, que había grabado recientemente con la orquesta de Mariano Mores, fue sin dudas su máxima creación. Algunos críticos, seguramente resentidos admiradores del flaco Morán, insistían en sostener que ¨Tanguera¨ era un tango instrumental.
En su última etapa, de la Serna, con problemas económicos que le impedían contratar músicos, grabó dos LP´s cantando a capella. La venta de estos discos silenciosos fue lamentable y el cantor, abochornado, decidió conchabarse en un circo donde hacía sombras chinescas.

Otra injusticia histórica es la que tiene como protagonista a un cantante lírico italiano que compitió con el mismísimo Pavarotti para ingresar en La Scala de Milán, perdiendo por una diferencia inconmensurable. Derrotado, decide dejar Italia y buscando nuevos horizontes viaja a la Argentina. Invitado por unos amigos peluqueros a la fiesta nacional del ternero, descubre en Ayacucho el arte de la payada.
La payada es realmente un arte efímero. No hay grabaciones ni letras preparadas, pues dejaría de ser payada para convertirse en canción. La velocidad y la imaginación de los payadores son cualidades que no están al alcance de cualquier mortal. En el caso que nos ocupa, ya sea por lo extraño que sonaba payar con el acento propio de su lengua o por un nacionalismo malentendido, nunca se valoró merecidamente al payador italiano.
Jamás se supo como llegó a manos del historiador japonés Makoto Hurashi la última aparición del payador peninsular. Se trata de una tenida con un cantor de los pagos de General Guido llamado Santos Godoy, que se llevó a cabo luego de un asado en una estancia de San Andrés de Giles y que se transcribe a continuación:

Soy natto a Caltagirone
e me gusta la payada.
Mi mandolina afinada
me acompaña en la ocasione.
Agradezco la reunione
e me quiero presentar:
pa lo que gusten mandar
me quiamo Renzo Pidonne.


- Al payador italiano
que nos vino a visitar
yo le quiero preguntar
si puede darme una mano.
Como europeo baquiano,
me va a poder orientar
quisiera saber, paisano,
q´es lo que me va´matar


In questa oportunitá
su pregunta non molesta.
É fáchile la respuesta,
lo digo con humildá.
Non será il paso dil tempo,
tristeza ni enfermedá,
sólo un tonto non lo sabe:
lo que mata é la humedá

- ¡Tenga mano aparecero!
¿me está tratando de tonto?
Le juro por mi sombrero
y por el zaino que monto,
que nadie de aquí se ha ido
(y no será usté el primero)
sin ligar, por atrevido,
una marca sobre el cuero.

Yo non te quise ofender,
non te me hagá el cocorito,
quedate bien tranquilito,
si lo hice fue sin querer.
Ma si vó queré saber
con que atiendo a un compadrito,
tengo un lindo cuchiyito
guardado en el neceser.

Lamentablemente para Pidonne, su habilidad con el cuchillo no fue suficiente para hacer frente a la destreza que Godoy tenía en el manejo del trabuco. Sin hacer caso a los gritos de ¡¨No se disgracie Godoy¨!, el payador bonaerense despachó al tano cantor.

Hay muchos cantores que, mereciendo alcanzar el éxito, jamás pudieron dejar el anonimato y a la inversa, muchos mediocres construyeron carreras extraordinarias.
En alguna oportunidad, como en el caso del folclorista Pedro Morejón, el destino obró con equidad haciendo coincidir su total falta de talento con el desconocimiento general acerca de su existencia.
Algunos cantantes tienen aspiraciones modestas, no persiguen la fama ni el dinero sino que se contentan con levantarse, de vez en cuando, una minita. En algunas ocasiones terminaron casándose con sus levantes y jamás pudieron discernir si al conseguir su propósito obtuvieron el éxito o fracasaron.

domingo, 4 de octubre de 2009

Crónica de una batalla, por Rodolfo Morales

Son las seis y media de la tarde. Después de buscar las casi inexistentes monedas y de esperar media hora, me subo al colectivo que me llevará desde Córdoba y Libertad hasta Mataderos. Como siempre, viajamos todos apretados. Me paro junto a una butaca que ocupa una señora gordita de unos sesenta años. Lo elegí porque creo que la mujer se va a bajar no más allá de Once (es una corazonada) y tengo la firme intención de sentarme. Un flaco que subió recién se para a mi lado. Adivino su aviesa idea de birlar mi posición privilegiada ante el asiento. Me prometo a mí mismo que este chabón no me afana el lugar ni en pedo. Me aferro con firmeza al pasamano del techo con mi mano derecha. El flaco se agarra del mismo caño con su maño izquierda y apoya todo el costado de su cuerpo sobre mi lateral derecho. Me afirmo con fuerza y resisto sus solapados empujones sin ceder un milímetro. La señora se mueve hacia delante y vuelve a acomodarse en el asiento. El flaco y yo nos comimos el amague pensando que se bajaba y tratamos de posicionarnos mejor. Yo di un paso cortito hacia la derecha, bajé rápidamente la mano y me sostuve del fierro correspondiente al respaldo de la butaca que está más adelante, mientras mi mano izquierda sube hasta el caño del techo. Fue un movimiento veloz y determinante, todo mi ser es, ahora, una barrera que se interpone entre el flaco y sus ganas de sentarse. ¡Te cagué, el lugar es definitivamente mío¡. El flaco hijo de puta no se da por vencido. Me pega con su bolso detrás de la rodilla, buscando que su posición mejore si consigue que yo doble mi pierna. Le clavo el talón derecho en la punta del pié y lo retira con la velocidad de un rayo. El turro, en una acción desesperada, me toca el culo intentando desestabilizarme. Respondo pegándole en la cara con mi hombro. Sintió el golpe y adivino que me putea por lo bajo.
La señora por fin se levanta. Ejerzo presión hacia atrás, sabiendo que no hay posibilidades de que el flaco pueda desplazarme. Disfruto el dulce sabor de la victoria mientras me preparo para sentarme. El flaco, un resentido de mierda, aprovecha una cuneta para disfrazar su movimiento y me mete un codazo en la nuca. No me importa, el triunfo es mío. Cuando me dispongo a ocupar, por fin, la butaca vacía, algo se desliza entre mis piernas y aparece sobre el asiento. Es un nene de unos siete años que grita a viva voz: ¡Vení tía, que encontré un lugar!. Una mujer pasa pidiendo permiso y sienta al pendejo de mierda sobre su falda. Adivino una sonrisa canchera del flaco hijo de puta que piensa: yo no me senté pero vos tampoco, con la inmunda lógica de quien no come ni deja comer.
Caliente por la situación, decido bajarme. Voy hasta el kiosco a comprar cigarrillos en un intento de ver si fumándome ocho fasos seguidos logro bajar mi grado de locura.
En este momento puteo por última vez al flaco, el muy puto me afanó la billetera.