Paul Hagner, el famoso irlandés revolucionario, dejó para el recuerdo las biografías de dos cantantes que la historia oficial olvidó. Como ocurre siempre con los trabajos del escritor analfabeto, sus seguidores aseguran que la obra era mucho más extensa y que agrupaba a no menos de veinte personalidades descollantes e ignoradas del canto popular, pero que su recopilador oficial, Jean Lluc Riusec, la podó impiadosamente cegado por la envidia.
Por su parte, el club de admiradores del pintor catalán sostiene que Hagner en realidad dictó una escueta y olvidable esquela referida a un vecino que cantaba en el baño y que Riusec la mejoró notablemente, escribiendo la versión que a continuación se relata:
Caruso, Gardel, Sinatra, Marcelo Dupré, son algunas de las voces que lograron trascender al mundo, más allá de su época y su lugar. Como ya sabemos, la historia suele ser injusta con algunas personas. Tal es el caso de José Eleuterio Martínez, el cantor de tangos del barrio Piedrabuena.
Desde su más tierna infancia, Josecito quiso cantar. Mientras los otros pibes jugaban a la pelota en las canchitas de Los Perales soñando poder ser algún día un Julio San Lorenzo o un Pilo Calandria, José agarraba el palo de la escoba a modo de micrófono y cantaba tangos en el patio de la casa de su abuela. Ya de muchacho, participó de un concurso de cantores organizado por radio El Mundo y venció en la final a un flaco que cantó ¨El abrojito¨ y era, sin dudas, el favorito de las mujeres. Se llamaba Alberto Morán.
José Eleuterio Martínez no tenía gancho como nombre de tanguero. En la compañía grabadora propusieron el seudónimo de Pepe Martínez, pero finalmente decidieron llamarlo Héctor de la Serna. Con su nuevo nombre artístico, Héctor estuvo a punto de grabar junto a la orquesta de Aníbal Troilo, pero la fatalidad se hizo presente: víctima de un virus desconocido perdió la voz para siempre.
Las situaciones límite ponen a prueba a las personas. Algunos se someten a las inclemencias del destino y se deprimen, se hacen alcohólicos, se suicidan o se resignan a esperar la muerte. Otros luchan y buscan revertir los males que los aquejan..
Héctor de la Serna pertenecía a éste grupo. Lejos de dejar el canto, buscó un nuevo estilo que le permitiera continuar en el ejercicio de su vocación. Fue así que, sin posibilidad de emitir sonido, centralizó sus interpretaciones en lo gestual, poniéndole el cuerpo a las letras de tango. Renunció a la tarea fácil, excluyendo de su repertorio los tangos ¨Silencio¨ y ¨Sin palabras¨.
Todos los concurrentes a la presentación que el cantor realizó en el Social Rivadavia recuerdan extasiados la interpretación de ¨Mensaje¨ de Discépolo, especialmente lo dramático que resultaba ver al cantor mudo expresando todo su dolor y sintiéndose particularmente identificado con las últimas líneas del primer párrafo que dicen ¨Yo, que no tengo tu voz…Yo, que no puedo ya hablar….
Es muy recordada, también, su versión de La toalla mojada, en la que su histrionismo hacía querible y simpático al macho Aldo Saravia.
Nadie como Héctor de la Serna tuvo la capacidad de transmitir tanto sentimiento desde el escenario, tal vez quien más cerca estuvo fue un muchacho rubio que estudió con ¨ël mudo¨ de la Serna y lo reemplazó en la orquesta de Pichuco . Se que había manejado un colectivo pero no recuerdo el nombre.
En un extraño reportaje radial en el que de la Serna respondía las preguntas que se le efectuaban utilizando una máquina de escribir, el cantor declaró que ¨Tanguera¨, que había grabado recientemente con la orquesta de Mariano Mores, fue sin dudas su máxima creación. Algunos críticos, seguramente resentidos admiradores del flaco Morán, insistían en sostener que ¨Tanguera¨ era un tango instrumental.
En su última etapa, de la Serna, con problemas económicos que le impedían contratar músicos, grabó dos LP´s cantando a capella. La venta de estos discos silenciosos fue lamentable y el cantor, abochornado, decidió conchabarse en un circo donde hacía sombras chinescas.
Otra injusticia histórica es la que tiene como protagonista a un cantante lírico italiano que compitió con el mismísimo Pavarotti para ingresar en La Scala de Milán, perdiendo por una diferencia inconmensurable. Derrotado, decide dejar Italia y buscando nuevos horizontes viaja a la Argentina. Invitado por unos amigos peluqueros a la fiesta nacional del ternero, descubre en Ayacucho el arte de la payada.
La payada es realmente un arte efímero. No hay grabaciones ni letras preparadas, pues dejaría de ser payada para convertirse en canción. La velocidad y la imaginación de los payadores son cualidades que no están al alcance de cualquier mortal. En el caso que nos ocupa, ya sea por lo extraño que sonaba payar con el acento propio de su lengua o por un nacionalismo malentendido, nunca se valoró merecidamente al payador italiano.
Jamás se supo como llegó a manos del historiador japonés Makoto Hurashi la última aparición del payador peninsular. Se trata de una tenida con un cantor de los pagos de General Guido llamado Santos Godoy, que se llevó a cabo luego de un asado en una estancia de San Andrés de Giles y que se transcribe a continuación:
Soy natto a Caltagirone
e me gusta la payada.
Mi mandolina afinada
me acompaña en la ocasione.
Agradezco la reunione
e me quiero presentar:
pa lo que gusten mandar
me quiamo Renzo Pidonne.
- Al payador italiano
que nos vino a visitar
yo le quiero preguntar
si puede darme una mano.
Como europeo baquiano,
me va a poder orientar
quisiera saber, paisano,
q´es lo que me va´matar
In questa oportunitá
su pregunta non molesta.
É fáchile la respuesta,
lo digo con humildá.
Non será il paso dil tempo,
tristeza ni enfermedá,
sólo un tonto non lo sabe:
Por su parte, el club de admiradores del pintor catalán sostiene que Hagner en realidad dictó una escueta y olvidable esquela referida a un vecino que cantaba en el baño y que Riusec la mejoró notablemente, escribiendo la versión que a continuación se relata:
Caruso, Gardel, Sinatra, Marcelo Dupré, son algunas de las voces que lograron trascender al mundo, más allá de su época y su lugar. Como ya sabemos, la historia suele ser injusta con algunas personas. Tal es el caso de José Eleuterio Martínez, el cantor de tangos del barrio Piedrabuena.
Desde su más tierna infancia, Josecito quiso cantar. Mientras los otros pibes jugaban a la pelota en las canchitas de Los Perales soñando poder ser algún día un Julio San Lorenzo o un Pilo Calandria, José agarraba el palo de la escoba a modo de micrófono y cantaba tangos en el patio de la casa de su abuela. Ya de muchacho, participó de un concurso de cantores organizado por radio El Mundo y venció en la final a un flaco que cantó ¨El abrojito¨ y era, sin dudas, el favorito de las mujeres. Se llamaba Alberto Morán.
José Eleuterio Martínez no tenía gancho como nombre de tanguero. En la compañía grabadora propusieron el seudónimo de Pepe Martínez, pero finalmente decidieron llamarlo Héctor de la Serna. Con su nuevo nombre artístico, Héctor estuvo a punto de grabar junto a la orquesta de Aníbal Troilo, pero la fatalidad se hizo presente: víctima de un virus desconocido perdió la voz para siempre.
Las situaciones límite ponen a prueba a las personas. Algunos se someten a las inclemencias del destino y se deprimen, se hacen alcohólicos, se suicidan o se resignan a esperar la muerte. Otros luchan y buscan revertir los males que los aquejan..
Héctor de la Serna pertenecía a éste grupo. Lejos de dejar el canto, buscó un nuevo estilo que le permitiera continuar en el ejercicio de su vocación. Fue así que, sin posibilidad de emitir sonido, centralizó sus interpretaciones en lo gestual, poniéndole el cuerpo a las letras de tango. Renunció a la tarea fácil, excluyendo de su repertorio los tangos ¨Silencio¨ y ¨Sin palabras¨.
Todos los concurrentes a la presentación que el cantor realizó en el Social Rivadavia recuerdan extasiados la interpretación de ¨Mensaje¨ de Discépolo, especialmente lo dramático que resultaba ver al cantor mudo expresando todo su dolor y sintiéndose particularmente identificado con las últimas líneas del primer párrafo que dicen ¨Yo, que no tengo tu voz…Yo, que no puedo ya hablar….
Es muy recordada, también, su versión de La toalla mojada, en la que su histrionismo hacía querible y simpático al macho Aldo Saravia.
Nadie como Héctor de la Serna tuvo la capacidad de transmitir tanto sentimiento desde el escenario, tal vez quien más cerca estuvo fue un muchacho rubio que estudió con ¨ël mudo¨ de la Serna y lo reemplazó en la orquesta de Pichuco . Se que había manejado un colectivo pero no recuerdo el nombre.
En un extraño reportaje radial en el que de la Serna respondía las preguntas que se le efectuaban utilizando una máquina de escribir, el cantor declaró que ¨Tanguera¨, que había grabado recientemente con la orquesta de Mariano Mores, fue sin dudas su máxima creación. Algunos críticos, seguramente resentidos admiradores del flaco Morán, insistían en sostener que ¨Tanguera¨ era un tango instrumental.
En su última etapa, de la Serna, con problemas económicos que le impedían contratar músicos, grabó dos LP´s cantando a capella. La venta de estos discos silenciosos fue lamentable y el cantor, abochornado, decidió conchabarse en un circo donde hacía sombras chinescas.
Otra injusticia histórica es la que tiene como protagonista a un cantante lírico italiano que compitió con el mismísimo Pavarotti para ingresar en La Scala de Milán, perdiendo por una diferencia inconmensurable. Derrotado, decide dejar Italia y buscando nuevos horizontes viaja a la Argentina. Invitado por unos amigos peluqueros a la fiesta nacional del ternero, descubre en Ayacucho el arte de la payada.
La payada es realmente un arte efímero. No hay grabaciones ni letras preparadas, pues dejaría de ser payada para convertirse en canción. La velocidad y la imaginación de los payadores son cualidades que no están al alcance de cualquier mortal. En el caso que nos ocupa, ya sea por lo extraño que sonaba payar con el acento propio de su lengua o por un nacionalismo malentendido, nunca se valoró merecidamente al payador italiano.
Jamás se supo como llegó a manos del historiador japonés Makoto Hurashi la última aparición del payador peninsular. Se trata de una tenida con un cantor de los pagos de General Guido llamado Santos Godoy, que se llevó a cabo luego de un asado en una estancia de San Andrés de Giles y que se transcribe a continuación:
Soy natto a Caltagirone
e me gusta la payada.
Mi mandolina afinada
me acompaña en la ocasione.
Agradezco la reunione
e me quiero presentar:
pa lo que gusten mandar
me quiamo Renzo Pidonne.
- Al payador italiano
que nos vino a visitar
yo le quiero preguntar
si puede darme una mano.
Como europeo baquiano,
me va a poder orientar
quisiera saber, paisano,
q´es lo que me va´matar
In questa oportunitá
su pregunta non molesta.
É fáchile la respuesta,
lo digo con humildá.
Non será il paso dil tempo,
tristeza ni enfermedá,
sólo un tonto non lo sabe:
lo que mata é la humedá
- ¡Tenga mano aparecero!
¿me está tratando de tonto?
Le juro por mi sombrero
y por el zaino que monto,
que nadie de aquí se ha ido
(y no será usté el primero)
sin ligar, por atrevido,
una marca sobre el cuero.
Yo non te quise ofender,
non te me hagá el cocorito,
quedate bien tranquilito,
si lo hice fue sin querer.
Ma si vó queré saber
con que atiendo a un compadrito,
tengo un lindo cuchiyito
guardado en el neceser.
Lamentablemente para Pidonne, su habilidad con el cuchillo no fue suficiente para hacer frente a la destreza que Godoy tenía en el manejo del trabuco. Sin hacer caso a los gritos de ¡¨No se disgracie Godoy¨!, el payador bonaerense despachó al tano cantor.
Hay muchos cantores que, mereciendo alcanzar el éxito, jamás pudieron dejar el anonimato y a la inversa, muchos mediocres construyeron carreras extraordinarias.
En alguna oportunidad, como en el caso del folclorista Pedro Morejón, el destino obró con equidad haciendo coincidir su total falta de talento con el desconocimiento general acerca de su existencia.
Algunos cantantes tienen aspiraciones modestas, no persiguen la fama ni el dinero sino que se contentan con levantarse, de vez en cuando, una minita. En algunas ocasiones terminaron casándose con sus levantes y jamás pudieron discernir si al conseguir su propósito obtuvieron el éxito o fracasaron.
- ¡Tenga mano aparecero!
¿me está tratando de tonto?
Le juro por mi sombrero
y por el zaino que monto,
que nadie de aquí se ha ido
(y no será usté el primero)
sin ligar, por atrevido,
una marca sobre el cuero.
Yo non te quise ofender,
non te me hagá el cocorito,
quedate bien tranquilito,
si lo hice fue sin querer.
Ma si vó queré saber
con que atiendo a un compadrito,
tengo un lindo cuchiyito
guardado en el neceser.
Lamentablemente para Pidonne, su habilidad con el cuchillo no fue suficiente para hacer frente a la destreza que Godoy tenía en el manejo del trabuco. Sin hacer caso a los gritos de ¡¨No se disgracie Godoy¨!, el payador bonaerense despachó al tano cantor.
Hay muchos cantores que, mereciendo alcanzar el éxito, jamás pudieron dejar el anonimato y a la inversa, muchos mediocres construyeron carreras extraordinarias.
En alguna oportunidad, como en el caso del folclorista Pedro Morejón, el destino obró con equidad haciendo coincidir su total falta de talento con el desconocimiento general acerca de su existencia.
Algunos cantantes tienen aspiraciones modestas, no persiguen la fama ni el dinero sino que se contentan con levantarse, de vez en cuando, una minita. En algunas ocasiones terminaron casándose con sus levantes y jamás pudieron discernir si al conseguir su propósito obtuvieron el éxito o fracasaron.