sábado, 27 de febrero de 2010

Alicia y los gatos, por Ornella Di Cesaris

Alicia tenía cincuenta y ocho años. Vivía en una vieja casita de Pompeya, bastante deteriorada, con un jardín descuidado en el que no había flores. La casa había pertenecido desde siempre a la familia de su marido, un hombre mucho mayor que ella, recientemente fallecido y por el que cobraba una modesta pensión. Sin hijos ni familiares, Alicia adoptó un gato callejero con el que pensaba compartir su soledad. Casi sin darse cuenta, fue amparando a otros gatos sin hogar hasta que, en poco tiempo, una docena de felinos jugueteaba en su jardín. La verdad es que los bichos llenaban la hasta entonces vacía vida de la mujer. Alicia los alimentaba, jugaba con ellos y hasta dormía rodeada de sus mascotas. El cariño que sentía por esos animales fue creciendo y en poco tiempo, entre los recogidos, los nacidos en su casa y los que llegaron por sus propios medios, el número de acompañantes en su jardín superaba con creces los treinta. Los inquilinos más antiguos tenían nombre: el primero se llamaba Andrés y era el más mimado. Era un gato de un tamaño importante, con mucho pelo y un extraño color mezcla de gris con amarillo. El segundo era Coco, un gato negro con una mancha blanca en la oreja izquierda. Amanda era la gata preferida, tal vez por haber sido la madre de la primera camada casera. A medida que el número de habitantes aumentaba, los nombres fueron dejando paso a apodos genéricos que servían para dirigirse a varios individuos (negro, michi, chicos, etc.).
Alicia comenzó a tener serios problemas para mantener a los gatos que, por esta época, ya eran más de cincuenta. Leche, pescado, carne, todo era poco para alimentar a semejante tropa. La pensión no alcanzaba para cubrir los gastos, pero la fortuna quiso que la contrataran para encargarse de la limpieza de una fábrica del barrio. El trabajo le ocupaba las noches de lunes a sábados, de veinticuatro a seis de la mañana. El resto del día lo dedicaba a las compras, la limpieza de la casa y la atención de sus ¨hijitos¨, tal como ella los llamaba.
Lo cierto es que los felinos aumentaban constantemente en número y también en sus demandas. Alicia había quedado recluida casi exclusivamente a la cocina y los animales ocupaban el resto de la casa.
Había cierta jerarquía entre los gatos. Andrés, posiblemente por ser el primero en el lugar y por su poderosa estructura física, era una especie de conductor natural del grupo. Sin embargo, un joven llegado casi un año después, se había animado a discutirle el liderazgo. Si bien Andrés pudo derrotarlo, como consecuencia de la pelea perdió el ojo derecho.
Alicia ya no daba abasto para atender a todos los habitantes de la morada que, a esta altura, superaban la centena. La casa siempre estaba sucia, había ruidos todo el tiempo y los vecinos se quejaban.
Una noche los maullidos fueron mucho más fuertes y numerosos que de costumbre. Hubo una pelea generalizada entre los gatos. Algunos defendían a Andrés y otros respondían al joven rebelde que nuevamente intentaba derrocarlo. El escándalo recibió a la dueña de casa que regresaba del trabajo y que al ver lo que sucedía, tomó partido por su favorito.
Durante días el lugar estuvo en calma. Un olor fétido que se percibía a varios metros hizo que los vecinos hicieran una denuncia en la policía. Al llegar al lugar, la patrulla encontró a unos ciento treinta felinos que jugueteaban en el jardín. En la cocina se hallaron los huesos de un gato grande junto con los restos de un cadáver femenino que había sido devorado por los animales.

lunes, 15 de febrero de 2010

Buzones, por Monseñor Jaime Roitman

En la esquina de San Pedro y Albariño había un buzón que poseía una característica fantástica y peculiar. Transformaba cualquier escrito que se introdujera en él, incluso el más elemental, en una obra literaria de valía. La primera noticia sobre éste fenómeno remite a lo que le sucedió al conocido poeta Oliverio Girondo una mañana de 1940. El escritor le envió unas líneas a un amigo contándole, entre otras cosas, que estaba en una etapa feliz de su vida y que solamente lo perturbaba la certeza de que en algún momento ¨la muerte vendrá a buscarme¨. Esta frase común, se transformó dentro del buzón y fue recibida por el destinatario como una poesía que hacía referencia a la visita de la parca y que decía:
No estoy.
No la conozco.
No quiero conocerla.
Me repugna lo hueco,
la afición al misterio,
el culto a la ceniza,
a cuanto se disgrega.
Jamás he mantenido contacto con lo inerte.
Si de algo he renegado es de la indiferencia.
No aspiro a transmutarme,
ni me tienta el reposo.
Todavía me intrigan el absurdo, la gracia.
No estoy para lo inmóvil,
para lo inhabitado.
Cuando venga a buscarme,
díganle:
"se ha mudado".
Enterado Girondo de lo sucedido, decidió llamar al poema ¨Visita¨ y publicarlo en su libro ¨Persuasión de los días¨, pero jamás volvió a utilizar el buzón de Albariño.
Años después, el escribano José Narosky hizo uso del mismo buzón para enviar una carta a la municipalidad de General Pueyrredón quejándose por el deplorable nivel de higiene que había constatado en las playas de Mar del Plata. Entre sus dichos, apareció un renglón que nunca había escrito que decía: ¨Hay quien arroja un vidrio roto sobre la playa. Pero hay quien se agacha a recogerlo¨ y que fue el inicio de la carrera de Narosky como ¨aforista¨.
Infinidad de usuarios del buzón se vieron sorprendidos por los resultados que obtuvieron al utilizarlo para enviar sus cartas. Néstor Gadeau, un muchacho al que le costaba comunicarse con las mujeres, optó por enviarle una carta a la chica que le gustaba. Su corta imaginación sólo le permitió escribir: ¨Me gustás mucho, María¨. Esta torpe declaración se transformó en ¨ Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Emerges de las cosas, llenas el alma mía y entonces lo comprendo: yo te quiero María¨. Néstor se sorprendió cuando María, emocionada, lo besó y también cuando vio que Neruda utilizó algunos párrafos de su carta para escribir su poesía ¨Me gusta cuando callas¨.
Una vez que el secreto del buzón de Albariño y San Pedro se hizo conocido, muchos decidieron sacar provecho de él. Algunos alumnos de la facultad se enviaban cartas a sí mismos con algunas hojas escritas sin demasiado esmero, esperando que se transformaran en las complicadas monografías que debían entregar. En algunos casos consiguieron su objetivo, otros dicen haber recibido esquelas que decían ¨Inténtelo nuevamente. Ud. puede hacerlo¨. Si bien no era esto lo que buscaban, se veían reconfortados con un mensaje alentador.
Los escritores de cartas de la época aseguran que, como una compensación divina, en la esquina de Bilbao y Laferrere había otro buzón con propiedades exactamente opuestas al anterior, es decir que transformaba pensamientos formidables en torpes disparates. El primero en descubrir estos sucesos fue el gordo Monteluzzi. El gordo estaba buscando trabajo. Calificaba con creces para un puesto gerencial en un banco internacional y envió un currículum que había preparado concienzudamente, destacando su carrera universitaria de contador público, su experiencia en puestos similares, los logros conseguidos durante su gestión y referencias de personas respetables. La gente del banco le envió a vuelta de correo una carta en la que le reprochaban y le devolvían el lamentable currículum que había enviado junto con la deleznable carta de presentación que lo acompañaba y sintiéndose ofendidos le aseguraban que jamás trabajaría en esa institución. La sorpresa de Monteluzzi fue enorme cuando vio que en su currículum sólo figuraba su egreso de la escuela primaria y su carta de presentación decía: ¨Soy Néstor Monteluzzi. Quiero laburar en ese banco. Llámenme antes de que me arrepienta¨.
Otro perjudicado por el buzón de Bilbao fue el poeta Guido Centenera. Le envió a su amada Delia una epístola de marcado tono erótico (que, para ser sinceros, había copiado casi literalmente de un original de James Joyce), uno de cuyos párrafos se transcribe seguidamente: ¨No me pidas que te escriba una carta larga ahora. Estoy cansado de enviarte palabras. Nuestros labios pegados, nuestros brazos entrelazados, nuestros ojos desfalleciendo en el gozo de la posesión me complacerían más.
Perdóname queridísima. Tenía intención de mostrarme más reservado, pero mi pasión por ti lo hace imposible…¨.
La carta que recibió Delia decía: ¨Delia, esperame en bolas. Estoy re-caliente¨. Centenera nunca más tuvo noticias de Delia y jamás volvió a escribir.
No fue menor el perjuicio que le ocasionó al novelista Jacobo Gelfland la participación del buzón maligno. Le escribió a su amigo y editor Samuel diciéndole ¨querido Samuel, si estuviera dentro de tus posibilidades, quisiera pedirte un pequeño adelanto del pago correspondiente a la novela que te entregaré el mes próximo¨, esta práctica era habitual entre Jacobo y Samuel. Sin embargo Samuel se ofendió al punto de no volver a dirigirle la palabra al escritor, al recibir una nota que decía: ¨ Samuel, miserable de mierda, ¡exijo urgente un adelanto! ¨
Los buzones ya no existen en Mataderos. Algunos sostienen que fueron removidos por lo poco confiable que resultaban. Otros dicen que el progreso, mediante los mensajes de texto y los e-mails, los volvió innecesarios.
Sin embargo, hay amantes de lo sorprendente que los extrañan y juran con alegría que algunas computadoras y teléfonos celulares conservan las increíbles capacidades de los recordados buzones. Sin ir más lejos, este relato no era otra cosa que un reclamo a Edenor porque me mandó la factura vencida.

sábado, 6 de febrero de 2010

Las fábulas griegas, por Robert de Bruce


Las fábulas de Esopo se conocen en el mundo entero y aún hoy se siguen publicando. Todos sabemos de las historias de la hormiga y la cigarra, la liebre y la tortuga o de la gallina de los huevos de oro, entre muchas otras.
Revisionistas de la antigua literatura griega tuvieron un hallazgo capaz de conmover las bases de la filología helénica. Mediante los estudios realizados a viejos escritos de distintos autores, están en condiciones de afirmar que el famoso Esopo nunca existió. Más aún, descubrieron una verdadera confabulación de un grupo de moralistas que ideó a ése personaje para adjudicarle la creación de ciertas fábulas que, en realidad, no son otra cosa que edulcoradas y pacatas adaptaciones de las directas y crudas versiones originales. Las dudas sobre Esopo surgieron de los datos erráticos sobre su biografía. Algunos autores daban como lugar de su nacimiento a la ciudad de Tracia, otros a Frigia. Hay quienes lo sindican como nativo de la isla de Samos y quienes sostienen que nació en Sardes. Incluso, algunos biógrafos lo creen egipcio. Otra controversia se presenta en cuanto a la época en la que supuestamente vivió. Se dice que entre los años 570 y 526, entre 510 y 594 o entre 612 y 527 a.c. Lo cierto es que todos estos dudosos datos hicieron que los investigadores se dedicaran a estudiar profundamente a Esopo y llegaran a la conclusión de su inexistencia y al motivo por el cual los celadores de la moral griega lo inventaron. Descubrieron que sí hubo un creador de fábulas, un jóven brillante que mediante sus relatos intentaba despertar las conciencias dormidas del pueblo. Sus obras, para evitar la censura, se presentaban como cuentos para niños y los protagonistas eran animales. Pronto sus trabajos se conocieron en toda Grecia haciendo famoso a su autor.
Cuenta la historia que cuatro jóvenes amigos se encontraban en una cantina de la ciudad de Argos bebiendo kykeon, cuando Empédocles, un asiduo concurrente, los puso al tanto de que treinta magistrados (los treinta tiranos) habían conformado un gobierno oligárquico en reemplazo de la democracia ateniense. La noticia pegó fuerte en el ánimo de la muchachada, que se calentó mal y decidió participar activamente en contra del nuevo gobierno. Dos de ellos, Protio y Tritio, viajaron a Atenas para enrolarse en las milicias de la resistencia. Deuterio, el mayor de los cuatro y con habilidad para el discurso político, decidió recorrer Grecia y arengar a la población en contra de las nuevas autoridades. Por último, Isótopo, que era poseedor de un gran talento para las artes, se propuso reunir gente en las ciudades y criticar al régimen oligarca recitando fábulas opositoras.
De Protio y Tritio nunca se volvió a tener noticias. Deuterio, que había conseguido cierto renombre, fue asesinado en Tebas por Trigémino, un tipo con alteraciones nerviosas.
Las fábulas de Isótopo tuvieron un éxito fantástico. En las plazas, asambleas y gimnasios se debatía sobre ellas. Los títulos más conocidos fueron ¨Los cerdos en el gobierno¨, que se cree sirvió de base para la obra de Orwell ¨Rebelión en la granja¨ , ¨El mando en manos de las bestias¨ y ¨Los débiles no importan¨ En ellas se hablaba siempre de las injusticias que cometían los animales poderosos, en una alegoría sobre la situación que vivía el pueblo bajo el yugo de la clase dominante Los comentarios que generaban las obras llegaron a oídos de los gobernantes que ordenaron acallar la voz opositora del fabulista.
Un grupo de intelectuales notables que respondía al gobierno, conformó un clan conocido como ¨epístola expedita¨ y se dedicó exclusivamente a buscar una solución que diera un corte definitivo al asunto. Coincidieron en que lo mejor sería armar varias compañías de contadores de fábulas que recorrieran Grecia, difundiendo hasta la saturación historias que fueran inofensivas para el sistema y que se confundieran con las que contaba Isótopo, adjudicando la autoría de las obras a un personaje ficticio que acordaron llamar Esopo porque les sonaba pegadizo y se asemejaba al nombre del joven contestatario.
Conjuntamente con estas acciones se ordenó la detención de Isótopo y se lo condenó a muerte por atentar contra el régimen. Algunos historiadores dicen que, al igual que Sócrates, se lo envenenó con cicuta. Sin embargo, los revisionistas que hicieron esta investigación descreen de esa versión y aseguran que, para no darle el mismo rango que al reconocido filósofo, los verdugos obligaron a Isótopo a ingerir sandía con vino, convirtiéndolo en la primera víctima de este dúo letal.