Alicia y los gatos, por Ornella Di Cesaris
Alicia tenía cincuenta y ocho años. Vivía en una vieja casita de Pompeya, bastante deteriorada, con un jardín descuidado en el que no había flores. La casa había pertenecido desde siempre a la familia de su marido, un hombre mucho mayor que ella, recientemente fallecido y por el que cobraba una modesta pensión. Sin hijos ni familiares, Alicia adoptó un gato callejero con el que pensaba compartir su soledad. Casi sin darse cuenta, fue amparando a otros gatos sin hogar hasta que, en poco tiempo, una docena de felinos jugueteaba en su jardín. La verdad es que los bichos llenaban la hasta entonces vacía vida de la mujer. Alicia los alimentaba, jugaba con ellos y hasta dormía rodeada de sus mascotas. El cariño que sentía por esos animales fue creciendo y en poco tiempo, entre los recogidos, los nacidos en su casa y los que llegaron por sus propios medios, el número de acompañantes en su jardín superaba con creces los treinta. Los inquilinos más antiguos tenían nombre: el primero se llamaba Andrés y era el más mimado. Era un gato de un tamaño importante, con mucho pelo y un extraño color mezcla de gris con amarillo. El segundo era Coco, un gato negro con una mancha blanca en la oreja izquierda. Amanda era la gata preferida, tal vez por haber sido la madre de la primera camada casera. A medida que el número de habitantes aumentaba, los nombres fueron dejando paso a apodos genéricos que servían para dirigirse a varios individuos (negro, michi, chicos, etc.).
Alicia comenzó a tener serios problemas para mantener a los gatos que, por esta época, ya eran más de cincuenta. Leche, pescado, carne, todo era poco para alimentar a semejante tropa. La pensión no alcanzaba para cubrir los gastos, pero la fortuna quiso que la contrataran para encargarse de la limpieza de una fábrica del barrio. El trabajo le ocupaba las noches de lunes a sábados, de veinticuatro a seis de la mañana. El resto del día lo dedicaba a las compras, la limpieza de la casa y la atención de sus ¨hijitos¨, tal como ella los llamaba.
Lo cierto es que los felinos aumentaban constantemente en número y también en sus demandas. Alicia había quedado recluida casi exclusivamente a la cocina y los animales ocupaban el resto de la casa.
Había cierta jerarquía entre los gatos. Andrés, posiblemente por ser el primero en el lugar y por su poderosa estructura física, era una especie de conductor natural del grupo. Sin embargo, un joven llegado casi un año después, se había animado a discutirle el liderazgo. Si bien Andrés pudo derrotarlo, como consecuencia de la pelea perdió el ojo derecho.
Alicia ya no daba abasto para atender a todos los habitantes de la morada que, a esta altura, superaban la centena. La casa siempre estaba sucia, había ruidos todo el tiempo y los vecinos se quejaban.
Una noche los maullidos fueron mucho más fuertes y numerosos que de costumbre. Hubo una pelea generalizada entre los gatos. Algunos defendían a Andrés y otros respondían al joven rebelde que nuevamente intentaba derrocarlo. El escándalo recibió a la dueña de casa que regresaba del trabajo y que al ver lo que sucedía, tomó partido por su favorito.
Durante días el lugar estuvo en calma. Un olor fétido que se percibía a varios metros hizo que los vecinos hicieran una denuncia en la policía. Al llegar al lugar, la patrulla encontró a unos ciento treinta felinos que jugueteaban en el jardín. En la cocina se hallaron los huesos de un gato grande junto con los restos de un cadáver femenino que había sido devorado por los animales.
Alicia tenía cincuenta y ocho años. Vivía en una vieja casita de Pompeya, bastante deteriorada, con un jardín descuidado en el que no había flores. La casa había pertenecido desde siempre a la familia de su marido, un hombre mucho mayor que ella, recientemente fallecido y por el que cobraba una modesta pensión. Sin hijos ni familiares, Alicia adoptó un gato callejero con el que pensaba compartir su soledad. Casi sin darse cuenta, fue amparando a otros gatos sin hogar hasta que, en poco tiempo, una docena de felinos jugueteaba en su jardín. La verdad es que los bichos llenaban la hasta entonces vacía vida de la mujer. Alicia los alimentaba, jugaba con ellos y hasta dormía rodeada de sus mascotas. El cariño que sentía por esos animales fue creciendo y en poco tiempo, entre los recogidos, los nacidos en su casa y los que llegaron por sus propios medios, el número de acompañantes en su jardín superaba con creces los treinta. Los inquilinos más antiguos tenían nombre: el primero se llamaba Andrés y era el más mimado. Era un gato de un tamaño importante, con mucho pelo y un extraño color mezcla de gris con amarillo. El segundo era Coco, un gato negro con una mancha blanca en la oreja izquierda. Amanda era la gata preferida, tal vez por haber sido la madre de la primera camada casera. A medida que el número de habitantes aumentaba, los nombres fueron dejando paso a apodos genéricos que servían para dirigirse a varios individuos (negro, michi, chicos, etc.).
Alicia comenzó a tener serios problemas para mantener a los gatos que, por esta época, ya eran más de cincuenta. Leche, pescado, carne, todo era poco para alimentar a semejante tropa. La pensión no alcanzaba para cubrir los gastos, pero la fortuna quiso que la contrataran para encargarse de la limpieza de una fábrica del barrio. El trabajo le ocupaba las noches de lunes a sábados, de veinticuatro a seis de la mañana. El resto del día lo dedicaba a las compras, la limpieza de la casa y la atención de sus ¨hijitos¨, tal como ella los llamaba.
Lo cierto es que los felinos aumentaban constantemente en número y también en sus demandas. Alicia había quedado recluida casi exclusivamente a la cocina y los animales ocupaban el resto de la casa.
Había cierta jerarquía entre los gatos. Andrés, posiblemente por ser el primero en el lugar y por su poderosa estructura física, era una especie de conductor natural del grupo. Sin embargo, un joven llegado casi un año después, se había animado a discutirle el liderazgo. Si bien Andrés pudo derrotarlo, como consecuencia de la pelea perdió el ojo derecho.
Alicia ya no daba abasto para atender a todos los habitantes de la morada que, a esta altura, superaban la centena. La casa siempre estaba sucia, había ruidos todo el tiempo y los vecinos se quejaban.
Una noche los maullidos fueron mucho más fuertes y numerosos que de costumbre. Hubo una pelea generalizada entre los gatos. Algunos defendían a Andrés y otros respondían al joven rebelde que nuevamente intentaba derrocarlo. El escándalo recibió a la dueña de casa que regresaba del trabajo y que al ver lo que sucedía, tomó partido por su favorito.
Durante días el lugar estuvo en calma. Un olor fétido que se percibía a varios metros hizo que los vecinos hicieran una denuncia en la policía. Al llegar al lugar, la patrulla encontró a unos ciento treinta felinos que jugueteaban en el jardín. En la cocina se hallaron los huesos de un gato grande junto con los restos de un cadáver femenino que había sido devorado por los animales.