Buzones, por Monseñor Jaime Roitman
En la esquina de San Pedro y Albariño había un buzón que poseía una característica fantástica y peculiar. Transformaba cualquier escrito que se introdujera en él, incluso el más elemental, en una obra literaria de valía. La primera noticia sobre éste fenómeno remite a lo que le sucedió al conocido poeta Oliverio Girondo una mañana de 1940. El escritor le envió unas líneas a un amigo contándole, entre otras cosas, que estaba en una etapa feliz de su vida y que solamente lo perturbaba la certeza de que en algún momento ¨la muerte vendrá a buscarme¨. Esta frase común, se transformó dentro del buzón y fue recibida por el destinatario como una poesía que hacía referencia a la visita de la parca y que decía:
En la esquina de San Pedro y Albariño había un buzón que poseía una característica fantástica y peculiar. Transformaba cualquier escrito que se introdujera en él, incluso el más elemental, en una obra literaria de valía. La primera noticia sobre éste fenómeno remite a lo que le sucedió al conocido poeta Oliverio Girondo una mañana de 1940. El escritor le envió unas líneas a un amigo contándole, entre otras cosas, que estaba en una etapa feliz de su vida y que solamente lo perturbaba la certeza de que en algún momento ¨la muerte vendrá a buscarme¨. Esta frase común, se transformó dentro del buzón y fue recibida por el destinatario como una poesía que hacía referencia a la visita de la parca y que decía:
No estoy.
No la conozco.
No quiero conocerla.
Me repugna lo hueco,
la afición al misterio,
el culto a la ceniza,
a cuanto se disgrega.
Jamás he mantenido contacto con lo inerte.
Si de algo he renegado es de la indiferencia.
No aspiro a transmutarme,
ni me tienta el reposo.
Todavía me intrigan el absurdo, la gracia.
No estoy para lo inmóvil,
para lo inhabitado.
Cuando venga a buscarme,
díganle:
"se ha mudado".
No la conozco.
No quiero conocerla.
Me repugna lo hueco,
la afición al misterio,
el culto a la ceniza,
a cuanto se disgrega.
Jamás he mantenido contacto con lo inerte.
Si de algo he renegado es de la indiferencia.
No aspiro a transmutarme,
ni me tienta el reposo.
Todavía me intrigan el absurdo, la gracia.
No estoy para lo inmóvil,
para lo inhabitado.
Cuando venga a buscarme,
díganle:
"se ha mudado".
Enterado Girondo de lo sucedido, decidió llamar al poema ¨Visita¨ y publicarlo en su libro ¨Persuasión de los días¨, pero jamás volvió a utilizar el buzón de Albariño.
Años después, el escribano José Narosky hizo uso del mismo buzón para enviar una carta a la municipalidad de General Pueyrredón quejándose por el deplorable nivel de higiene que había constatado en las playas de Mar del Plata. Entre sus dichos, apareció un renglón que nunca había escrito que decía: ¨Hay quien arroja un vidrio roto sobre la playa. Pero hay quien se agacha a recogerlo¨ y que fue el inicio de la carrera de Narosky como ¨aforista¨.
Infinidad de usuarios del buzón se vieron sorprendidos por los resultados que obtuvieron al utilizarlo para enviar sus cartas. Néstor Gadeau, un muchacho al que le costaba comunicarse con las mujeres, optó por enviarle una carta a la chica que le gustaba. Su corta imaginación sólo le permitió escribir: ¨Me gustás mucho, María¨. Esta torpe declaración se transformó en ¨ Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Emerges de las cosas, llenas el alma mía y entonces lo comprendo: yo te quiero María¨. Néstor se sorprendió cuando María, emocionada, lo besó y también cuando vio que Neruda utilizó algunos párrafos de su carta para escribir su poesía ¨Me gusta cuando callas¨.
Una vez que el secreto del buzón de Albariño y San Pedro se hizo conocido, muchos decidieron sacar provecho de él. Algunos alumnos de la facultad se enviaban cartas a sí mismos con algunas hojas escritas sin demasiado esmero, esperando que se transformaran en las complicadas monografías que debían entregar. En algunos casos consiguieron su objetivo, otros dicen haber recibido esquelas que decían ¨Inténtelo nuevamente. Ud. puede hacerlo¨. Si bien no era esto lo que buscaban, se veían reconfortados con un mensaje alentador.
Los escritores de cartas de la época aseguran que, como una compensación divina, en la esquina de Bilbao y Laferrere había otro buzón con propiedades exactamente opuestas al anterior, es decir que transformaba pensamientos formidables en torpes disparates. El primero en descubrir estos sucesos fue el gordo Monteluzzi. El gordo estaba buscando trabajo. Calificaba con creces para un puesto gerencial en un banco internacional y envió un currículum que había preparado concienzudamente, destacando su carrera universitaria de contador público, su experiencia en puestos similares, los logros conseguidos durante su gestión y referencias de personas respetables. La gente del banco le envió a vuelta de correo una carta en la que le reprochaban y le devolvían el lamentable currículum que había enviado junto con la deleznable carta de presentación que lo acompañaba y sintiéndose ofendidos le aseguraban que jamás trabajaría en esa institución. La sorpresa de Monteluzzi fue enorme cuando vio que en su currículum sólo figuraba su egreso de la escuela primaria y su carta de presentación decía: ¨Soy Néstor Monteluzzi. Quiero laburar en ese banco. Llámenme antes de que me arrepienta¨.
Otro perjudicado por el buzón de Bilbao fue el poeta Guido Centenera. Le envió a su amada Delia una epístola de marcado tono erótico (que, para ser sinceros, había copiado casi literalmente de un original de James Joyce), uno de cuyos párrafos se transcribe seguidamente: ¨No me pidas que te escriba una carta larga ahora. Estoy cansado de enviarte palabras. Nuestros labios pegados, nuestros brazos entrelazados, nuestros ojos desfalleciendo en el gozo de la posesión me complacerían más.
Perdóname queridísima. Tenía intención de mostrarme más reservado, pero mi pasión por ti lo hace imposible…¨. La carta que recibió Delia decía: ¨Delia, esperame en bolas. Estoy re-caliente¨. Centenera nunca más tuvo noticias de Delia y jamás volvió a escribir.
No fue menor el perjuicio que le ocasionó al novelista Jacobo Gelfland la participación del buzón maligno. Le escribió a su amigo y editor Samuel diciéndole ¨querido Samuel, si estuviera dentro de tus posibilidades, quisiera pedirte un pequeño adelanto del pago correspondiente a la novela que te entregaré el mes próximo¨, esta práctica era habitual entre Jacobo y Samuel. Sin embargo Samuel se ofendió al punto de no volver a dirigirle la palabra al escritor, al recibir una nota que decía: ¨ Samuel, miserable de mierda, ¡exijo urgente un adelanto! ¨
Los buzones ya no existen en Mataderos. Algunos sostienen que fueron removidos por lo poco confiable que resultaban. Otros dicen que el progreso, mediante los mensajes de texto y los e-mails, los volvió innecesarios.
Sin embargo, hay amantes de lo sorprendente que los extrañan y juran con alegría que algunas computadoras y teléfonos celulares conservan las increíbles capacidades de los recordados buzones. Sin ir más lejos, este relato no era otra cosa que un reclamo a Edenor porque me mandó la factura vencida.
Años después, el escribano José Narosky hizo uso del mismo buzón para enviar una carta a la municipalidad de General Pueyrredón quejándose por el deplorable nivel de higiene que había constatado en las playas de Mar del Plata. Entre sus dichos, apareció un renglón que nunca había escrito que decía: ¨Hay quien arroja un vidrio roto sobre la playa. Pero hay quien se agacha a recogerlo¨ y que fue el inicio de la carrera de Narosky como ¨aforista¨.
Infinidad de usuarios del buzón se vieron sorprendidos por los resultados que obtuvieron al utilizarlo para enviar sus cartas. Néstor Gadeau, un muchacho al que le costaba comunicarse con las mujeres, optó por enviarle una carta a la chica que le gustaba. Su corta imaginación sólo le permitió escribir: ¨Me gustás mucho, María¨. Esta torpe declaración se transformó en ¨ Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Emerges de las cosas, llenas el alma mía y entonces lo comprendo: yo te quiero María¨. Néstor se sorprendió cuando María, emocionada, lo besó y también cuando vio que Neruda utilizó algunos párrafos de su carta para escribir su poesía ¨Me gusta cuando callas¨.
Una vez que el secreto del buzón de Albariño y San Pedro se hizo conocido, muchos decidieron sacar provecho de él. Algunos alumnos de la facultad se enviaban cartas a sí mismos con algunas hojas escritas sin demasiado esmero, esperando que se transformaran en las complicadas monografías que debían entregar. En algunos casos consiguieron su objetivo, otros dicen haber recibido esquelas que decían ¨Inténtelo nuevamente. Ud. puede hacerlo¨. Si bien no era esto lo que buscaban, se veían reconfortados con un mensaje alentador.
Los escritores de cartas de la época aseguran que, como una compensación divina, en la esquina de Bilbao y Laferrere había otro buzón con propiedades exactamente opuestas al anterior, es decir que transformaba pensamientos formidables en torpes disparates. El primero en descubrir estos sucesos fue el gordo Monteluzzi. El gordo estaba buscando trabajo. Calificaba con creces para un puesto gerencial en un banco internacional y envió un currículum que había preparado concienzudamente, destacando su carrera universitaria de contador público, su experiencia en puestos similares, los logros conseguidos durante su gestión y referencias de personas respetables. La gente del banco le envió a vuelta de correo una carta en la que le reprochaban y le devolvían el lamentable currículum que había enviado junto con la deleznable carta de presentación que lo acompañaba y sintiéndose ofendidos le aseguraban que jamás trabajaría en esa institución. La sorpresa de Monteluzzi fue enorme cuando vio que en su currículum sólo figuraba su egreso de la escuela primaria y su carta de presentación decía: ¨Soy Néstor Monteluzzi. Quiero laburar en ese banco. Llámenme antes de que me arrepienta¨.
Otro perjudicado por el buzón de Bilbao fue el poeta Guido Centenera. Le envió a su amada Delia una epístola de marcado tono erótico (que, para ser sinceros, había copiado casi literalmente de un original de James Joyce), uno de cuyos párrafos se transcribe seguidamente: ¨No me pidas que te escriba una carta larga ahora. Estoy cansado de enviarte palabras. Nuestros labios pegados, nuestros brazos entrelazados, nuestros ojos desfalleciendo en el gozo de la posesión me complacerían más.
Perdóname queridísima. Tenía intención de mostrarme más reservado, pero mi pasión por ti lo hace imposible…¨. La carta que recibió Delia decía: ¨Delia, esperame en bolas. Estoy re-caliente¨. Centenera nunca más tuvo noticias de Delia y jamás volvió a escribir.
No fue menor el perjuicio que le ocasionó al novelista Jacobo Gelfland la participación del buzón maligno. Le escribió a su amigo y editor Samuel diciéndole ¨querido Samuel, si estuviera dentro de tus posibilidades, quisiera pedirte un pequeño adelanto del pago correspondiente a la novela que te entregaré el mes próximo¨, esta práctica era habitual entre Jacobo y Samuel. Sin embargo Samuel se ofendió al punto de no volver a dirigirle la palabra al escritor, al recibir una nota que decía: ¨ Samuel, miserable de mierda, ¡exijo urgente un adelanto! ¨
Los buzones ya no existen en Mataderos. Algunos sostienen que fueron removidos por lo poco confiable que resultaban. Otros dicen que el progreso, mediante los mensajes de texto y los e-mails, los volvió innecesarios.
Sin embargo, hay amantes de lo sorprendente que los extrañan y juran con alegría que algunas computadoras y teléfonos celulares conservan las increíbles capacidades de los recordados buzones. Sin ir más lejos, este relato no era otra cosa que un reclamo a Edenor porque me mandó la factura vencida.