domingo, 11 de julio de 2010

La logia secreta, por Robert de Bruce


Cuando en los más importantes cenáculos literarios se discute sobre las grandes novelas policiales, resulta imposible olvidar la obra de Paul Hagner. Y esto es exactamente así, porque no hay manera de dejar en el olvido lo que se desconoce por completo.
De todos modos, los seguidores del ilustre irlandés revolucionario, reivindican a Hagner como uno de los próceres del género, no tanto por su aporte literario sino por un antiguo affaire que habría sostenido en su juventud con Agatha Christie.
La novela de Paul Hagner ¨La logia secreta de los justicieros¨ dejó recuerdos imborrables. Uno de ellos fue el escándalo en que terminó el reportaje radial efectuado en la Feria del Libro, cuando un periodista preguntó al célebre escritor analfabeto acerca del motivo por el cual nunca había aprendido a leer. La respuesta de Hagner fue que, lejos de resultarle un contratiempo, consideraba una ventaja no haber leído jamás porque eso lo mantenía libre de la influencia de otros escritores. No obstante, reconoció que sí le hubiera resultado útil aprender a escribir, para no tener que incomodar a su transcriptor Joan Lluc Riusec. Ante la explicación del periodista de que escribir y leer eran acciones que se aprendían indivisiblemente en el mismo acto, el escritor supuso que lo estaba cargando y en uno de sus tantos brotes psicóticos le clavó una birome en el ojo.
Otro hecho bochornoso sucedió el día de la presentación de la novela. Reunidos, gracias a la intervención de un integrante de la comisión directiva, en el baño de caballeros del club Glorias Argentinas, se encontraban el autor, el pintor catalán Joan Lluc Riusec (que había ilustrado la obra), dos de los tres integrantes del club de admiradores de Paul Hagner y Domingo Pasalacqua, un relator de fútbol del ascenso de una emisora barrial, con cierta fama de intelectual y amigo del escritor. Pasalacqua comenzó su alocución agradeciendo la presencia de quienes allí se encontraban, incluyendo al rengo González que había entrado a orinar. A continuación se detalla textualmente el discurso de Pasalacqua: ¨Agradezco profundamente al amigo Paul Hagner, por quien siento un especial cariño, que me haya convocado para presentar su novela. No creo que Paul sea un escritor genial, en realidad lo considero menos que mediocre. Tampoco puedo catalogarlo de inteligente ni de buena persona. Se preguntarán, entonces, por que lo aprecio. Sinceramente no lo se. Es probable que solamente se deba a mi extraordinaria capacidad de dar amor. Pero el motivo de mis palabras no debe dirigirse a la persona sino a su obra y en este contexto, debo ser absolutamente sincero y reconocer que la novela, honestamente, me sorprendió. Es infinitamente peor a lo que hubiera podido imaginar. Me resultó deleznable…¨ En ese momento Hagner, como corresponde, lo cagó a trompadas dando por terminado el acto.
La revista ¨Chi Chicago¨, en su sección literaria, hizo una interesante crítica de la obra: ¨..la novela es original pero debe admitirse que su abordaje, para quienes no están familiarizados con el estilo del autor, se vuelve algo denso, intrincado, difícil de seguir e incluso podría decirse que es excesivamente extensa a pesar de estar compuesta por sólo tres carillas, siendo dos de ellas ocupadas por las ilustraciones de Riusec. Es éste, sin dudas, uno de los más logrados trabajos de Hagner¨. En el número posterior, ante los reclamos de los lectores, la revista publicó una fe de erratas que decía: ¨donde dice más logrados léase malogrados¨.
Un análisis imparcial de ¨La logia secreta de los justicieros¨ permite definirla como una novela policial con fuertes aditamentos psicológicos. Debe admitirse que la trama es extraña: la Logia es tan estrictamente secreta que ni siquiera sus propios integrantes recibían información sobre los lugares y horarios de reunión, menos aún les son revelados los casos en los que deben intervenir. Para resguardar la seguridad personal de los justicieros, jamás son anoticiados sobre su pertenencia a la logia. En ocasiones el autor da a entender que la organización tiene un solo integrante y en otras deja entrever que los miembros son más de quince mil.
El párrafo en el que el protagonista termina con el temible asesino transformista es antológico: ¨ el ruido ensordecedor, el parpadeo de las luces y el movimiento de vaivén del viejo vagón de madera del subte de la línea ¨A¨ , me sumergió en un grado de concentración tan profundo como solamente un monje Shaolin o alguien muy mamado pueden alcanzar. Con los ojos cerrados adiviné detrás de mí al asesino. Giré con la velocidad de un relámpago mientras extraía el arma de su funda y disparé justo en la frente del peligroso delincuente que, disfrazado de dulce viejecita, cayó muerto en un inmenso charco de sangre. Por un momento, sus dos secuaces enanos, intentando hacerse pasar por niños que gritaban ¡abuelita! mientras lloraban y abrazaban a la vieja, lograron confundirme, pero rápidamente descubrí su maléfica jugada y los eliminé vaciando sobre ellos el cargador. Me bajé en Acoyte. Hace frío y llueve. Mientras camino por Rivadavia soy interceptado por un patrullero que me lleva con la cabeza tapada por mi campera sin decirme a dónde. Me putean, seguramente para que no sospeche que me trasladan a mi merecido homenaje por el deber cumplido. Me siento feliz…¨
Consultado el respetado crítico Severino Morales sobre su parecer con respecto a la novela de Paul Hagner tuvo una respuesta que seguramente es la que cuenta con mayor consenso: ¨Es una cagada¨dijo.