Cuentos infantiles, por Robert de Bruce
Los cuentos infantiles son, por lo general, historias muy dramáticas que finalmente se resuelven de una manera favorable. La bella durmiente, Caperucita roja y Cenicienta son claros ejemplos de ello.
El casi desconocido Leonardo Valdez fue un cuentista infantil de una originalidad formidable. Su obra estaba signada por una crudeza práctica que apuntaba a inculcarles a los niños que no es posible esperar soluciones mágicas para los problemas que debemos afrontar en la vida. Muchas veces podremos resolver nuestros inconvenientes con trabajo y esfuerzo, muchas otras deberemos aceptar que hay situaciones irreparables y que aún así la vida continúa.
Es innegable que los cuentos de Leonardo producían cierta desdicha y tristeza en los chicos, pero el autor prefería contribuir a forjar su temple antes que engañarlos presentándoles un mundo absurdamente feliz, que se contrapone con la realidad.
Multitudes de psicopedagogos hacían cola para acusar a Valdez de atentar contra la salud mental de los párvulos. Psiquiatras y criminólogos lo hicieron responsable del accionar de asesinos desalmados que habrían crecido leyendo sus historias. Los abogados defensores de las más aborrecibles lacras sociales justificaban a sus clientes ante la justicia, diciendo que las conductas de éstos energúmenos eran el resultado de la angustia desbordante a la que los había sometido el cuentista durante la niñez.
Como suele suceder, siempre hay sectores que nadan contra la corriente y se enfrentan con las opiniones de las mayorías. Así surgió el ¨Comité Nacional en pro de la reivindicación del literato Leonardo Valdez¨, título tal vez demasiado pretencioso para una agrupación que contaba con cuatro integrantes, de los cuales tres eran parientes directos del escritor y el restante era el propio Valdez. El Comité argumentaba que de ser cierta la influencia del autor en la cantidad de malhechores que lo invocaban, sus libros se deberían haber vendido por miles y la realidad es que su único texto, titulado ¨Penosos cuentos para niños realistas¨ jamás concitó el interés de una editorial para publicarlo.
A modo de ejemplo de la excelsa obra de Leonardo Valdez, se transcriben algunos de sus cuentos, ignorándose quién fue el responsable de conservarlos.
El patito feo: Todos los patitos se mofaban de Teo porque era diferente. El pobre patito, entre llantos, le preguntaba a su mamá a qué se debía su fealdad. – Hijito, dijo su madre, ahora todos se ríen de ti, pero en unos meses tú serás un hermoso cisne y ellos seguirán siendo sólo unos patos comunes. Con el paso del tiempo, Teo tuvo dos certezas que lo acompañaron por el resto de su vida: 1) Los patos jamás se transforman en cisnes. 2) Las mujeres siempre mienten.
La tortuga: Eduardo Chernaglia fabricaba autos de competición en miniatura. Era realmente excelente en su trabajo y la calidad de los productos que comercializaba le permitió ser líder del mercado. Ayelén, la hija de Chernaglia, tenía una tortuga como mascota. La tortuga, a la que bautizaron Tania, arrastraba una historia curiosa. Cuando el quelonio llegó a la casa, se negaba a comer la lechuga que le ofrecían. Pasó días sin comer, hasta que un domingo la ensaladera cayó accidentalmente al piso y Tania devoró toda la lechuga en segundos. ¡La tortuga solamente comía si se le ponía sal a los vegetales! El bicho creció y en pocos años tuvo en tamaño considerable.
Cierta mañana de verano, Ayelén la encontró con los ojos en blanco, la lengua colgándole a un costado y un charco de saliva debajo de la boca. La llevaron al veterinario con premura y comprobaron que el abuso de sal le había provocado un ACV. A Eduardo le daba pena ver que Tania no podía desplazarse con facilidad y adaptó sobre su caparazón un motorcito de los que le colocaba a los autitos. Un ingenioso dispositivo hacía que cuando la tortuga presionaba el piso con la patita izquierda, el motorcito comenzara a funcionar. Toda la familia se reunió en el patio para ver a Tania estrenar el motor. Y todos fueron testigos de cómo la tortuguita comenzó a moverse, tomó velocidad y se despedazó al chocar contra la pared del fondo.
Moraleja: La sal es un asesino silencioso. Los motores hacen ruido.
El compañero fiel: Desde los veinte años, Antonio Giacomino contaba con la compañía de un perro lazarillo que hacía más llevadera su vida de no vidente. Sólo en el mundo, Antonio siempre tenía al fiel Nino a su lado. El destino suele ensañarse con algunas personas y así fue que al cumplir ocho años, el perro también perdió la vista.
¿Cómo notaría un ciego que su perro también está ciego?. Unidos para siempre, los dos murieron al caer por el hueco de un ascensor
Los cuentos infantiles son, por lo general, historias muy dramáticas que finalmente se resuelven de una manera favorable. La bella durmiente, Caperucita roja y Cenicienta son claros ejemplos de ello.
El casi desconocido Leonardo Valdez fue un cuentista infantil de una originalidad formidable. Su obra estaba signada por una crudeza práctica que apuntaba a inculcarles a los niños que no es posible esperar soluciones mágicas para los problemas que debemos afrontar en la vida. Muchas veces podremos resolver nuestros inconvenientes con trabajo y esfuerzo, muchas otras deberemos aceptar que hay situaciones irreparables y que aún así la vida continúa.
Es innegable que los cuentos de Leonardo producían cierta desdicha y tristeza en los chicos, pero el autor prefería contribuir a forjar su temple antes que engañarlos presentándoles un mundo absurdamente feliz, que se contrapone con la realidad.
Multitudes de psicopedagogos hacían cola para acusar a Valdez de atentar contra la salud mental de los párvulos. Psiquiatras y criminólogos lo hicieron responsable del accionar de asesinos desalmados que habrían crecido leyendo sus historias. Los abogados defensores de las más aborrecibles lacras sociales justificaban a sus clientes ante la justicia, diciendo que las conductas de éstos energúmenos eran el resultado de la angustia desbordante a la que los había sometido el cuentista durante la niñez.
Como suele suceder, siempre hay sectores que nadan contra la corriente y se enfrentan con las opiniones de las mayorías. Así surgió el ¨Comité Nacional en pro de la reivindicación del literato Leonardo Valdez¨, título tal vez demasiado pretencioso para una agrupación que contaba con cuatro integrantes, de los cuales tres eran parientes directos del escritor y el restante era el propio Valdez. El Comité argumentaba que de ser cierta la influencia del autor en la cantidad de malhechores que lo invocaban, sus libros se deberían haber vendido por miles y la realidad es que su único texto, titulado ¨Penosos cuentos para niños realistas¨ jamás concitó el interés de una editorial para publicarlo.
A modo de ejemplo de la excelsa obra de Leonardo Valdez, se transcriben algunos de sus cuentos, ignorándose quién fue el responsable de conservarlos.
El patito feo: Todos los patitos se mofaban de Teo porque era diferente. El pobre patito, entre llantos, le preguntaba a su mamá a qué se debía su fealdad. – Hijito, dijo su madre, ahora todos se ríen de ti, pero en unos meses tú serás un hermoso cisne y ellos seguirán siendo sólo unos patos comunes. Con el paso del tiempo, Teo tuvo dos certezas que lo acompañaron por el resto de su vida: 1) Los patos jamás se transforman en cisnes. 2) Las mujeres siempre mienten.
La tortuga: Eduardo Chernaglia fabricaba autos de competición en miniatura. Era realmente excelente en su trabajo y la calidad de los productos que comercializaba le permitió ser líder del mercado. Ayelén, la hija de Chernaglia, tenía una tortuga como mascota. La tortuga, a la que bautizaron Tania, arrastraba una historia curiosa. Cuando el quelonio llegó a la casa, se negaba a comer la lechuga que le ofrecían. Pasó días sin comer, hasta que un domingo la ensaladera cayó accidentalmente al piso y Tania devoró toda la lechuga en segundos. ¡La tortuga solamente comía si se le ponía sal a los vegetales! El bicho creció y en pocos años tuvo en tamaño considerable.
Cierta mañana de verano, Ayelén la encontró con los ojos en blanco, la lengua colgándole a un costado y un charco de saliva debajo de la boca. La llevaron al veterinario con premura y comprobaron que el abuso de sal le había provocado un ACV. A Eduardo le daba pena ver que Tania no podía desplazarse con facilidad y adaptó sobre su caparazón un motorcito de los que le colocaba a los autitos. Un ingenioso dispositivo hacía que cuando la tortuga presionaba el piso con la patita izquierda, el motorcito comenzara a funcionar. Toda la familia se reunió en el patio para ver a Tania estrenar el motor. Y todos fueron testigos de cómo la tortuguita comenzó a moverse, tomó velocidad y se despedazó al chocar contra la pared del fondo.
Moraleja: La sal es un asesino silencioso. Los motores hacen ruido.
El compañero fiel: Desde los veinte años, Antonio Giacomino contaba con la compañía de un perro lazarillo que hacía más llevadera su vida de no vidente. Sólo en el mundo, Antonio siempre tenía al fiel Nino a su lado. El destino suele ensañarse con algunas personas y así fue que al cumplir ocho años, el perro también perdió la vista.
¿Cómo notaría un ciego que su perro también está ciego?. Unidos para siempre, los dos murieron al caer por el hueco de un ascensor