sábado, 26 de diciembre de 2009

La verdad sobre el caso Burstein, por Robert de Bruce

Posiblemente el libro estaba en su casa o tal vez lo haya retirado de la biblioteca escolar. No recordaba bien cómo había dado con él, pero ¨El extraño caso del señor Valdemar¨ produjo tal impacto en Emanuel Burstein, que lo marcó para siempre.
El cuento se refiere a la práctica del mesmerismo (precursor de la hipnosis, se basa en la idea de una fuerza magnética capaz de dominar al cuerpo), intentando que un moribundo se mantenga vivo mediante esta técnica.
Edgar Allan Poe es considerado uno de los padres de la literatura diabólica moderna y fue admirado, entre otros por Baudellaire, Julio Cortázar (quien fue traductor de su obra al castellano), Borges y Horacio Quiroga. Poe fue, entre otras cosas, un verdadero maestro en la creación de cuentos cortos y relatos de terror.
Emanuel Burstein leyó ¨El gato negro¨, ¨El corazón delator¨, ¨El barril de amontillado¨, ¨El pozo y el péndulo¨. Todos le gustaron, admiraba a Poe, pero ¨El extraño caso del señor Valdemar¨ fue algo especial. Con los años volvió una y otra vez al mismo relato. Lo que lo impresionaba no era la forma en que estaba escrito, sino la idea de poder luchar contra la muerte y de encontrar la forma de derrotarla.
Burstein dedicó largos años de su vida al estudio de las ciencias ocultas, espiritismo, cartomancia, hechicería, i-ching, lectura de borra de café, quiromancia, tarot. No obstante concluyó en que lo más acertado para entablar la batalla contra la muerte era la primigenia idea de Poe: el hipnotismo. Especializado en ésta técnica, decidió entonces llevar a cabo su intento de vencer a la parca.
En un reportaje que monseñor Jaime Roitman le hiciera a Joan Lluc Riusec durante la fiesta de cumpleaños del escritor Paul Hagner, se incluye como un comentario risueño que en una oportunidad Emanuel Burstein le propuso a Hagner llevar a cabo una sesión de hipnosis que le permitiría al famoso irlandés dejar de ser analfabeto en forma instantánea y sin ningún esfuerzo. Ante la tentadora oferta, Paul accedió, pero es bien sabido que para poder ser hipnotizado hay que estar predispuesto. El espíritu indómito del irlandés revolucionario hizo fracasar la sesión y en un ataque de ira por el incumplimiento de lo prometido le dio tal paliza al hipnotizador fallido, que ambos debieron ser internados. Burstein en el hospital y Hagner nuevamente en el neuropsiquiátrico. El mismo Riusec fue tentado por Burstein para ser hipnotizado pero el afamado pintor dijo que él no accedía a esas prácticas ni por todo el oro del mundo y a continuación preguntó cual sería la paga por prestarse a la prueba. Ante la respuesta de que la experiencia era ad- honorem para colaborar con la ciencia, Riusec se retiró puteando en catalán.
Durante mucho tiempo la búsqueda de voluntarios para someterse a la hipnosis resultó un fracaso. Burstein no tuvo más opción que recurrir al engaño para poder concretar sus experimentos. Comenzar enfrentando a la muerte le pareció demasiado audaz, por lo tanto decidió publicar un aviso pidiendo secretaria e intentar dominar a las postulantes por medio de las técnicas de hipnosis que manejaba.. Así tuvo éxito en mesmerizar a dos jóvenes bastante agraciadas, a las que hizo creer que eran novios desde hacía meses. Luego, abusando de la ascendencia que tenía sobre las muchachas, las convenció de que ambas estuvieron de acuerdo en aceptar la relación de trío que mantenían. Sin haberlo pensado con anterioridad Burstein comprendió que podía usar sus habilidades en beneficio propio y se decidió entonces a captar una cantidad importante de personas que, mediante la sugestión, le entregaban con alegría un porcentaje de sus ingresos, solucionando los problemas económicos que lo habían perseguido toda su vida.
Lo más parecido al origen de sus estudios, es decir intentar derrotar a la muerte, fue mantener hipnotizados a unos cincuenta jubilados que le daban la mitad de sus haberes y que no sufrían hambre debido a la alquimia que Burstein practicaba en ellos.
Rodeado siempre de hermosas doncellas, con una holgada posición económica y obteniendo comentarios halagüeños del periodismo, se codeó con los más empinados y poderosos personajes de su época, gracias a sus capacidades oscurantistas La vida de Burstein transcurrió llena de lujos y placeres. Dejó de lado los intentos por derrotar a la muerte y se abocó a disfrutar de su buena fortuna. Cambió la lectura de los cuentos de Edgar Allan Poe por las glamorosas páginas de Hola y Caras, que lo tuvieron como protagonista.
Luego del fallecimiento de Burstein, las opiniones sobre su persona estaban divididas: para algunos (posiblemente hipnotizados) fue un gran tipo, para muchos otros era un atorrante mentiroso y vividor. Una tercera corriente lo proclama como el guía espiritual creador de todas las sectas.
En Montecastro funciona la sede de la Escuela Burstein de fenómenos paranormales. La manejan unos muchachos que sólo buscan, sin ningún éxito, levantarse minas.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Recuerdos de mi barrio, por Brandon Lima

En la esquina de mi casa, cuando yo era chico, había un café. No estaba en una avenida ni en una calle comercial, era el bar de mi barrio donde los hombres (las mujeres no entraban nunca) se juntaban a la tarde, después de salir del trabajo, para jugar a las cartas, al dominó o al ajedrez y tomarse unas ginebras, unos vinos o un café con los amigos. Los bares de esa época funcionaban casi como un club, era el lugar en el que los varones se reunían porque las casas eran el hábitat de las esposas (en los principios de los años 60 era habitual que la mujer se encargara de la casa, la comida y de los hijos).
Hay cosas que, a la distancia, me resultan curiosas. La mayoría de mis vecinos eran tipos de clase media baja, con varios hijos. Sin embargo, podían ir al café (o, como se decía comúnmente, al boliche) casi todas las tardes. Los sábados a la mañana, si no hacía mucho frío, se sentaban en las mesas que se ponían en la calle para tomarse un vermucito y hacer una picadita con los muchachos. Muchos compraban el diario todos los días (Crónica a la mañana y algunos La Razón por la tarde). Las mujeres iban a la feria, que funcionaba en la calle. Los pibes jugaban al punto con las figuritas de chapa o de cartón y las nenas pegaban en el álbum las que venían con brillantina (no se si se llamaba así, eran como unos granitos de sal gruesa que venían pegados en las figuritas y reflejaban la luz). El pescador pasaba con una especie de triciclo que en la parte delantera tenía un cajón de chapa con ruedas, en el que llevaba el pescado entre barras de hielo. En las tardes de verano se mezclaban los pregones del HELADEEEEERO!!! con la musiquita de una armónica y el grito del AAAAAFILADOOOOR!!!. El lechero dejaba unas botellas de leche de un vidrio grueso, de color verde o marrón con tapas de papel de aluminio. Poca gente tenía auto y el teléfono era un artefacto que unos pocos elegidos poseían.
Pero volvamos al boliche. Recuerdo algunos personajes claramente, a pesar del tiempo transcurrido. Un gallego petisito llegaba casi todas las tardes a tomarse unas copitas. Mi perro, aunque no lo había visto nunca porque no salía a la calle, lo odiaba a la distancia. Cuando el tipo pasaba, ladraba enloquecido. Al salir, invariablemente borracho, el gallego lo quería pelear ¨sal si eres hombre¨ le gritaba y el perro se volvía loco. Siempre tuve la tentación de abrirle la puerta, pero por suerte no lo hice. Hubiera sido una masacre.
Don Rosario Capparoni era, para mí, un tipo viejísimo. Calculo, ahora, que tendría unos setenta años, pero en esos tiempos un septuagenario era viejo en serio. El tano siempre estaba vestido con un saco oscuro y sombrero negro. Tenía el pelo blanco y los bigotes manchados de amarillo por el humo de unos toscanitos que fumaba todo el tiempo. Don Rosario caminaba despacito arrastrando los pies y siempre hacía el mismo chiste: se acercaba a algún desconocido y le decía con voz cansada -¡Es triste llegar a viejo!. Cuando el interlocutor asentía casi con pena, el viejo agregaba _¡Pero mas triste es no llegar! y se iba pitando el toscano.
Pincho y Tomate eran hermanos, vivían a media cuadra del boliche y eran clientes consuetudinarios. Los dos tenían un ligero retraso mental y mantenían constantemente un estado de semi borrachera. Tomate era el intelectual, siempre llevaba en libro bajo el brazo, aunque sospecho que no sabía leer. Fumaba en pipa, pero como generalmente no tenía plata para tabaco, a veces la rellenaba con yerba (la que se usa para el mate) y otras veces con una mezcla de pasto y papel picado. Creo haber escuchado que murió en el Hospital Tornú. .Pincho, por su parte, era el más servicial. Si veía a una vecina llevando la bolsa de los mandados corría a ayudarla (siempre recibía alguna moneda como recompensa), era de poco hablar y tenía una cara graciosa, se parecía a Stan Laurel (el flaco de El Gordo y el Flaco). Murió de una manera increíble, aunque juro que es verdad. Un vecino le dio unos pesos para que le podara el árbol de la vereda. En mi barrio hay unos árboles muy grandes que con sus raíces rompen las baldosas de las calles y en primavera sueltan unas pelusas que hacen estornudar a todos y son la tortura de los alérgicos, creo que se llaman plátanos. Bueno, decía que un vecino le encargó podar el árbol. Pincho, bastante ebrio, se sentó sobre una de las ramas más gruesas y se puso a serrucharla. Después de un par de horas la rama cedió y cayó desde una altura de unos tres metros, con Pincho montado sobre ella. ¡El salame se había sentado sobre la rama, de cara al tronco del árbol!
Don Manuel Francisco de Alcázar era un personaje. Gran bebedor de jerez, era un narrador de historias extraordinario, aunque para el resto de los parroquianos se trataba de un viejo mentiroso. Don Manuel había llegado hace muchos años de España e instaló un corralón de materiales con el que hizo una pequeña fortuna. Por las noches solía frecuentar el café y después de beber un buen rato, contaba sus historias. Recuerdo una que solía repetir, en la que se encontraba colocando unas chapas en el techo de un galpón que había levantado en una quinta que tenía en Moreno. Estaba cayendo la tarde pero solamente le faltaba colocar la última para terminar el trabajo, por lo que no quería abandonar la tarea. Se encontraba con el martillo en la mano y unos clavos en la boca cuando unos grandes nubarrones negros llamaron su atención. De pronto comenzó a soplar un viento inaudito. Las copas de los árboles se doblaban casi hasta tocar el suelo. Decidió bajar pero justo en ese momento, la chapa sobre la que se encontraba parado fue remontada como un barrilete y salió planeando con Alcázar parado sobre ella. Los muchachos del café, que habían escuchado el cuento muchísimas veces, siempre le preguntaban al viejo como hizo para bajar. -¡Ah muchachos, fue terrible! Volé parado haciendo equilibrio sobre la chapa unos doscientos metros hasta que finalmente se clavó en un pino y yo pude descender por las ramas. Al final del relato todos lo aplaudían y el viejo pagaba una vuelta de jerez.
Las cosas cambiaron mucho en estos años, recién entré en un bar y me atendió una camarera en minifalda. Le pedí un café y se fue diciéndome ¨Dale¨

sábado, 12 de diciembre de 2009

Máximo Forsinitti, el vidente tardío, por Ornella Di Cesaris

Las profecías pueden definirse como predicciones hechas en virtud de un don sobrenatural, o como juicios y conjeturas que se forman de algo por las señales que se observan de ello.
Algunas personas adquirieron fama mundial por sus profecías. Nostradamus, San Malaquías y Solari Parravicini pueden servir como ejemplo.
Máximo Forsinitti no puede integrarse a ésta nómina por dos motivos:1) no tuvo fama mundial o, para ser preciso, no tuvo fama alguna. 2) La definición de profecía remite a la predicción de sucesos que han de ocurrir en el futuro y Forsinitti era incapaz de intuir siquiera, el más mínimo evento del porvenir.
La suya era una capacidad diferente y extraña. Podría, tal vez, ser catalogado de vidente (persona que tiene visiones sobrenaturales o fuera de lo común). Si, sin dudas eso era: un vidente.
Máximo Forsinitti poseía la rara habilidad de soñar situaciones que se daban exactamente igual en la realidad hasta en los más mínimos detalles. Eso si, sus sueños eran indefectiblemente posteriores a los sucesos reales.
Algún malintencionado se apresurará a decir que cualquiera sueña con la abuela que murió hace años o con una situación erótica con la hermana de su novia. No es este el caso. Cualquier humano normal es capaz de soñar esas bobadas.
Forsinitti tenía una capacidad especial. Soñaba con cosas del pasado que desconocía e invariablemente sus sueños resultaban certeros. Así, por ejemplo, una noche de junio de 2006, fue capaz de transcribir el extracto completo del sorteo de navidad de 1954 sin errar un solo número. También acertó el Gran Premio Jockey Club de 1951, dando como ganador a Yatasto, 57 años después de corrida la prueba.
Hoy cualquier gil podría tener la visión del atentado a las Torres Gemelas, pero los datos que aportaba Máximo Forsinitti no eran del manejo de una persona común.
El comisario retirado Enrique Lagrove propuso contratar a Forsinitti para intentar resolver delitos que habían quedado cerrados sin encontrar culpables. El vidente tuvo un sueño relacionado con una muerte ocurrida en 1938 viendo claramente el rostro y el nombre del asesino, pero a nadie le interesó desentrañar un crimen que no otorgaría ningún rédito a quienes lo esclarecieran.
Durante años Forsinitti intentó vivir de sus clarividencias pasadas, sin encontrar nunca la utilidad práctica que estas experiencias pudieran tener. La única oportunidad en que estuvo cerca de poder obtener un ingreso económico con su capacidad sobrenatural, se produjo cuando un empresario intentó contratarlo ofreciéndole una suma nada despreciable para corroborar si su mujer lo había engañado con el profesor de karate del Club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires. Teniendo, por primera vez, una sospecha de lo que podría suceder en el futuro, el profeta del pasado desechó la oferta.
El final de Máximo Forsinitti fue horrible e inesperado. Una madrugada soñó con un encuentro sexual entre su esposa y el vecino del octavo ¨C´. Se despertó temblando y sudoroso. Víctima de la desesperación, se arrojó por la ventana. Poco antes de estrellarse contra el pavimento tuvo un pensamiento conmovedor: ¿Por qué salté si soy soltero?, pero ya era tarde para torcer su destino.
Que en paz descanses Máximo. Algunos pocos te recordaremos y me aventuraría a predecir que por poco tiempo.


sábado, 5 de diciembre de 2009

La mujer de la lluvia, por Brandon Lima

Damián estaba sentado en el bar mirando por la ventana que daba sobre la avenida Santa Fe. Llovía mucho y prefirió tomar un café antes de ir a buscar el auto a la cochera, con la esperanza de que parara de llover. No traía piloto y no quería mancharse el traje. De pronto la vio. Alta, delgada, ojos claros, el cabello oscuro, con un impermeable que llevaba abierto. Sintió la necesidad de hablarle, buscó en la billetera pero no tenía cambio. No había tiempo para vueltos, dejó el billete sobre la mesa y pagó el café más caro de su vida. Salió apurado hacia la calle tropezando con las sillas.
Una vez afuera, intentó ubicarla con la mirada. Ya no le importaba la lluvia ni que el traje se manchara. La morocha caminaba rápido, estaba cerca de la esquina de la cuadra siguiente. El corrió por la vereda intentando alcanzarla, no se preocupó en disculparse con la gente que empujó en el trayecto. Finalmente logró pararse delante de ella.-Perdonáme, vos no me conocés pero yo se que sos la mujer de mi vida…
La morocha lo miraba sin reaccionar, cuando en el mismo momento llegó un tipo muy pintón , la besó en la boca y dijo amablemente: Hola amor, ¿quién es tu amigo? Damián se disculpó: Perdón, te confundí con otra persona.
Pasó el tiempo, Damián se casó y tuvo hijos. Estuvo cerca de ser feliz, pero la mujer de la lluvia estuvo siempre en su memoria. Tal vez la vida con la morocha hubiera sido insoportable, pero las cosas que no suceden nos dan la posibilidad de imaginarlas pletóricas de dicha.
Muchas veces, idealizando lo que podría haber sido, se pierde la capacidad de disfrutar y valorar lo que se tiene. Hay una frase de Francisco de Quevedo que sintetiza claramente este pensamiento: ¨ Lo mucho se vuelve poco con sólo desear un poco más ¨.

Un caso absolutamente opuesto al de Damián es el del arquitecto Raimundo Burzaco. El tipo valoraba cualquier cosa exageradamente y todo era motivo de gozo: ¡Que bueno, llueve! ¡Que suerte, dejó de llover! Todo le parecía bien, hasta en las cosas más desagradables encontraba un motivo de alegría. Los demás lo consideraban un pelotudo, y Burzaco agradecía que utilizaran su tiempo en pensar en el. Se casó con una mina horrible y antipática, pero a Raimundo sólo le importaba que se dejase querer. El la amaba. La amaba tanto que le encargó al pintor Joan Lluc Riusec que hiciera un retrato de su esposa. Ante la fealdad de la mujer, el catalán estuvo a punto de negarse a aceptar el trabajo, pero la paga era buena y sus principios volátiles, por lo que rápidamente accedió. Como un homenaje a Burzaco (el único hombre felíz que conoció), Riusec, que siempre fue un pintor hiper-realista, decidió no desmentir nunca a los críticos que por esta obra lo consideraron, junto a Kandinsky y Paul Klee, uno de los padres del abstraccionismo.