Recuerdos de mi barrio, por Brandon Lima
En la esquina de mi casa, cuando yo era chico, había un café. No estaba en una avenida ni en una calle comercial, era el bar de mi barrio donde los hombres (las mujeres no entraban nunca) se juntaban a la tarde, después de salir del trabajo, para jugar a las cartas, al dominó o al ajedrez y tomarse unas ginebras, unos vinos o un café con los amigos. Los bares de esa época funcionaban casi como un club, era el lugar en el que los varones se reunían porque las casas eran el hábitat de las esposas (en los principios de los años 60 era habitual que la mujer se encargara de la casa, la comida y de los hijos).
Hay cosas que, a la distancia, me resultan curiosas. La mayoría de mis vecinos eran tipos de clase media baja, con varios hijos. Sin embargo, podían ir al café (o, como se decía comúnmente, al boliche) casi todas las tardes. Los sábados a la mañana, si no hacía mucho frío, se sentaban en las mesas que se ponían en la calle para tomarse un vermucito y hacer una picadita con los muchachos. Muchos compraban el diario todos los días (Crónica a la mañana y algunos La Razón por la tarde). Las mujeres iban a la feria, que funcionaba en la calle. Los pibes jugaban al punto con las figuritas de chapa o de cartón y las nenas pegaban en el álbum las que venían con brillantina (no se si se llamaba así, eran como unos granitos de sal gruesa que venían pegados en las figuritas y reflejaban la luz). El pescador pasaba con una especie de triciclo que en la parte delantera tenía un cajón de chapa con ruedas, en el que llevaba el pescado entre barras de hielo. En las tardes de verano se mezclaban los pregones del HELADEEEEERO!!! con la musiquita de una armónica y el grito del AAAAAFILADOOOOR!!!. El lechero dejaba unas botellas de leche de un vidrio grueso, de color verde o marrón con tapas de papel de aluminio. Poca gente tenía auto y el teléfono era un artefacto que unos pocos elegidos poseían.
Pero volvamos al boliche. Recuerdo algunos personajes claramente, a pesar del tiempo transcurrido. Un gallego petisito llegaba casi todas las tardes a tomarse unas copitas. Mi perro, aunque no lo había visto nunca porque no salía a la calle, lo odiaba a la distancia. Cuando el tipo pasaba, ladraba enloquecido. Al salir, invariablemente borracho, el gallego lo quería pelear ¨sal si eres hombre¨ le gritaba y el perro se volvía loco. Siempre tuve la tentación de abrirle la puerta, pero por suerte no lo hice. Hubiera sido una masacre.
Don Rosario Capparoni era, para mí, un tipo viejísimo. Calculo, ahora, que tendría unos setenta años, pero en esos tiempos un septuagenario era viejo en serio. El tano siempre estaba vestido con un saco oscuro y sombrero negro. Tenía el pelo blanco y los bigotes manchados de amarillo por el humo de unos toscanitos que fumaba todo el tiempo. Don Rosario caminaba despacito arrastrando los pies y siempre hacía el mismo chiste: se acercaba a algún desconocido y le decía con voz cansada -¡Es triste llegar a viejo!. Cuando el interlocutor asentía casi con pena, el viejo agregaba _¡Pero mas triste es no llegar! y se iba pitando el toscano.
Pincho y Tomate eran hermanos, vivían a media cuadra del boliche y eran clientes consuetudinarios. Los dos tenían un ligero retraso mental y mantenían constantemente un estado de semi borrachera. Tomate era el intelectual, siempre llevaba en libro bajo el brazo, aunque sospecho que no sabía leer. Fumaba en pipa, pero como generalmente no tenía plata para tabaco, a veces la rellenaba con yerba (la que se usa para el mate) y otras veces con una mezcla de pasto y papel picado. Creo haber escuchado que murió en el Hospital Tornú. .Pincho, por su parte, era el más servicial. Si veía a una vecina llevando la bolsa de los mandados corría a ayudarla (siempre recibía alguna moneda como recompensa), era de poco hablar y tenía una cara graciosa, se parecía a Stan Laurel (el flaco de El Gordo y el Flaco). Murió de una manera increíble, aunque juro que es verdad. Un vecino le dio unos pesos para que le podara el árbol de la vereda. En mi barrio hay unos árboles muy grandes que con sus raíces rompen las baldosas de las calles y en primavera sueltan unas pelusas que hacen estornudar a todos y son la tortura de los alérgicos, creo que se llaman plátanos. Bueno, decía que un vecino le encargó podar el árbol. Pincho, bastante ebrio, se sentó sobre una de las ramas más gruesas y se puso a serrucharla. Después de un par de horas la rama cedió y cayó desde una altura de unos tres metros, con Pincho montado sobre ella. ¡El salame se había sentado sobre la rama, de cara al tronco del árbol!
Don Manuel Francisco de Alcázar era un personaje. Gran bebedor de jerez, era un narrador de historias extraordinario, aunque para el resto de los parroquianos se trataba de un viejo mentiroso. Don Manuel había llegado hace muchos años de España e instaló un corralón de materiales con el que hizo una pequeña fortuna. Por las noches solía frecuentar el café y después de beber un buen rato, contaba sus historias. Recuerdo una que solía repetir, en la que se encontraba colocando unas chapas en el techo de un galpón que había levantado en una quinta que tenía en Moreno. Estaba cayendo la tarde pero solamente le faltaba colocar la última para terminar el trabajo, por lo que no quería abandonar la tarea. Se encontraba con el martillo en la mano y unos clavos en la boca cuando unos grandes nubarrones negros llamaron su atención. De pronto comenzó a soplar un viento inaudito. Las copas de los árboles se doblaban casi hasta tocar el suelo. Decidió bajar pero justo en ese momento, la chapa sobre la que se encontraba parado fue remontada como un barrilete y salió planeando con Alcázar parado sobre ella. Los muchachos del café, que habían escuchado el cuento muchísimas veces, siempre le preguntaban al viejo como hizo para bajar. -¡Ah muchachos, fue terrible! Volé parado haciendo equilibrio sobre la chapa unos doscientos metros hasta que finalmente se clavó en un pino y yo pude descender por las ramas. Al final del relato todos lo aplaudían y el viejo pagaba una vuelta de jerez.
Las cosas cambiaron mucho en estos años, recién entré en un bar y me atendió una camarera en minifalda. Le pedí un café y se fue diciéndome ¨Dale¨
En la esquina de mi casa, cuando yo era chico, había un café. No estaba en una avenida ni en una calle comercial, era el bar de mi barrio donde los hombres (las mujeres no entraban nunca) se juntaban a la tarde, después de salir del trabajo, para jugar a las cartas, al dominó o al ajedrez y tomarse unas ginebras, unos vinos o un café con los amigos. Los bares de esa época funcionaban casi como un club, era el lugar en el que los varones se reunían porque las casas eran el hábitat de las esposas (en los principios de los años 60 era habitual que la mujer se encargara de la casa, la comida y de los hijos).
Hay cosas que, a la distancia, me resultan curiosas. La mayoría de mis vecinos eran tipos de clase media baja, con varios hijos. Sin embargo, podían ir al café (o, como se decía comúnmente, al boliche) casi todas las tardes. Los sábados a la mañana, si no hacía mucho frío, se sentaban en las mesas que se ponían en la calle para tomarse un vermucito y hacer una picadita con los muchachos. Muchos compraban el diario todos los días (Crónica a la mañana y algunos La Razón por la tarde). Las mujeres iban a la feria, que funcionaba en la calle. Los pibes jugaban al punto con las figuritas de chapa o de cartón y las nenas pegaban en el álbum las que venían con brillantina (no se si se llamaba así, eran como unos granitos de sal gruesa que venían pegados en las figuritas y reflejaban la luz). El pescador pasaba con una especie de triciclo que en la parte delantera tenía un cajón de chapa con ruedas, en el que llevaba el pescado entre barras de hielo. En las tardes de verano se mezclaban los pregones del HELADEEEEERO!!! con la musiquita de una armónica y el grito del AAAAAFILADOOOOR!!!. El lechero dejaba unas botellas de leche de un vidrio grueso, de color verde o marrón con tapas de papel de aluminio. Poca gente tenía auto y el teléfono era un artefacto que unos pocos elegidos poseían.
Pero volvamos al boliche. Recuerdo algunos personajes claramente, a pesar del tiempo transcurrido. Un gallego petisito llegaba casi todas las tardes a tomarse unas copitas. Mi perro, aunque no lo había visto nunca porque no salía a la calle, lo odiaba a la distancia. Cuando el tipo pasaba, ladraba enloquecido. Al salir, invariablemente borracho, el gallego lo quería pelear ¨sal si eres hombre¨ le gritaba y el perro se volvía loco. Siempre tuve la tentación de abrirle la puerta, pero por suerte no lo hice. Hubiera sido una masacre.
Don Rosario Capparoni era, para mí, un tipo viejísimo. Calculo, ahora, que tendría unos setenta años, pero en esos tiempos un septuagenario era viejo en serio. El tano siempre estaba vestido con un saco oscuro y sombrero negro. Tenía el pelo blanco y los bigotes manchados de amarillo por el humo de unos toscanitos que fumaba todo el tiempo. Don Rosario caminaba despacito arrastrando los pies y siempre hacía el mismo chiste: se acercaba a algún desconocido y le decía con voz cansada -¡Es triste llegar a viejo!. Cuando el interlocutor asentía casi con pena, el viejo agregaba _¡Pero mas triste es no llegar! y se iba pitando el toscano.
Pincho y Tomate eran hermanos, vivían a media cuadra del boliche y eran clientes consuetudinarios. Los dos tenían un ligero retraso mental y mantenían constantemente un estado de semi borrachera. Tomate era el intelectual, siempre llevaba en libro bajo el brazo, aunque sospecho que no sabía leer. Fumaba en pipa, pero como generalmente no tenía plata para tabaco, a veces la rellenaba con yerba (la que se usa para el mate) y otras veces con una mezcla de pasto y papel picado. Creo haber escuchado que murió en el Hospital Tornú. .Pincho, por su parte, era el más servicial. Si veía a una vecina llevando la bolsa de los mandados corría a ayudarla (siempre recibía alguna moneda como recompensa), era de poco hablar y tenía una cara graciosa, se parecía a Stan Laurel (el flaco de El Gordo y el Flaco). Murió de una manera increíble, aunque juro que es verdad. Un vecino le dio unos pesos para que le podara el árbol de la vereda. En mi barrio hay unos árboles muy grandes que con sus raíces rompen las baldosas de las calles y en primavera sueltan unas pelusas que hacen estornudar a todos y son la tortura de los alérgicos, creo que se llaman plátanos. Bueno, decía que un vecino le encargó podar el árbol. Pincho, bastante ebrio, se sentó sobre una de las ramas más gruesas y se puso a serrucharla. Después de un par de horas la rama cedió y cayó desde una altura de unos tres metros, con Pincho montado sobre ella. ¡El salame se había sentado sobre la rama, de cara al tronco del árbol!
Don Manuel Francisco de Alcázar era un personaje. Gran bebedor de jerez, era un narrador de historias extraordinario, aunque para el resto de los parroquianos se trataba de un viejo mentiroso. Don Manuel había llegado hace muchos años de España e instaló un corralón de materiales con el que hizo una pequeña fortuna. Por las noches solía frecuentar el café y después de beber un buen rato, contaba sus historias. Recuerdo una que solía repetir, en la que se encontraba colocando unas chapas en el techo de un galpón que había levantado en una quinta que tenía en Moreno. Estaba cayendo la tarde pero solamente le faltaba colocar la última para terminar el trabajo, por lo que no quería abandonar la tarea. Se encontraba con el martillo en la mano y unos clavos en la boca cuando unos grandes nubarrones negros llamaron su atención. De pronto comenzó a soplar un viento inaudito. Las copas de los árboles se doblaban casi hasta tocar el suelo. Decidió bajar pero justo en ese momento, la chapa sobre la que se encontraba parado fue remontada como un barrilete y salió planeando con Alcázar parado sobre ella. Los muchachos del café, que habían escuchado el cuento muchísimas veces, siempre le preguntaban al viejo como hizo para bajar. -¡Ah muchachos, fue terrible! Volé parado haciendo equilibrio sobre la chapa unos doscientos metros hasta que finalmente se clavó en un pino y yo pude descender por las ramas. Al final del relato todos lo aplaudían y el viejo pagaba una vuelta de jerez.
Las cosas cambiaron mucho en estos años, recién entré en un bar y me atendió una camarera en minifalda. Le pedí un café y se fue diciéndome ¨Dale¨