La mujer de la lluvia, por Brandon Lima
Damián estaba sentado en el bar mirando por la ventana que daba sobre la avenida Santa Fe. Llovía mucho y prefirió tomar un café antes de ir a buscar el auto a la cochera, con la esperanza de que parara de llover. No traía piloto y no quería mancharse el traje. De pronto la vio. Alta, delgada, ojos claros, el cabello oscuro, con un impermeable que llevaba abierto. Sintió la necesidad de hablarle, buscó en la billetera pero no tenía cambio. No había tiempo para vueltos, dejó el billete sobre la mesa y pagó el café más caro de su vida. Salió apurado hacia la calle tropezando con las sillas.
Una vez afuera, intentó ubicarla con la mirada. Ya no le importaba la lluvia ni que el traje se manchara. La morocha caminaba rápido, estaba cerca de la esquina de la cuadra siguiente. El corrió por la vereda intentando alcanzarla, no se preocupó en disculparse con la gente que empujó en el trayecto. Finalmente logró pararse delante de ella.-Perdonáme, vos no me conocés pero yo se que sos la mujer de mi vida…
La morocha lo miraba sin reaccionar, cuando en el mismo momento llegó un tipo muy pintón , la besó en la boca y dijo amablemente: Hola amor, ¿quién es tu amigo? Damián se disculpó: Perdón, te confundí con otra persona.
Pasó el tiempo, Damián se casó y tuvo hijos. Estuvo cerca de ser feliz, pero la mujer de la lluvia estuvo siempre en su memoria. Tal vez la vida con la morocha hubiera sido insoportable, pero las cosas que no suceden nos dan la posibilidad de imaginarlas pletóricas de dicha.
Muchas veces, idealizando lo que podría haber sido, se pierde la capacidad de disfrutar y valorar lo que se tiene. Hay una frase de Francisco de Quevedo que sintetiza claramente este pensamiento: ¨ Lo mucho se vuelve poco con sólo desear un poco más ¨.
Un caso absolutamente opuesto al de Damián es el del arquitecto Raimundo Burzaco. El tipo valoraba cualquier cosa exageradamente y todo era motivo de gozo: ¡Que bueno, llueve! ¡Que suerte, dejó de llover! Todo le parecía bien, hasta en las cosas más desagradables encontraba un motivo de alegría. Los demás lo consideraban un pelotudo, y Burzaco agradecía que utilizaran su tiempo en pensar en el. Se casó con una mina horrible y antipática, pero a Raimundo sólo le importaba que se dejase querer. El la amaba. La amaba tanto que le encargó al pintor Joan Lluc Riusec que hiciera un retrato de su esposa. Ante la fealdad de la mujer, el catalán estuvo a punto de negarse a aceptar el trabajo, pero la paga era buena y sus principios volátiles, por lo que rápidamente accedió. Como un homenaje a Burzaco (el único hombre felíz que conoció), Riusec, que siempre fue un pintor hiper-realista, decidió no desmentir nunca a los críticos que por esta obra lo consideraron, junto a Kandinsky y Paul Klee, uno de los padres del abstraccionismo.
Damián estaba sentado en el bar mirando por la ventana que daba sobre la avenida Santa Fe. Llovía mucho y prefirió tomar un café antes de ir a buscar el auto a la cochera, con la esperanza de que parara de llover. No traía piloto y no quería mancharse el traje. De pronto la vio. Alta, delgada, ojos claros, el cabello oscuro, con un impermeable que llevaba abierto. Sintió la necesidad de hablarle, buscó en la billetera pero no tenía cambio. No había tiempo para vueltos, dejó el billete sobre la mesa y pagó el café más caro de su vida. Salió apurado hacia la calle tropezando con las sillas.
Una vez afuera, intentó ubicarla con la mirada. Ya no le importaba la lluvia ni que el traje se manchara. La morocha caminaba rápido, estaba cerca de la esquina de la cuadra siguiente. El corrió por la vereda intentando alcanzarla, no se preocupó en disculparse con la gente que empujó en el trayecto. Finalmente logró pararse delante de ella.-Perdonáme, vos no me conocés pero yo se que sos la mujer de mi vida…
La morocha lo miraba sin reaccionar, cuando en el mismo momento llegó un tipo muy pintón , la besó en la boca y dijo amablemente: Hola amor, ¿quién es tu amigo? Damián se disculpó: Perdón, te confundí con otra persona.
Pasó el tiempo, Damián se casó y tuvo hijos. Estuvo cerca de ser feliz, pero la mujer de la lluvia estuvo siempre en su memoria. Tal vez la vida con la morocha hubiera sido insoportable, pero las cosas que no suceden nos dan la posibilidad de imaginarlas pletóricas de dicha.
Muchas veces, idealizando lo que podría haber sido, se pierde la capacidad de disfrutar y valorar lo que se tiene. Hay una frase de Francisco de Quevedo que sintetiza claramente este pensamiento: ¨ Lo mucho se vuelve poco con sólo desear un poco más ¨.
Un caso absolutamente opuesto al de Damián es el del arquitecto Raimundo Burzaco. El tipo valoraba cualquier cosa exageradamente y todo era motivo de gozo: ¡Que bueno, llueve! ¡Que suerte, dejó de llover! Todo le parecía bien, hasta en las cosas más desagradables encontraba un motivo de alegría. Los demás lo consideraban un pelotudo, y Burzaco agradecía que utilizaran su tiempo en pensar en el. Se casó con una mina horrible y antipática, pero a Raimundo sólo le importaba que se dejase querer. El la amaba. La amaba tanto que le encargó al pintor Joan Lluc Riusec que hiciera un retrato de su esposa. Ante la fealdad de la mujer, el catalán estuvo a punto de negarse a aceptar el trabajo, pero la paga era buena y sus principios volátiles, por lo que rápidamente accedió. Como un homenaje a Burzaco (el único hombre felíz que conoció), Riusec, que siempre fue un pintor hiper-realista, decidió no desmentir nunca a los críticos que por esta obra lo consideraron, junto a Kandinsky y Paul Klee, uno de los padres del abstraccionismo.