viernes, 29 de enero de 2010

La feria de fracasos de los hermanos Tobrossian, por Brandon Lima

Mucha gente recuerda, todavía, la feria de fracasos de los hermanos Tobrossian. ¿Cómo podrían olvidarse de esa pista de arena en la que se presentaban números aburridísimos que fallaban recurrentemente? Los hermanos Tobrossian intentaron armar un circo capaz de competir con los más renombrados y para ello recorrieron el mundo entero buscando a los mejores artistas. Tantos viajes por los cinco continentes terminaron por consumir sus ahorros, por lo que no estaban en condiciones de contratar ni siquiera a los menos talentosos trabajadores circenses. Decidieron entonces, para aprovechar la carpa que ya habían comprado, montar un espectáculo con personas que no habían sido aceptadas en otras compañías, conformando una especie de cooperativa en la que se repartieran las ganancias.
Después de las pruebas y ensayos correspondientes, tomó forma una de las obras mas espantosas que se hayan representado en toda la historia.
El acto comenzaba con un maestro de ceremonias húngaro y tartamudo, que hacía presentaciones larguísimas e incomprensibles. A continuación salía a la arena ¨Lagrimita¨, un payaso depresivo que lloraba durante quince minutos, sumiendo en la más absoluta tristeza a todos los niños presentes.
El mentalista ¨Huggus¨ seleccionaba al azar a una persona del público y le aseguraba que era capaz de decir un número de documento sin acertar nunca el que perteneciera al espectador escogido. A continuación preguntaba: - ¿Su número de documento es veintitrés millones seiscientos doce mil cuarenta y siete? -¡No!, respondía invariablemente el elegido. En ese momento la concurrencia estallaba en aplausos.
La presentación de los mellizos Mc Lean, los enanos más altos del mundo, despertaba cierta curiosidad. El acto consistía en una breve caminata de los dos pelirrojos de 1,70 mts de estatura., que saludaban agitando las manos.
El domador de ladillas pasaba por el proscenio sin pena ni gloria, porque las acciones de los bichos no eran visibles ni desde la primera fila. Algunos decían que el domador sólo hacía gestos sobre una mesa vacía. Otros, mientras se rascaban la entrepierna, aseguraban que el tipo había llevado las ladillas pero que éstas no lo obedecían y se le habían escapado.
El número central consistía, cada noche, en el debut por fuerza mayor de un trapecista que intentaba, sin éxito, la más dificultosa prueba de altura a la que se haya aspirado jamás.
Generalmente la mujer barbuda era abucheada por el público, debido a que por una típica cuestión de coquetería femenina se afeitaba antes de cada función.
El llamado ¨globo de la muerte¨ despertaba rechazo en los espectadores. Se trataba de la presentación del único faquir gordo del mundo, que se alimentaba de porotos y lentejas e inflaba un globo de cumpleaños con sus flatulencias, hasta hacerlo estallar.
El cierre estaba a cargo del mago Jurgensen, quien luego de hacer malabares con tres nueces aseguraba que iba a partir una por la mitad y de su interior saldría un elefante africano de tamaño natural. El número siempre terminó en fracaso, aunque algunos tramoyistas del circo cuentan que una noche, mientras el mago practicaba sus malabares tras bambalinas, una de las nueces se le cayó y se partió al medio despidiendo de su interior a un elefante africano que quedó muerto en el piso.
La feria se disgregó en su mejor momento por un problema de reparto de dividendos, pues los creadores de los actos más atractivos renunciaron en disconformidad por el pago adicional que recibía el hombre bala, que era también el tragasables.

domingo, 17 de enero de 2010

El Chino Gobbi, por Alfredo ¨Terremoto¨ Benítez

El Chino Gobbi había sido, en sus años mozos, uno de los tauras más mentados de Mataderos. En su juventud fue boxeador y los que llegaron a verlo cuentan que era bueno de verdad. Muchas historias sobre su valentía y su bravura, circulan aún por el barrio.
Se comenta que una fría mañana de agosto se encontraba bebiendo una ginebra en el viejo boliche de Directorio y Larrazabal, perdido vaya uno a saber en que pensamientos, cuando un tipo vestido de traje entró al bar.
-¿Usted es el Chino Gobbi?, dijo el hombre
-No, ío sono Doménico Strombetta. Il Chino é il grandote que está al mostrador.
El tipo fue hasta la barra y encaró al guapo
-¿Usted es Gobbi?
-¿Quién pregunta?
, dijo el Chino
-Mire Gobbi, mi nombre es Carlos Gutiérrez y soy el contador del frigorífico Burgergh. El dueño, Don Adolfo Burgergh, me envió a buscarlo porque quiere proponerle un trabajo. ¿me acompaña?
El guapo accedió y en menos de media hora se encontraba en el escritorio del viejo Burgergh, escuchando su propuesta.
-Gobbi, mandé a buscarlo porque lo necesito para un trabajo. Hace algunos meses un compadrito de Palermo me ofreció protección a cambio de una paga mensual. Por supuesto que me negué a semejante extorsión y lo hice echar de la empresa. El tipo se fue y luego de un rato de fastidio, me olvidé del asunto. Unas semanas después hubo un incendio en las oficinas del frigorífico y los bomberos me dijeron que fue intencional. No lo relacioné con las amenazas pero a los pocos días, mi mujer fue atropellada en la calle por un auto y ella asegura que fue apropósito. Mis dos perros de raza aparecieron muertos, colgados del alambrado de mi quinta de Los Cardales.
Ayer a la mañana el guapo volvió y me preguntó si seguía creyendo que no debía pagarle por protección. Tengo miedo Gobbi, el tipo no tiene límites y estoy asustado por mi familia. Si le pago sé que me va a pedir cada vez más y si alguna vez no accedo a su solicitud no se que pueda pasar. Le pedí unos días para pensarlo y se retiró diciéndome que vuelve el jueves. Usted es el hombre indicado para librarme de esa lacra Chino. Estoy dispuesto a que ponga la cifra que crea justa para sacarme de encima a ese atorrante.
-¿Cómo se llama el tipo?
, preguntó el Chino
-Prudencio Basualdo, contestó Burgergh
Gobbi se puso de pie. Después de unos segundos le dio una larga pitada al cigarro y exhaló el humo con fuerza.
-Prudencio Basualdo, susurró apenas, sabía que más temprano que tarde te iba a encontrar. Lo de la plata no va a ser problema, acepto el trabajo, le dijo al viejo.
El jueves por la mañana Basualdo se presentó en el frigorífico y exigió ver a Burgergh.
-Don Adolfo lo espera en su oficina, informó el recepcionista
Con una mueca sobradora, el malevo subió por la escalera hasta el primer piso y abrió la puerta de la dirección sin golpear.
-Adelante Basualdo, lo estábamos esperando, dijo el viejo
-¿Estábamos? preguntó el maula
-Si Basualdo, estábamos, contestó una voz ronca que provenía de un costado de la oficina. Basualdo cerró la puerta que le impedía ver quién había hablado y cuando lo hizo quedó paralizado.
-Chino…se sorprendió
-Si Basualdo, soy el Chino y hace rato que quería verte cara a cara…
Prudencio llevó la mano a la cintura y sacó el puñal. Gobbi sonrió e hizo lo mismo. Después de algunas fintas, Basualdo intentó un lance. El Chino lo esquivó y mientras con la zurda le calzó un sopapo, con la derecha le hundió hasta el mango el cuchillo en el pecho. El guapo de Palermo miró fijo a los ojos de Gobbi y lentamente fue cayendo de rodillas hasta que en un charco de sangre dejó su último aliento.
Algunos contactos que don Adolfo tenía entre los caudillos políticos de la zona, intercedieron ante la policía para que la causa se tratara como defensa propia en ocasión de robo. Jueces amigos de Burgergh dictaminaron que el Chino Gobbi quedara absuelto.
-Chino, carajo…no sabe lo agradecido que le estoy, dijo don Adolfo. Nunca voy a olvidar este favor y sabe que cuenta conmigo para lo que necesite
-Con lo que me está pagando estamos hechos. No me debe nada.
-Dígame, Chino. ¿Qué había entre usted y Basualdo? Está claro que se conocían y tenían una historia pendiente
-Es una historia antigua. Una noche, después de un festival de box en el que le gané por puntos a Basualdo, se armó una milonga en un club de Saavedra. Quiso la desgracia que los dos nos interesáramos en la misma morocha. Basualdo, caliente porque lo había derrotado en la pelea, quiso seguirla afuera. Le pegué un par de piñas y el maricón se entregó casi sin pelear. La morocha se fue conmigo y yo pensé que la cosa se acababa ahí…Sin embargo él nunca pudo aceptar la humillación de haber sido vencido y una noche, buscando el desquite, me atacó por la espalda. Mi mujer se interpuso y recibió una puñalada que terminó con su vida. Desde entonces lo estaba buscando…
-¡Qué historia Chino! ¡Y que casualidad, mire lo que es el destino! Ahora…, la verdad es que… en cierta forma…, yo lo ayudé a concretar su venganza. Sería justo que me devolviera la plata y quedemos a mano…
El Chino le arrojó el dinero en la cara y le pegó dos bifes. Antes de que el viejo terminara de decir que había sido una broma, Gobbi ya lo había acuchillado.
Algunos años después, el Chino caminaba por una calle de Pompeya. No se supo nunca si los dos maulas con los que se trenzó en una pelea lo abordaron por casualidad o fueron a buscarlo por algún encargue de alguien que tenía un entripado antiguo con Gobbi. Lo cierto es que al guapo de Mataderos le dio el cuero para despachar a los dos atacantes. El Chino fue hasta un bar y se pidió una ginebra.
-Señor, dijo el bolichero, está sangrando …, tiene una herida en el pecho.
-No se aflija, no es nada… y déjeme la botella.
El Chino Gobbi se tomó el primer vaso de un trago. Se sirvió de nuevo y lo bebió del mismo modo. Al rato volvió a llenar el vaso, pero esta vez lo terminó con sorbos cortos.
Se volvió a Mataderos y antes de entrar a la pieza del conventillo se cruzó con el Ruso Gorsky. -¿Qué te pasó Chino?, estás sangrando. Vamos, te llevo al hospital. –No Ruso, no es nada. Apenas un pinchazo debajo de la tetilla, pero como según dicen los que no me quieren, yo no tengo corazón, no hay peligro, jajajaja!!! Ahora me voy a comer algo y a dormir una siesta porque me tomé unas ginebras y ando con un poco de sueño. Mas tarde voy a ver al doctor Gallo. –Bueno, dijo el Ruso, te paso a buscar en un par de horas y te acompaño.
Cuando Gorsky volvió, el Chino estaba muerto.

sábado, 9 de enero de 2010

El café coloquial de la calle Carhué, por Rodolfo Morales

El avance de la tecnología produce elementos que nos proporcionan una vida más confortable. Sin embargo es innegable que el progreso tiene un costo. Todos debemos adaptarnos a los nuevos tiempos y enfrentarnos con situaciones que nos eran desconocidas. Se ha endiosado al consumo, la competencia nos exige cada día más, cambiaron los paradigmas, necesitamos nuevas habilidades y dentro de la vorágine por la que transitamos, llegamos a perder de vista nuestras propias metas para participar de una alocada carrera en busca de lo que el resto de la sociedad considera ¨ el éxito¨.
La soledad ha sido uno de los emergentes nocivos de las nuevas formas de vida. Nuestras ocupaciones no nos dejan tiempo para las relaciones sociales y así nos vemos cada vez más aislados y alejados de nuestros afectos.
Un grupo de amigos que se resistían a abandonar el sagrado rito de la reunión fraternal, solían encontrarse en el bar Oviedo y pasar horas en profundas charlas sobre la vida, haciendo un paréntesis, de vez en cuando, para hablar de minas.
En una de sus reuniones tuvieron una idea que los entusiasmó. Si una de las más dolorosas pérdidas que estamos teniendo es la del diálogo, nosotros, que lo ejercitamos constantemente, démosle la posibilidad al resto de la gente de recuperarlo y veamos si además de hacer un aporte altruista para mejorar la calidad de vida de las personas, podemos hacernos de unos mangos. Vendieron sus pocas pertenencias (un falcon modelo 73, una vieja gibson les paul con poco uso, algunos pocos electrodomésticos) y pidieron prestado a varios usureros para alquilar un local y armar un bar. Así pudo abrirse poco tiempo después, el Café Coloquial, en la esquina de Carhué y Bragado. El lugar era un típico bar, sin lujos, con una barra y unas pocas mesas cuadradas de madera. En la vereda, dos bonitas camareras explicaban a los transeúntes que en el bar podían ejercitar el diálogo con gente que los aguardaba para conversar de temas diversos. Los amigos fundadores se encontraban sentados, cada uno en una mesa distinta, con carteles que indicaban el tópico sobre el que hablaban. Los clientes entraban, elegían el cartel que les pareciera más interesante y se sentaban en esa mesa. Así, supongamos que la elección de alguno recayera en el tema fútbol. Uno de los anfitriones lo recibía como si se conocieran de toda la vida y le decía – ¿a vos no te parece una locura jugarle con línea de tres a Brasil?, y se quedaba esperando la respuesta del cliente al que sólo interrumpía para pedirle que le pague un café. De esta manera se establecía un diálogo que terminaba cuando el cliente decidía retirarse o no accedía a seguir pagando tragos a su interlocutor.
Cada uno de los creadores del negocio se encargaba del tema que manejaba con mejores fundamentos. Enrique Lagrove, que era comisario retirado, manejaba ¨Policiales¨, Orlando Diz, tesorero del Banco Provincia, ¨Economía¨. El negro Campos dirigía las categorías infantiles de Sol del Plata y hablaba de fútbol. La madre de Sergio, una vieja chismosa, se encargaba de ¨Espectáculos¨ Una tarde entró al café una dama y se detuvo en la mesa del pelado Conforti, un dermatólogo jubilado, que sostenía un cartel que decía poesía. El pelado le dijo: -Sentate y escuchá esto que escribí:

¨Es tu piel delicada cual colita de infante
tu blancura asemeja a las cumbres nevadas de Los Andes.
No escuchas mis consejos y huyes desafiante.
Viajas a Xangri-lá, playa brasileña del estado de Río Grande.
Vas a exponerte al sol e intentarás broncearte.
Júrame que usarás pantalla protectora y que antes de acostarte
esparcirás sobre tu cuerpo ardiente, gruesas capas de una crema hidratante¨.

-¿Me invitás con una cerveza?
-No
, dijo la dama mientras se escapaba corriendo.
Este suceso generó una reunión en la que quedó en claro que si querían mantener un nivel adecuado en los diálogos con los clientes y que éstos se hicieran cargo del pago de las consumiciones, deberían recurrir a profesionales que realmente supieran sobre los temas que abordaban. Contrataron a ex profesores de la facultad de filosofía y letras, psicólogos retirados, politólogos desocupados y consiguieron, de esta manera, elevar el nivel de las conversaciones.
León Perdomo, viejo filósofo fracasado, exhibía un cartel con la leyenda ¨El amor no existe¨ y congregaba cantidades de personas dispuestas a refutar sus dichos, aunque muchos terminaban por aceptar luego de enardecidas discusiones, los postulados que sostenía el viejo pensador desencantado.
Francisco Echazú tuvo una corta participación en el bar. Ex monaguillo y seminarista durante años, su tema era ¨el dinero no es lo mas importante ¨. Nadie conversaba con él.
Muchos temas que los sabios del Bar coloquial discutían con sus conspicuos consumidores, trascendieron las paredes del establecimiento y se instalaron en reductos tan disímiles como la escuela, la oficina, los clubes y los supermercados. ¨Técnicas para desgrasar un matambre ¨, ¨excusas para rechazar invitaciones¨, ¨dónde estábamos antes de nacer¨, ¨la ameba y el paramesio, una relación prohibida¨, concitaban el interés de miles de argentinos.
El nuevo staff de conversadores hizo que el Café coloquial se conociera entre los intelectuales y generara charlas de un nivel superlativo, aunque los ingresos monetarios no aumentaron en igual proporción, pues es conocida la poca capacidad de los intelectuales para enriquecerse. Además se originó un nuevo problema: los interesados por sumarse a los diálogos se incrementaron de modo exponencial, obligando a que los iniciadores de las conversaciones cumplieran horas extras. En el intento por acrecentar los beneficios económicos se acortó el espacio entre los pedidos de consumiciones. El aumento del tiempo de trabajo y la mayor ingesta de alcohol hacía que los últimos diálogos del día fueran desopilantes exposiciones de conversadores borrachos que en algunas oportunidades finalizaban con abrazos y frases cariñosas y en otras terminaban a las trompadas.
Buscando mejorar el rendimiento comercial del emprendimiento, los socios contrataron a unas agraciadas mujeres que sostenían carteles en los que no se indicaban temas, sino que tenían inescrutables mensajes del estilo ¨$ 400¨ o ¨$ 650¨. Los hombres interesados en descifrar el enigma se acercaban a la mesa y luego de abonar se retiraban con las damas que los trasladaban hasta algún lugar en el que les develaban su secreto.
El café comenzó su etapa de decadencia cuando las hermosas doncellas fueron desplazando a los conversadores hasta ocupar todas las mesas del lugar.
La idea original de fomentar el diálogo fracasó rotundamente, pero aquellos viejos visionarios que intentaron reconstruir el hábito de la conversación amistosa, se transformaron en hombres acaudalados que regentean varios locales y que con este modesto logro se dan por satisfechos.

lunes, 4 de enero de 2010

La extraña historia de los siameses Aldahona, por monseñor Jaime Roitman

En los anales de la medicina, algunos extraños casos de deformidad alcanzaron fama mundial. Generalmente se trataba de raras malformaciones que impactaban y captaban la atención de las personas.
Uno de los ejemplos que pueden ilustrar estas poco frecuentes anomalías genéticas, es el de Joseph Merrick, el famoso “Hombre Elefante”. Aunque no es posible afirmarlo con absoluta certeza, se cree que Merrick pudo haber padecido el más grave caso de síndrome de Proteus que jamás se halla conocido. Esta patología produce el gigantismo parcial de los miembros o el crecimiento excesivo de los dedos mientras que algunas zonas del cuerpo crecen menos de lo que deberían. Todo esto provoca una desfiguración extrema de la persona que suele estigmatizarla socialmente. Joseph Merrick fue exhibido como un fenómeno de feria debido a la deformidad de su cuerpo y a las protuberancias enormes que aparecieron en su cara, una de ellas sobre el labio superior, que tenía aspecto de trompa y que le valió el apodo por el que fue conocido. Merrick falleció mientras dormía, a los 27 años de edad. En un principio se creyó que su tráquea fue comprimida por sus deformaciones, ocasionándole la muerte por asfixia. Nuevas teorías sostienen que pudo haber muerto por la lesión de la nuca ante un movimiento involuntario de la gigantesca cabeza. Una obra de teatro y varias películas se basaron en su historia.
Otro caso trascendente fue el de Edward Mordrake, hijo de una noble familia inglesa, nacido en el siglo XIX. Edward tenía un rostro adicional en la parte posterior de la cabeza. Se cree que pertenecía a un gemelo parásito. El mito dice que el rostro correspondía a una bella joven, cosa poco probable porque carecía de mandíbula y su aspecto no podía ser de ninguna forma agradable. Además, el gemelo parásito es del mismo sexo que el del portador, por lo que el rostro adicional también debía corresponder a un varón. La cara que tenía en la nuca estaba dotada de expresividad, podía mover los ojos, sonreír y lagrimear. Quienes la vieron aseguraban que el brillo de sus ojos despejaba cualquier duda acerca de su inteligencia probable. No hablaba, pero sus labios se movían constantemente. Edward aseguraba que por las noches no podía dormir por los susurros incesantes de su otra cara. Los médicos de la época se negaron a intentar extirpar el rostro residual, llevando a Edward al suicidio a los veintitrés años. Antes de colgarse dejó una carta pidiendo ser cremado para evitar que los susurros lo perturbaran en el más allá. Tom Waits compuso ¨Poor Edward¨, una triste canción basada en este caso.
Sin embargo, una de las historias más extraordinarias de todos los tiempos no tuvo una gran difusión. Se trata de la increíble vida de los siameses Julio y Jorge Aldahona. Estos gemelos nacieron unidos por la espalda, a la altura de las cuatro últimas vértebras dorsales, teniendo total independencia con el resto del cuerpo. A pesar de su unión física, Jorge y Julio eran absolutamente diferentes. Uno fanático de Boca, el otro recalcitrante riverplatense. Jorge fue dirigente conservador, Julio activista de izquierda. A Julio lo enloquecía el asado. Jorge era vegetariano. Con tantas diferencias, no fue ninguna sorpresa que los hermanos siameses, paradójicamente, se separaran y estuvieran enfrentados. El paso del tiempo no limó las diferencias. Por el contrario, terminaron odiándose. Después de algunos años en los que se ignoraron, ingresaron en una etapa en la que cada uno hacía lo posible para molestar al otro. Así, cuando uno de los siameses estaba urgido por orinar, el otro encontraba una ocupación impostergable que le impedía ir al baño. Si uno debía utilizar el bidet, el que quedaba enfrentado a la pared le abría el grifo de agua caliente para quemarlo en sus partes íntimas. Si alguno intentaba conquistar a una dama, el otro despedía ventosidades para estropear el encuentro.
Solamente lograron coincidir en que la situación era insostenible y que se imponía, sin dilaciones, una cirugía que los separara. No contaban con medios económicos suficientes para afrontar la operación, debido a que ambos habían saboteado mutuamente las posibilidades laborales del otro. Ante las escasas probabilidades de éxito de la intervención, ninguna institución pública quiso hacerse cargo del caso.
Acudieron a la iglesia pero la respuesta fue ¨que el hombre no separe lo que Dios ha unido¨ Finalmente, terminaron siendo intervenidos por un falso médico que los encandiló con el exiguo pago que solicitó para dividirlos y que aparentemente no comprendió con exactitud lo que pretendían los siameses al encarar su división. El triste y escueto parte médico que informaba el lamentable resultado de la operación decía así: ¨Con pesar debemos informar que la división de los siameses Julio y Jorge Aldahona ha fracasado. La parte de abajo falleció en el transcurso de la intervención quirúrgica y la parte de arriba, hace instantes, acaba de correr la misma suerte¨.