El Chino Gobbi, por Alfredo ¨Terremoto¨ Benítez
El Chino Gobbi había sido, en sus años mozos, uno de los tauras más mentados de Mataderos. En su juventud fue boxeador y los que llegaron a verlo cuentan que era bueno de verdad. Muchas historias sobre su valentía y su bravura, circulan aún por el barrio.
Se comenta que una fría mañana de agosto se encontraba bebiendo una ginebra en el viejo boliche de Directorio y Larrazabal, perdido vaya uno a saber en que pensamientos, cuando un tipo vestido de traje entró al bar.
-¿Usted es el Chino Gobbi?, dijo el hombre
-No, ío sono Doménico Strombetta. Il Chino é il grandote que está al mostrador.
El tipo fue hasta la barra y encaró al guapo
-¿Usted es Gobbi?
-¿Quién pregunta?, dijo el Chino
-Mire Gobbi, mi nombre es Carlos Gutiérrez y soy el contador del frigorífico Burgergh. El dueño, Don Adolfo Burgergh, me envió a buscarlo porque quiere proponerle un trabajo. ¿me acompaña?
El guapo accedió y en menos de media hora se encontraba en el escritorio del viejo Burgergh, escuchando su propuesta.
-Gobbi, mandé a buscarlo porque lo necesito para un trabajo. Hace algunos meses un compadrito de Palermo me ofreció protección a cambio de una paga mensual. Por supuesto que me negué a semejante extorsión y lo hice echar de la empresa. El tipo se fue y luego de un rato de fastidio, me olvidé del asunto. Unas semanas después hubo un incendio en las oficinas del frigorífico y los bomberos me dijeron que fue intencional. No lo relacioné con las amenazas pero a los pocos días, mi mujer fue atropellada en la calle por un auto y ella asegura que fue apropósito. Mis dos perros de raza aparecieron muertos, colgados del alambrado de mi quinta de Los Cardales.
Ayer a la mañana el guapo volvió y me preguntó si seguía creyendo que no debía pagarle por protección. Tengo miedo Gobbi, el tipo no tiene límites y estoy asustado por mi familia. Si le pago sé que me va a pedir cada vez más y si alguna vez no accedo a su solicitud no se que pueda pasar. Le pedí unos días para pensarlo y se retiró diciéndome que vuelve el jueves. Usted es el hombre indicado para librarme de esa lacra Chino. Estoy dispuesto a que ponga la cifra que crea justa para sacarme de encima a ese atorrante.
-¿Cómo se llama el tipo?, preguntó el Chino
-Prudencio Basualdo, contestó Burgergh
Gobbi se puso de pie. Después de unos segundos le dio una larga pitada al cigarro y exhaló el humo con fuerza.
-Prudencio Basualdo, susurró apenas, sabía que más temprano que tarde te iba a encontrar. Lo de la plata no va a ser problema, acepto el trabajo, le dijo al viejo.
El jueves por la mañana Basualdo se presentó en el frigorífico y exigió ver a Burgergh.
-Don Adolfo lo espera en su oficina, informó el recepcionista
Con una mueca sobradora, el malevo subió por la escalera hasta el primer piso y abrió la puerta de la dirección sin golpear.
-Adelante Basualdo, lo estábamos esperando, dijo el viejo
-¿Estábamos? preguntó el maula
-Si Basualdo, estábamos, contestó una voz ronca que provenía de un costado de la oficina. Basualdo cerró la puerta que le impedía ver quién había hablado y cuando lo hizo quedó paralizado.
-Chino…se sorprendió
-Si Basualdo, soy el Chino y hace rato que quería verte cara a cara…
Prudencio llevó la mano a la cintura y sacó el puñal. Gobbi sonrió e hizo lo mismo. Después de algunas fintas, Basualdo intentó un lance. El Chino lo esquivó y mientras con la zurda le calzó un sopapo, con la derecha le hundió hasta el mango el cuchillo en el pecho. El guapo de Palermo miró fijo a los ojos de Gobbi y lentamente fue cayendo de rodillas hasta que en un charco de sangre dejó su último aliento.
Algunos contactos que don Adolfo tenía entre los caudillos políticos de la zona, intercedieron ante la policía para que la causa se tratara como defensa propia en ocasión de robo. Jueces amigos de Burgergh dictaminaron que el Chino Gobbi quedara absuelto.
-Chino, carajo…no sabe lo agradecido que le estoy, dijo don Adolfo. Nunca voy a olvidar este favor y sabe que cuenta conmigo para lo que necesite
-Con lo que me está pagando estamos hechos. No me debe nada.
-Dígame, Chino. ¿Qué había entre usted y Basualdo? Está claro que se conocían y tenían una historia pendiente
-Es una historia antigua. Una noche, después de un festival de box en el que le gané por puntos a Basualdo, se armó una milonga en un club de Saavedra. Quiso la desgracia que los dos nos interesáramos en la misma morocha. Basualdo, caliente porque lo había derrotado en la pelea, quiso seguirla afuera. Le pegué un par de piñas y el maricón se entregó casi sin pelear. La morocha se fue conmigo y yo pensé que la cosa se acababa ahí…Sin embargo él nunca pudo aceptar la humillación de haber sido vencido y una noche, buscando el desquite, me atacó por la espalda. Mi mujer se interpuso y recibió una puñalada que terminó con su vida. Desde entonces lo estaba buscando…
-¡Qué historia Chino! ¡Y que casualidad, mire lo que es el destino! Ahora…, la verdad es que… en cierta forma…, yo lo ayudé a concretar su venganza. Sería justo que me devolviera la plata y quedemos a mano…
El Chino le arrojó el dinero en la cara y le pegó dos bifes. Antes de que el viejo terminara de decir que había sido una broma, Gobbi ya lo había acuchillado.
Algunos años después, el Chino caminaba por una calle de Pompeya. No se supo nunca si los dos maulas con los que se trenzó en una pelea lo abordaron por casualidad o fueron a buscarlo por algún encargue de alguien que tenía un entripado antiguo con Gobbi. Lo cierto es que al guapo de Mataderos le dio el cuero para despachar a los dos atacantes. El Chino fue hasta un bar y se pidió una ginebra.
-Señor, dijo el bolichero, está sangrando …, tiene una herida en el pecho.
-No se aflija, no es nada… y déjeme la botella.
El Chino Gobbi se tomó el primer vaso de un trago. Se sirvió de nuevo y lo bebió del mismo modo. Al rato volvió a llenar el vaso, pero esta vez lo terminó con sorbos cortos.
Se volvió a Mataderos y antes de entrar a la pieza del conventillo se cruzó con el Ruso Gorsky. -¿Qué te pasó Chino?, estás sangrando. Vamos, te llevo al hospital. –No Ruso, no es nada. Apenas un pinchazo debajo de la tetilla, pero como según dicen los que no me quieren, yo no tengo corazón, no hay peligro, jajajaja!!! Ahora me voy a comer algo y a dormir una siesta porque me tomé unas ginebras y ando con un poco de sueño. Mas tarde voy a ver al doctor Gallo. –Bueno, dijo el Ruso, te paso a buscar en un par de horas y te acompaño.
Cuando Gorsky volvió, el Chino estaba muerto.
El Chino Gobbi había sido, en sus años mozos, uno de los tauras más mentados de Mataderos. En su juventud fue boxeador y los que llegaron a verlo cuentan que era bueno de verdad. Muchas historias sobre su valentía y su bravura, circulan aún por el barrio.
Se comenta que una fría mañana de agosto se encontraba bebiendo una ginebra en el viejo boliche de Directorio y Larrazabal, perdido vaya uno a saber en que pensamientos, cuando un tipo vestido de traje entró al bar.
-¿Usted es el Chino Gobbi?, dijo el hombre
-No, ío sono Doménico Strombetta. Il Chino é il grandote que está al mostrador.
El tipo fue hasta la barra y encaró al guapo
-¿Usted es Gobbi?
-¿Quién pregunta?, dijo el Chino
-Mire Gobbi, mi nombre es Carlos Gutiérrez y soy el contador del frigorífico Burgergh. El dueño, Don Adolfo Burgergh, me envió a buscarlo porque quiere proponerle un trabajo. ¿me acompaña?
El guapo accedió y en menos de media hora se encontraba en el escritorio del viejo Burgergh, escuchando su propuesta.
-Gobbi, mandé a buscarlo porque lo necesito para un trabajo. Hace algunos meses un compadrito de Palermo me ofreció protección a cambio de una paga mensual. Por supuesto que me negué a semejante extorsión y lo hice echar de la empresa. El tipo se fue y luego de un rato de fastidio, me olvidé del asunto. Unas semanas después hubo un incendio en las oficinas del frigorífico y los bomberos me dijeron que fue intencional. No lo relacioné con las amenazas pero a los pocos días, mi mujer fue atropellada en la calle por un auto y ella asegura que fue apropósito. Mis dos perros de raza aparecieron muertos, colgados del alambrado de mi quinta de Los Cardales.
Ayer a la mañana el guapo volvió y me preguntó si seguía creyendo que no debía pagarle por protección. Tengo miedo Gobbi, el tipo no tiene límites y estoy asustado por mi familia. Si le pago sé que me va a pedir cada vez más y si alguna vez no accedo a su solicitud no se que pueda pasar. Le pedí unos días para pensarlo y se retiró diciéndome que vuelve el jueves. Usted es el hombre indicado para librarme de esa lacra Chino. Estoy dispuesto a que ponga la cifra que crea justa para sacarme de encima a ese atorrante.
-¿Cómo se llama el tipo?, preguntó el Chino
-Prudencio Basualdo, contestó Burgergh
Gobbi se puso de pie. Después de unos segundos le dio una larga pitada al cigarro y exhaló el humo con fuerza.
-Prudencio Basualdo, susurró apenas, sabía que más temprano que tarde te iba a encontrar. Lo de la plata no va a ser problema, acepto el trabajo, le dijo al viejo.
El jueves por la mañana Basualdo se presentó en el frigorífico y exigió ver a Burgergh.
-Don Adolfo lo espera en su oficina, informó el recepcionista
Con una mueca sobradora, el malevo subió por la escalera hasta el primer piso y abrió la puerta de la dirección sin golpear.
-Adelante Basualdo, lo estábamos esperando, dijo el viejo
-¿Estábamos? preguntó el maula
-Si Basualdo, estábamos, contestó una voz ronca que provenía de un costado de la oficina. Basualdo cerró la puerta que le impedía ver quién había hablado y cuando lo hizo quedó paralizado.
-Chino…se sorprendió
-Si Basualdo, soy el Chino y hace rato que quería verte cara a cara…
Prudencio llevó la mano a la cintura y sacó el puñal. Gobbi sonrió e hizo lo mismo. Después de algunas fintas, Basualdo intentó un lance. El Chino lo esquivó y mientras con la zurda le calzó un sopapo, con la derecha le hundió hasta el mango el cuchillo en el pecho. El guapo de Palermo miró fijo a los ojos de Gobbi y lentamente fue cayendo de rodillas hasta que en un charco de sangre dejó su último aliento.
Algunos contactos que don Adolfo tenía entre los caudillos políticos de la zona, intercedieron ante la policía para que la causa se tratara como defensa propia en ocasión de robo. Jueces amigos de Burgergh dictaminaron que el Chino Gobbi quedara absuelto.
-Chino, carajo…no sabe lo agradecido que le estoy, dijo don Adolfo. Nunca voy a olvidar este favor y sabe que cuenta conmigo para lo que necesite
-Con lo que me está pagando estamos hechos. No me debe nada.
-Dígame, Chino. ¿Qué había entre usted y Basualdo? Está claro que se conocían y tenían una historia pendiente
-Es una historia antigua. Una noche, después de un festival de box en el que le gané por puntos a Basualdo, se armó una milonga en un club de Saavedra. Quiso la desgracia que los dos nos interesáramos en la misma morocha. Basualdo, caliente porque lo había derrotado en la pelea, quiso seguirla afuera. Le pegué un par de piñas y el maricón se entregó casi sin pelear. La morocha se fue conmigo y yo pensé que la cosa se acababa ahí…Sin embargo él nunca pudo aceptar la humillación de haber sido vencido y una noche, buscando el desquite, me atacó por la espalda. Mi mujer se interpuso y recibió una puñalada que terminó con su vida. Desde entonces lo estaba buscando…
-¡Qué historia Chino! ¡Y que casualidad, mire lo que es el destino! Ahora…, la verdad es que… en cierta forma…, yo lo ayudé a concretar su venganza. Sería justo que me devolviera la plata y quedemos a mano…
El Chino le arrojó el dinero en la cara y le pegó dos bifes. Antes de que el viejo terminara de decir que había sido una broma, Gobbi ya lo había acuchillado.
Algunos años después, el Chino caminaba por una calle de Pompeya. No se supo nunca si los dos maulas con los que se trenzó en una pelea lo abordaron por casualidad o fueron a buscarlo por algún encargue de alguien que tenía un entripado antiguo con Gobbi. Lo cierto es que al guapo de Mataderos le dio el cuero para despachar a los dos atacantes. El Chino fue hasta un bar y se pidió una ginebra.
-Señor, dijo el bolichero, está sangrando …, tiene una herida en el pecho.
-No se aflija, no es nada… y déjeme la botella.
El Chino Gobbi se tomó el primer vaso de un trago. Se sirvió de nuevo y lo bebió del mismo modo. Al rato volvió a llenar el vaso, pero esta vez lo terminó con sorbos cortos.
Se volvió a Mataderos y antes de entrar a la pieza del conventillo se cruzó con el Ruso Gorsky. -¿Qué te pasó Chino?, estás sangrando. Vamos, te llevo al hospital. –No Ruso, no es nada. Apenas un pinchazo debajo de la tetilla, pero como según dicen los que no me quieren, yo no tengo corazón, no hay peligro, jajajaja!!! Ahora me voy a comer algo y a dormir una siesta porque me tomé unas ginebras y ando con un poco de sueño. Mas tarde voy a ver al doctor Gallo. –Bueno, dijo el Ruso, te paso a buscar en un par de horas y te acompaño.
Cuando Gorsky volvió, el Chino estaba muerto.