sábado, 9 de enero de 2010

El café coloquial de la calle Carhué, por Rodolfo Morales

El avance de la tecnología produce elementos que nos proporcionan una vida más confortable. Sin embargo es innegable que el progreso tiene un costo. Todos debemos adaptarnos a los nuevos tiempos y enfrentarnos con situaciones que nos eran desconocidas. Se ha endiosado al consumo, la competencia nos exige cada día más, cambiaron los paradigmas, necesitamos nuevas habilidades y dentro de la vorágine por la que transitamos, llegamos a perder de vista nuestras propias metas para participar de una alocada carrera en busca de lo que el resto de la sociedad considera ¨ el éxito¨.
La soledad ha sido uno de los emergentes nocivos de las nuevas formas de vida. Nuestras ocupaciones no nos dejan tiempo para las relaciones sociales y así nos vemos cada vez más aislados y alejados de nuestros afectos.
Un grupo de amigos que se resistían a abandonar el sagrado rito de la reunión fraternal, solían encontrarse en el bar Oviedo y pasar horas en profundas charlas sobre la vida, haciendo un paréntesis, de vez en cuando, para hablar de minas.
En una de sus reuniones tuvieron una idea que los entusiasmó. Si una de las más dolorosas pérdidas que estamos teniendo es la del diálogo, nosotros, que lo ejercitamos constantemente, démosle la posibilidad al resto de la gente de recuperarlo y veamos si además de hacer un aporte altruista para mejorar la calidad de vida de las personas, podemos hacernos de unos mangos. Vendieron sus pocas pertenencias (un falcon modelo 73, una vieja gibson les paul con poco uso, algunos pocos electrodomésticos) y pidieron prestado a varios usureros para alquilar un local y armar un bar. Así pudo abrirse poco tiempo después, el Café Coloquial, en la esquina de Carhué y Bragado. El lugar era un típico bar, sin lujos, con una barra y unas pocas mesas cuadradas de madera. En la vereda, dos bonitas camareras explicaban a los transeúntes que en el bar podían ejercitar el diálogo con gente que los aguardaba para conversar de temas diversos. Los amigos fundadores se encontraban sentados, cada uno en una mesa distinta, con carteles que indicaban el tópico sobre el que hablaban. Los clientes entraban, elegían el cartel que les pareciera más interesante y se sentaban en esa mesa. Así, supongamos que la elección de alguno recayera en el tema fútbol. Uno de los anfitriones lo recibía como si se conocieran de toda la vida y le decía – ¿a vos no te parece una locura jugarle con línea de tres a Brasil?, y se quedaba esperando la respuesta del cliente al que sólo interrumpía para pedirle que le pague un café. De esta manera se establecía un diálogo que terminaba cuando el cliente decidía retirarse o no accedía a seguir pagando tragos a su interlocutor.
Cada uno de los creadores del negocio se encargaba del tema que manejaba con mejores fundamentos. Enrique Lagrove, que era comisario retirado, manejaba ¨Policiales¨, Orlando Diz, tesorero del Banco Provincia, ¨Economía¨. El negro Campos dirigía las categorías infantiles de Sol del Plata y hablaba de fútbol. La madre de Sergio, una vieja chismosa, se encargaba de ¨Espectáculos¨ Una tarde entró al café una dama y se detuvo en la mesa del pelado Conforti, un dermatólogo jubilado, que sostenía un cartel que decía poesía. El pelado le dijo: -Sentate y escuchá esto que escribí:

¨Es tu piel delicada cual colita de infante
tu blancura asemeja a las cumbres nevadas de Los Andes.
No escuchas mis consejos y huyes desafiante.
Viajas a Xangri-lá, playa brasileña del estado de Río Grande.
Vas a exponerte al sol e intentarás broncearte.
Júrame que usarás pantalla protectora y que antes de acostarte
esparcirás sobre tu cuerpo ardiente, gruesas capas de una crema hidratante¨.

-¿Me invitás con una cerveza?
-No
, dijo la dama mientras se escapaba corriendo.
Este suceso generó una reunión en la que quedó en claro que si querían mantener un nivel adecuado en los diálogos con los clientes y que éstos se hicieran cargo del pago de las consumiciones, deberían recurrir a profesionales que realmente supieran sobre los temas que abordaban. Contrataron a ex profesores de la facultad de filosofía y letras, psicólogos retirados, politólogos desocupados y consiguieron, de esta manera, elevar el nivel de las conversaciones.
León Perdomo, viejo filósofo fracasado, exhibía un cartel con la leyenda ¨El amor no existe¨ y congregaba cantidades de personas dispuestas a refutar sus dichos, aunque muchos terminaban por aceptar luego de enardecidas discusiones, los postulados que sostenía el viejo pensador desencantado.
Francisco Echazú tuvo una corta participación en el bar. Ex monaguillo y seminarista durante años, su tema era ¨el dinero no es lo mas importante ¨. Nadie conversaba con él.
Muchos temas que los sabios del Bar coloquial discutían con sus conspicuos consumidores, trascendieron las paredes del establecimiento y se instalaron en reductos tan disímiles como la escuela, la oficina, los clubes y los supermercados. ¨Técnicas para desgrasar un matambre ¨, ¨excusas para rechazar invitaciones¨, ¨dónde estábamos antes de nacer¨, ¨la ameba y el paramesio, una relación prohibida¨, concitaban el interés de miles de argentinos.
El nuevo staff de conversadores hizo que el Café coloquial se conociera entre los intelectuales y generara charlas de un nivel superlativo, aunque los ingresos monetarios no aumentaron en igual proporción, pues es conocida la poca capacidad de los intelectuales para enriquecerse. Además se originó un nuevo problema: los interesados por sumarse a los diálogos se incrementaron de modo exponencial, obligando a que los iniciadores de las conversaciones cumplieran horas extras. En el intento por acrecentar los beneficios económicos se acortó el espacio entre los pedidos de consumiciones. El aumento del tiempo de trabajo y la mayor ingesta de alcohol hacía que los últimos diálogos del día fueran desopilantes exposiciones de conversadores borrachos que en algunas oportunidades finalizaban con abrazos y frases cariñosas y en otras terminaban a las trompadas.
Buscando mejorar el rendimiento comercial del emprendimiento, los socios contrataron a unas agraciadas mujeres que sostenían carteles en los que no se indicaban temas, sino que tenían inescrutables mensajes del estilo ¨$ 400¨ o ¨$ 650¨. Los hombres interesados en descifrar el enigma se acercaban a la mesa y luego de abonar se retiraban con las damas que los trasladaban hasta algún lugar en el que les develaban su secreto.
El café comenzó su etapa de decadencia cuando las hermosas doncellas fueron desplazando a los conversadores hasta ocupar todas las mesas del lugar.
La idea original de fomentar el diálogo fracasó rotundamente, pero aquellos viejos visionarios que intentaron reconstruir el hábito de la conversación amistosa, se transformaron en hombres acaudalados que regentean varios locales y que con este modesto logro se dan por satisfechos.