domingo, 4 de octubre de 2009

Crónica de una batalla, por Rodolfo Morales

Son las seis y media de la tarde. Después de buscar las casi inexistentes monedas y de esperar media hora, me subo al colectivo que me llevará desde Córdoba y Libertad hasta Mataderos. Como siempre, viajamos todos apretados. Me paro junto a una butaca que ocupa una señora gordita de unos sesenta años. Lo elegí porque creo que la mujer se va a bajar no más allá de Once (es una corazonada) y tengo la firme intención de sentarme. Un flaco que subió recién se para a mi lado. Adivino su aviesa idea de birlar mi posición privilegiada ante el asiento. Me prometo a mí mismo que este chabón no me afana el lugar ni en pedo. Me aferro con firmeza al pasamano del techo con mi mano derecha. El flaco se agarra del mismo caño con su maño izquierda y apoya todo el costado de su cuerpo sobre mi lateral derecho. Me afirmo con fuerza y resisto sus solapados empujones sin ceder un milímetro. La señora se mueve hacia delante y vuelve a acomodarse en el asiento. El flaco y yo nos comimos el amague pensando que se bajaba y tratamos de posicionarnos mejor. Yo di un paso cortito hacia la derecha, bajé rápidamente la mano y me sostuve del fierro correspondiente al respaldo de la butaca que está más adelante, mientras mi mano izquierda sube hasta el caño del techo. Fue un movimiento veloz y determinante, todo mi ser es, ahora, una barrera que se interpone entre el flaco y sus ganas de sentarse. ¡Te cagué, el lugar es definitivamente mío¡. El flaco hijo de puta no se da por vencido. Me pega con su bolso detrás de la rodilla, buscando que su posición mejore si consigue que yo doble mi pierna. Le clavo el talón derecho en la punta del pié y lo retira con la velocidad de un rayo. El turro, en una acción desesperada, me toca el culo intentando desestabilizarme. Respondo pegándole en la cara con mi hombro. Sintió el golpe y adivino que me putea por lo bajo.
La señora por fin se levanta. Ejerzo presión hacia atrás, sabiendo que no hay posibilidades de que el flaco pueda desplazarme. Disfruto el dulce sabor de la victoria mientras me preparo para sentarme. El flaco, un resentido de mierda, aprovecha una cuneta para disfrazar su movimiento y me mete un codazo en la nuca. No me importa, el triunfo es mío. Cuando me dispongo a ocupar, por fin, la butaca vacía, algo se desliza entre mis piernas y aparece sobre el asiento. Es un nene de unos siete años que grita a viva voz: ¡Vení tía, que encontré un lugar!. Una mujer pasa pidiendo permiso y sienta al pendejo de mierda sobre su falda. Adivino una sonrisa canchera del flaco hijo de puta que piensa: yo no me senté pero vos tampoco, con la inmunda lógica de quien no come ni deja comer.
Caliente por la situación, decido bajarme. Voy hasta el kiosco a comprar cigarrillos en un intento de ver si fumándome ocho fasos seguidos logro bajar mi grado de locura.
En este momento puteo por última vez al flaco, el muy puto me afanó la billetera.