El tormento del recuerdo, por Brandon Lima
Franco Dimarco tenía 9 años cuando comenzó todo. Esa mañana de sábado hacía calor, el pibe andaba en bici por la placita de Olivera justo enfrente de la pizzería. Quiso doblar, patinó en las piedritas chiquitas rojas que no se como se llaman y se cayó. Pegó con la cabeza en la parte de abajo del tronco de una palmera. De inmediato notó que se le había hinchado, pero se la bancó como un duque. Agarró la bici, le acomodó el manubrio que se había torcido y siguió andando. Esa misma noche, sin ningún esfuerzo, casi sin pensar, resolvió todas las ecuaciones que estaba haciendo su hermana que ya terminaba el secundario.
La familia se quedó sorprendida y no se explicaba como Franco, que era un alumno bastante malo, pudo completar esos ejercicios.
Al otro día, durante el desayuno, hubo otro hecho incomprensible. El chico le preguntó a la madre qué había sido de la vida de doña Emilia, una vecina que se mudo cuando él tenía apenas meses y que nunca volvió a ser nombrada en la familia.
Cada vez con mayor frecuencia, el pibe hacía mención de cosas que no había vivido pero que sin dudas, de alguna manera, conocía.
Varios médicos lo revisaron y nada. Derivaciones al neurólogo, al psiquiatra, estudios, tomografías. Ningún resultado.
Unas semanas después, Franco habló con el padre:
-Pá, me acuerdo de todo. En mi vida anterior yo era Andrés del Vitto, el profe de matemáticas que vivía a la vuelta. No puedo explicarte como, pero me acuerdo de todo.
Sabés que hoy, cuando volvía del cole, pasé como siempre por la que era mi casa y la vi a Vale, mi mujer. Pobre Vale, el día que me morí ella no sabía que hacer, estaba desesperada. Me acerqué y le dije que la quería y que todavía seguía estando buena. Me pegó una patada en el culo antes de que pudiera explicarle nada, pero ahora tengo flor de quilombo. Yo entiendo lo que pasa, soy Franco, tengo nueve años, pero también soy Andrés, recuerdo mi vida anterior hasta en los menores detalles y tengo la experiencia y los sentimientos de un tipo de cuarenta y tres, aunque también sigo siendo un pibe. Quiero ir y decirle a Vale que me gustaría volver a vivir con ella, y con mi mamá, claro.
Me gustan Los Gardelitos y Serú Girán; Araceli González y Brenda Asnicar, aunque es un poquito grande para mí. Miro los programas de Lanata y Dragon Ball Z, quiero andar en bici y jugar al póker, tomar Cíndor y Barón B, hacer globos con mi chicle y fumar Parissien. ¿Qué hago Pá?
- No se que decirte Franquito, no sé como puedo ayudarte, pero si te sirve de consuelo, te voy a contar un secreto: en mi vida anterior yo fui tu tía Eugenia.
Franco Dimarco tenía 9 años cuando comenzó todo. Esa mañana de sábado hacía calor, el pibe andaba en bici por la placita de Olivera justo enfrente de la pizzería. Quiso doblar, patinó en las piedritas chiquitas rojas que no se como se llaman y se cayó. Pegó con la cabeza en la parte de abajo del tronco de una palmera. De inmediato notó que se le había hinchado, pero se la bancó como un duque. Agarró la bici, le acomodó el manubrio que se había torcido y siguió andando. Esa misma noche, sin ningún esfuerzo, casi sin pensar, resolvió todas las ecuaciones que estaba haciendo su hermana que ya terminaba el secundario.
La familia se quedó sorprendida y no se explicaba como Franco, que era un alumno bastante malo, pudo completar esos ejercicios.
Al otro día, durante el desayuno, hubo otro hecho incomprensible. El chico le preguntó a la madre qué había sido de la vida de doña Emilia, una vecina que se mudo cuando él tenía apenas meses y que nunca volvió a ser nombrada en la familia.
Cada vez con mayor frecuencia, el pibe hacía mención de cosas que no había vivido pero que sin dudas, de alguna manera, conocía.
Varios médicos lo revisaron y nada. Derivaciones al neurólogo, al psiquiatra, estudios, tomografías. Ningún resultado.
Unas semanas después, Franco habló con el padre:
-Pá, me acuerdo de todo. En mi vida anterior yo era Andrés del Vitto, el profe de matemáticas que vivía a la vuelta. No puedo explicarte como, pero me acuerdo de todo.
Sabés que hoy, cuando volvía del cole, pasé como siempre por la que era mi casa y la vi a Vale, mi mujer. Pobre Vale, el día que me morí ella no sabía que hacer, estaba desesperada. Me acerqué y le dije que la quería y que todavía seguía estando buena. Me pegó una patada en el culo antes de que pudiera explicarle nada, pero ahora tengo flor de quilombo. Yo entiendo lo que pasa, soy Franco, tengo nueve años, pero también soy Andrés, recuerdo mi vida anterior hasta en los menores detalles y tengo la experiencia y los sentimientos de un tipo de cuarenta y tres, aunque también sigo siendo un pibe. Quiero ir y decirle a Vale que me gustaría volver a vivir con ella, y con mi mamá, claro.
Me gustan Los Gardelitos y Serú Girán; Araceli González y Brenda Asnicar, aunque es un poquito grande para mí. Miro los programas de Lanata y Dragon Ball Z, quiero andar en bici y jugar al póker, tomar Cíndor y Barón B, hacer globos con mi chicle y fumar Parissien. ¿Qué hago Pá?
- No se que decirte Franquito, no sé como puedo ayudarte, pero si te sirve de consuelo, te voy a contar un secreto: en mi vida anterior yo fui tu tía Eugenia.