LA ÚLTIMA PELEA, por Alfredo ¨Terremoto¨ Benítez
Si el viejo Rosales no se hubiera muerto yo podría haber llegado más lejos. Campeón del mundo no, no se, pero sudamericano capaz que si. No fui campeón argentino porque justo quince días antes de la pelea se murió Rosales.
Lo que pasa es que desde que me vine de Formosa, el viejo siempre estuvo. Me acuerdo como si viera una película cuando me bajé del tren. ¡Que quilombo!. Toda la gente que había visto en mis once años no era ni la mitad de la que había en la estación ese día. Empecé a caminar con mi bolsito colgado, sin saber para donde ir, chocando con todos y llorando. Estaba asustado y sabía que mi vieja y mis hermanos no iban a venir. No alcanzaba la guita para otro pasaje y yo, que era el mayor, vine para ver si podía conseguir algún laburo. La vieja no podía darnos de comer a todos. Mi viejo se había muerto un año antes por el escabio.
Buenos Aires en invierno es jodida para el que no tiene donde vivir. Me senté en la vereda, contra una pared, para dormir un rato. No tenía sueño, pero si me dormía podía ser que se me fuera el hambre.
Al rato apareció el viejo.-¿Qué hacés en la calle, pibe? Te vas a morir de frío.
Don Antonio Rosales me llevó para el club. Le conté mi historia y me puso a trabajar con él entrenando boxeadores. Entrenando y enseñando a boxear él, yo limpiaba un poco y le hacía los mandados. Me gustó el boxeo y empecé a aprender. Rosales se encariñó conmigo y en poco tiempo yo era su favorito.
Cuando me clasifiqué para las olimpiadas el viejo estaba mas contento que yo. Justo dos días antes de viajar me agarra el sarampión. ¡Que mala suerte! ¡Sarampión! ¿La podes creer?
Por esa época conocí a Mariana. Ella trabajaba por horas en la casa de un tipo de una embajada. Nos pusimos de novios y al tiempo nos fuimos a vivir juntos a una casita de Wilde, que me alquiló un amigo de Don Antonio.
A Mariana le daba miedo que boxeara, pero la verdad es que yo le ganaba a todos los que me ponían adelante, hasta que no pudieron rajarme más y me dieron la pelea por el campeonato argentino de los medianos.
Me entrené mejor que nunca, estaba seguro de que al Bocón Lozano le sacaba el título, pero dos semanas antes de la pelea, al viejo le dio un infarto ¡y se murió!
El sábado el club estaba lleno y aunque Lozano era el campeón, yo era el favorito. Perdí por un campo. Cuando empezó la pelea, ya me quería ir. Miraba al rincón y no estaba Rosales. No sabía que hacer. Quería que termine. Cuando dieron el fallo no me importó perder. Me fui al vestuario a llorar, pero no por el resultado. Lo extrañaba al viejo y saber que no lo vería más me provocaba una angustia insoportable.
Seguí boxeando porque no sabía hacer otra cosa y ya habían nacido los mellizos, pero yo no era ni la sombra de lo que fui. Perdía más de las que ganaba.
Mariana no quería que agarrara esta pelea, pero le prometí que era la última. Me ofrecieron buena plata para enfrentar a Marcos Chavares, un invicto bastante bueno. Apenas empezó la pelea me di cuenta de que éste pibe, en otro momento, no me ganaba ni mamado, pero el tiempo pasa y las piñas que antes esquivaba, ahora me llegaban. La derecha que me tiró, la vi venir, pero ya no tengo los reflejos de antes. La vi venir pero me la comí igual Me contaron diez, pero podrían haber llegado a mil. Fui del vestuario a la ambulancia y de la camilla al quirófano.
La operación terminó. Me doy cuenta porque ya no siento ningún dolor y me sacaron ese tubo de la garganta que me molestaba para respirar. Las luces del quirófano deben ser más potentes que las del ring, porque veo que todo brilla aunque tengo los ojos cerrados.
Huy, Rosales! ¿Qué hace acá don Antonio? ¿Cómo lo dejaron entrar? ¡Que alegría verlo, querido! ¡Está igualito!. Si, Don Rosales, voy con usted. Vamos viejo, voy con usted…
Si el viejo Rosales no se hubiera muerto yo podría haber llegado más lejos. Campeón del mundo no, no se, pero sudamericano capaz que si. No fui campeón argentino porque justo quince días antes de la pelea se murió Rosales.
Lo que pasa es que desde que me vine de Formosa, el viejo siempre estuvo. Me acuerdo como si viera una película cuando me bajé del tren. ¡Que quilombo!. Toda la gente que había visto en mis once años no era ni la mitad de la que había en la estación ese día. Empecé a caminar con mi bolsito colgado, sin saber para donde ir, chocando con todos y llorando. Estaba asustado y sabía que mi vieja y mis hermanos no iban a venir. No alcanzaba la guita para otro pasaje y yo, que era el mayor, vine para ver si podía conseguir algún laburo. La vieja no podía darnos de comer a todos. Mi viejo se había muerto un año antes por el escabio.
Buenos Aires en invierno es jodida para el que no tiene donde vivir. Me senté en la vereda, contra una pared, para dormir un rato. No tenía sueño, pero si me dormía podía ser que se me fuera el hambre.
Al rato apareció el viejo.-¿Qué hacés en la calle, pibe? Te vas a morir de frío.
Don Antonio Rosales me llevó para el club. Le conté mi historia y me puso a trabajar con él entrenando boxeadores. Entrenando y enseñando a boxear él, yo limpiaba un poco y le hacía los mandados. Me gustó el boxeo y empecé a aprender. Rosales se encariñó conmigo y en poco tiempo yo era su favorito.
Cuando me clasifiqué para las olimpiadas el viejo estaba mas contento que yo. Justo dos días antes de viajar me agarra el sarampión. ¡Que mala suerte! ¡Sarampión! ¿La podes creer?
Por esa época conocí a Mariana. Ella trabajaba por horas en la casa de un tipo de una embajada. Nos pusimos de novios y al tiempo nos fuimos a vivir juntos a una casita de Wilde, que me alquiló un amigo de Don Antonio.
A Mariana le daba miedo que boxeara, pero la verdad es que yo le ganaba a todos los que me ponían adelante, hasta que no pudieron rajarme más y me dieron la pelea por el campeonato argentino de los medianos.
Me entrené mejor que nunca, estaba seguro de que al Bocón Lozano le sacaba el título, pero dos semanas antes de la pelea, al viejo le dio un infarto ¡y se murió!
El sábado el club estaba lleno y aunque Lozano era el campeón, yo era el favorito. Perdí por un campo. Cuando empezó la pelea, ya me quería ir. Miraba al rincón y no estaba Rosales. No sabía que hacer. Quería que termine. Cuando dieron el fallo no me importó perder. Me fui al vestuario a llorar, pero no por el resultado. Lo extrañaba al viejo y saber que no lo vería más me provocaba una angustia insoportable.
Seguí boxeando porque no sabía hacer otra cosa y ya habían nacido los mellizos, pero yo no era ni la sombra de lo que fui. Perdía más de las que ganaba.
Mariana no quería que agarrara esta pelea, pero le prometí que era la última. Me ofrecieron buena plata para enfrentar a Marcos Chavares, un invicto bastante bueno. Apenas empezó la pelea me di cuenta de que éste pibe, en otro momento, no me ganaba ni mamado, pero el tiempo pasa y las piñas que antes esquivaba, ahora me llegaban. La derecha que me tiró, la vi venir, pero ya no tengo los reflejos de antes. La vi venir pero me la comí igual Me contaron diez, pero podrían haber llegado a mil. Fui del vestuario a la ambulancia y de la camilla al quirófano.
La operación terminó. Me doy cuenta porque ya no siento ningún dolor y me sacaron ese tubo de la garganta que me molestaba para respirar. Las luces del quirófano deben ser más potentes que las del ring, porque veo que todo brilla aunque tengo los ojos cerrados.
Huy, Rosales! ¿Qué hace acá don Antonio? ¿Cómo lo dejaron entrar? ¡Que alegría verlo, querido! ¡Está igualito!. Si, Don Rosales, voy con usted. Vamos viejo, voy con usted…