viernes, 7 de agosto de 2009

Emblema de Buenos Aires, por Gerardo Prospitti

Son varios los símbolos que distinguen a la ciudad de Buenos Aires en el mundo: el obelisco, el tango, el clásico Boca-River. No obstante ello, hay algo que le falta para codearse de igual a igual con las grandes ciudades del orbe. Carece de un plato típico que la represente.
Hay una clara identificación entre platos y lugares, de tal forma las tapas nos remiten a Madrid, la fondue a Paris, los fideos a Roma y las salchichas a Viena. ¿Y Buenos Aires, que? ¿no tiene nada?
Lamentablemente debemos decir que, por algún desconocido motivo, no se utilizó hasta el momento, al más tradicional y popular de nuestros alimentos como un estandarte rioplatense del lado de acá.
Diferentes regiones de nuestro país tienen sus comidas típicas. El norte es el reino de la empanada, el locro y la humita. La llanura pampeana se pavonea con el famoso asado criollo. El sur hace alarde de sus truchas y sus corderos.
La Reina del Plata pudo equiparar e incluso superar a esos manjares, gracias al esfuerzo y la inventiva de sus habitantes que no cuentan en sus departamentos con la posibilidad de instalar parrillas u hornos de barro, que no se vieron bendecidos con cardúmenes de truchas poblando el riachuelo ni consiguen que los corderos pasten en la 9 de julio.
Señoras y señores, propongo desde este humilde lugar que se declare a la milanesa con papas fritas plato oficial de la ciudad de Buenos Aires.
Seguramente se alzarán voces opositoras que argumentarán que este menú fue parido en otras latitudes. ¿Y que hay con eso? Por designio divino, los alimentos transitan diferentes caminos hasta tomar como propio el lugar en el que se sienten más a gusto. Nuestra idiosincrasia canchera y melancólica atrajo a estos nobles elementos y los convirtió en porteños. ¿Acaso alguien piensa en los chinos cuando se habla de pastas o en Hamburgo al pedir hamburguesas?
Con una notable adaptación a la vida citadina, la milanga con fritas se yergue como una muralla ante el embate de chefs apátridas que pretenden despojarnos de nuestro acervo cultural gastronómico. Es así que el ¨cocinerismo¨ cipayo intenta destruir las raíces tradicionales de nuestro alimento, contaminándolo con ideas foráneas. Con singular ahínco quisieron hurtar nuestro símbolo ciudadano para convertirlo en milanesa a la napolitana, a la suiza o a la fugazeta. Ante el estrepitoso fracaso de sus malévolas invenciones y lejos de darse por vencidos, tuvieron el tupé de procurar resquebrajar la unidad monolítica de esta pareja, introduciendo como tercera en discordia a la insulsa ensalada o al anodino puré, horrible pastiche que pareciera presentarse semi-digerido.
Obviamente, todas esas grotescas iniciativas no lograron torcer el rumbo de la historia y nuestras milanesas con papas fritas no claudicaron siquiera ante los risibles devaneos de la mayonesa, el ketchup o la mostaza, dejándose tentar a lo sumo, por algunas gotas de limón.
En tiempos en que hasta el nacionalísimo choripan de la cancha se ve obligado a compartir la parrilla con la hamburguesa imperialista y el pancho globalizado amenaza con adueñarse de las preferencias de las nuevas generaciones, como un soldado de Güemes defendiendo nuestra frontera, la milanesa con papas fritas enarbola, gallarda y victoriosa, nuestra identidad culinaria.
Promuevo, entonces, que sea éste el plato oficial de Buenos Aires. Que el escudo de la Ciudad Autónoma se modifique para que el águila negra y la cruz de Calatrava descansen sobre una fuente con milanesas y una montaña de papas fritas. Que se impriman estampillas y hasta papel moneda con dicha imagen.
Estoy decidido a entregar el hígado por ésta causa, si fuera necesario.
Buenas tardes.